El anciano dejó el ventanal por donde veía amanecer cada día. El sol había acabado de salir y se posaba mansamente sobre el horizonte. Ahora empezaría a subir… pero eso a él ya no le interesaba. Hoy, tardaría un poco más de doce horas hasta que empezara a ocultarse en su poniente particular. Sería desde el ventanal del oeste desde donde podría contemplarlo. Era su ritual de cada día, desde hacía ya muchos, muchos años. Y lamentaba muy de veras el día que no podía verlo.

Entre la salida y la puesta, estaba “su” tiempo. El tiempo que él tenía para hurgar en su biblioteca. A veces se trataba de leer, o de releer, algún libro determinado. A veces, descubría un libro descolocado y se dedicaba durante días, quizá meses, a  volver a recolocarlos todos.

Hoy, los tempranos rayos de sol estaban incidiendo en un libro en concreto. Nunca, o por lo menos no lo recordaba, se había fijado en él. Probablemente su hijo, o su travieso nieto, lo habían colocado allí en estos días pasados. A su nieto le gustaba hacerle este tipo de trastadas y reía a carcajadas cuando el abuelo, medio en serio medio en broma, se “enfadaba” con él.

Llamó, como en otras ocasiones, a su nieto para tratar de desentrañar el misterio del nuevo libro. Pero, en esta ocasión, nadie parecía saber nada del nuevo ejemplar: 342 páginas en perfecta letra cambria, encuadernado en cuero y distribuido en 30 capítulos.

Su nieto le juraba y perjuraba, y parecía que lo decía en serio, que él no había hecho nada. En los últimos días ni siquiera había estado por la casa. Y su hijo no era dado a esas bromas.

El caso era que el nuevo libro estaba allí.

Y él, gran aficionado y erudito en libros, ni conocía ni le sonaba de nada. Empezando porque el libro no tenía ni título ni autor, lo cual ya era un problema para poder colocarlo en su sitio. Y tampoco tenía referencia alguna a la impresión ni a la edición. El libro comenzaba sin más en el Capítulo 1 y así seguía.

Preguntó a editores conocidos, a coleccionistas y amigos que, como él, dedicaban su tiempo a eso de los libros. Nadie conocía tal libro ni había oído hablar de él.

¿De qué trataba? Buena pregunta, vive Dios!!! En cada capítulo, y en cada renglón, se hablaba de una cosa distinta. Intentó leerlo al derecho y al revés. De arriba abajo y de abajo a arriba. Pensó incluso en leerlo empezando por el final, o cada segundo renglón, o pares e impares alternos, o …

Después de muchos intentos y de supuestos varios, llegó a la conclusión de que, simplemente, los renglones estaban desordenados.

 

Angel Lorenzana Alonso