No sé cuando me di cuenta. Probablemente fuera cuando oí tu voz al otro lado del camino. Casi seguro que aquellos árboles, aún verdes, quisieron que fueras tú la que los escuchara. Su susurro, suave como olas de mar, se elevó de entre las hojas y se fue perdiendo en la inmensidad del viento. Tú giraste la cabeza para oírlos mejor. Cerraste los ojos un momento y te perdiste en ensueños de lejanía.

Otros árboles, un poco más allá, respondieron. Y me dijeron que te escuchara, que tú me estabas hablando. Yo les dije que era a ellos a quien hablabas, que era la respuesta a sus susurros, a sus pensamientos de siempre y de ahora.

Pero yo a ti no te oía. Solo escuchaba el susurro de los árboles. Sus hojas temblaban y acompasaban los sonidos produciendo esas voces que se expandían por el bosque que estaba más allá, donde el mundo de las voces habitaba, donde vivían los dioses de las luces y de las sombras, los dioses de los gritos… y de los silencios.

Un árbol lejano contestó. Apenas se oía. Estaba demasiado lejos. Y sus hojas eran demasiado pequeñas. Era un viejo ciprés que clamaba para que le escucharan. Otros árboles se reían de él y pensaban, y decían, que como ya era viejo ya no tenía nada que decir. Pero él seguía moviendo sus pequeñas hojas, sabiendo que era más alto que la mayoría. Y que su larga edad lo hacía mucho más sabio. Muchos pájaros anidaron entre sus tupidas ramas y cada uno le fue enseñando cosas, esas cosas que solo los pájaros saben porque pasan por muchos lugares y vigilan el mundo mientras vuelan.

Otro árbol, cerca de ti y de mí, te iba repitiendo al oído lo que el ciprés susurraba desde lejos. Y tú te sonreías, y me mirabas y te sonreías, y saltabas de alegría queriendo coger las pequeñas nubes que pasaban. Los árboles de alrededor se morían de risa. Estaban contentos porque tú los mirabas, porque tú hablabas con ellos. Porque solamente tú entendías sus susurros.

Los chopos, casi amarillos ya porque el verano se iba, hicieron volar sus hojas. Y tú intentabas cogerlas, querías retenerlas en tus manos pero se iban, se posaban lejos para que tú corrieras a por ellas. Y el chopo iba quedando desnudo y los pájaros se miraban y se reían de él. Él les recordaba el invierno que venía y cómo sus hojas ya no podrían protegerlos y cómo, en primavera, volverían a renacer con más fuerza. Pero ellos no escuchaban, no querían oír hablar de decadencia, ni de saberes. Ellos eran demasiado jóvenes y sabían más que nadie y la experiencia de los árboles que siempre susurraban no podían entenderla.

Todos, árboles y pájaros, hablaban y se reían contigo. Yo apenas les entendía. Y sentía celos de ellos. Te susurraban al oído, a veces a voces mientras se movían, otras veces en silencio, solo con sus ojos o con sus hojas, moviéndose y mirando sin palabras. Eran felices. Y tú también.

Ibas a mi lado. Eso era lo importante. A veces me cogías de la mano, o me apretabas mi brazo con tu mano. Y me pedías silencio porque estabas escuchando el susurro de las acacias, de los chopos y de los cipreses. Me pedías que los escuchara, que atendiera sus consejos. Pero yo no los oía. Quería pero no podía. Solo tú eras capaz de escucharlos.

Ahora eran los pinos los que hablaban. Habíamos subido monte arriba. Y también susurraban, con un tono más frío, lanzándote agujas para que tú los escucharas. Querían contarte la historia de los lobos que habían vuelto, que habían estado hablando de ti, que te buscaban para decirte que la nieve estaba llegando, que querían advertirte que el invierno era cierto y que no te entretuvieras hablando con los árboles.

Por un momento los árboles callaron. Quedaron quietos y sus hojas parecían dormidas. Los pájaros se asustaron pero también dejaron de moverse. Tú me miraste y ambos, extrañados, dimos la vuelta y fuimos bajando, cogidos de la mano, cada vez más aprisa.

A uno y otro lado del camino, los árboles chillaban, te advertían con sus voces. Te pusiste nerviosa y me pusiste nervioso. Cada vez más, elevaban los movimientos de sus ramas. Los pájaros huyeron.

Solos, tú y yo, en un sendero que no iba a ninguna parte, seguimos oyendo el fuerte susurro de los árboles. Ahora yo también lo oía. Mientras nos hablaban, la tormenta iba creciendo encima de nosotros. Pero apenas importaba. Estábamos juntos, cogidos de la mano, hablando con ellos, con la lluvia que caía incesante y con los truenos que incitaban y coreaban el susurro de los árboles.

 

Ángel Lorenzana Alonso