Como casi todos los días, entró en la casa y limpió suelos y paredes. Abrió ventanas y se asomó al balcón. Le gustaba recibir el viento en su cara y admirar aquel cuadrado jardín. También la casa era cuadrada, perfectamente cuadrada. Ya hacía cerca de veinte años que aquella señora le había encargado el cuidado y mantenimiento de esta casa, cuando ella tenía apenas dieciséis años.

Desde entonces, ni un solo día había dejado de hacer las labores tanto en la casa como en el jardín que la rodeaba. La señora desapareció después de hablar con ella y explicarle cómo quería que se hicieran las cosas: la limpieza de la casa y el cuidado del jardín. Y, sobre todo, el cuidado de las cuatro grandes y perfectas rosas amarillas, una en cada esquina del jardín.

Ni en verano ni en invierno las cuatro rosas dejaban de florecer. Alguien le había comentado, con ironía, que aquello parecía un túmulo funerario, un verdadero catafalco con sus cirios en las esquinas. Y, en verdad, a ella se lo parecía, cuando recordaba a la extraña señora. Pero todos los meses la muchacha recibía una suculenta paga por hacer sus deberes para con la casa.

Todo era un poco extraño: la señora no había vuelto a aparecer en todos estos años, ni había vuelto a dar señales de vida, pero la paga seguía llegando puntualmente y las flores amarillas no dejaban de florecer. Y ella no dejaba de atender la casa y el jardín. No era demasiado trabajo y el salario era bueno. Y le permitía entrar en la gran casa cuadrada, y disfrutar de aquel precioso jardín con sus flores amarillas. Como si fuera suyo, pensaba la muchacha.

Le seguía extrañando esa perfecta cuadratura de la casa. Y el interior perfectamente simétrico, con un pequeño patio interior también cuadrado y un jardín que medía exactamente igual que la casa. Y que también era cuadrado. Y la colocación exacta y milimétrica de las cuatro flores amarillas que nunca se secaban. ¿Cuatro cirios encendidos?, pensaba a veces la muchacha.

Hechos los quehaceres en la casa y con el sol brillando en el cielo, no apetecía otra cosa que darse una vuelta por la fresca hierba del jardín, tumbarse un poco bajo las sombras, contemplar las flores y soñar. Soñar con casas como esta, con viajes a otros mundos desconocidos, con idilios excitantes, con maridos que no llegaban, con hijos correteando… con todas esas cosas que una pobre muchacha – ya no tanto – que nunca salió de su casa y de esta pequeña ciudad en que vivía, una muchacha ligada a una casa cuadrada y a un jardín de flores amarillas. Solo esa casa y ese jardín la ligaban ya a este sitio. Pero nunca encontraría un empleo mejor y, al fin y al cabo, disfrutaba de la casa como si fuera suya y tenía dinero más del que pudiera pensar.

En esas cosas pensaba mientras dormitaba sobre la hierba. ¿Qué habría sido de la extraña señora?. Y se acordó de las flores. No las había regado todavía. Se desperezó y se levantó. Cogió el cubo con el agua y se fue hasta el rincón más cercano del jardín. Todavía soñando, regó maquinalmente la flor amarilla. Y la miró.

Dejó caer el caldero, asustada. ¿Era verdad? Le parecía que la flor estaba un poco mustia esta tarde. Quizás el sol calentaba demasiado y este verano estaba siendo caluroso en exceso. Pensó en si la habría regado bien los días anteriores. Corrió hasta las otras esquinas del jardín. Observó detenidamente las otras flores y se dio cuenta que todas estaban igual de apagadas. Algo les pasaba a las flores. Y ella se alarmó. Las regó de nuevo. Revisó el jardín y la casa. Todo estaba igual. Nada había cambiado. Se tranquilizó.

Al día siguiente, bien pronto, corrió hasta la casa y miró las flores. Mucho más lánguidas estaban las cuatro. Volvió a regarlas nuevamente. Entró en la casa y la revisó. Un mal presagio la angustiaba. Todo seguía igual pero era muy raro que las cuatro flores, aquellos cuatro cirios, se estuvieran apagando a la vez.

Pasaron unos días y las cuatro flores se secaron. Una grieta inmensa cruzaba la fachada de la casa. Amenazaba con caerse. Quería avisar a la señora pero no sabía cómo hacerlo. Todo se acababa sin saber por qué.

La casa se derrumbó tras pocos días y el jardín se quedó sin flores y se  llenó de malas hierbas. Ella no podía hacer nada. Todo ocurría demasiado deprisa y la congoja y la ansiedad se apoderaron de ella. Todo se había acabado.

No obstante, a final de mes, la paga siguió llegando como si nada. Una carta llegó al día siguiente. Le anunciaban obras en el jardín y en la casa derruida. Se pondrían en contacto con ella.

Dos días más tarde lo hicieron. Un grupo grande de obreros desescombró, limpió, segó hierbas, plantó árboles nuevos. Y construyeron una casa nueva. Una magnífica y esplendorosa casa, esta vez de forma circular, en el medio de la finca. Y la pintaron también de amarillo.

Plantaron rosas amarillas por todo el entorno del jardín. Los obreros desaparecieron.

Una nueva carta, de un lejano notario, le comunicaba que había muerto la señora y que ella había heredado la casa. También le decían que podría vivir en ella y que recibiría una sustanciosa cantidad de dinero para “los gastos” de la casa. Además, seguiría recibiendo su paga mensual indefinidamente.

Lloró de alegría, y de pena a la vez. La casa era suya  por fin, y se alegraba, pero, por más que revisó los papeles que le mandaron, nada decían de sus sueños.

Pensó en el catafalco.

 

Ángel Lorenzana Alonso