La ventana estaba abierta de par en par. Pero el sol no se atrevía a atravesar el vano. Llegaba hasta debajo del dintel pero allí, como si hubiera una pared, se detenía. El pájaro negro llegó hasta la ventana y, sin dudarlo, entró. La atravesó y voló dentro de la oscuridad. No veía nada pero no tenía nada que mirar. Conocía bien aquella habitación tan negra. Pocos se atrevían a entrar.

No había otra salida y el pájaro negro lo sabía. Se paró en medio de la negrura y se dejó ir hasta que sus patas se posaron en un suelo que tampoco veía. Solo el silencio le acompañaba. El silencio y la oscuridad que ni siquiera dejaba ver la ventana por la que había entrado.

Otras veces había estado allí. Ésta habitación oscura era un tanto familiar para él. Sabía, por experiencia, que estaba completamente vacía. La había recorrido varias veces y nunca tropezó con nada. Era solo un cubo perfecto. Perfecto y oscuro, más que la misma noche.

Pero a este pájaro negro le gustaba. Era como su propio plumaje y, dentro, le daba una sensación extraña pero agradable. Se sentía seguro allí. Pensaba que ningún depredador se atrevería a entrar.

Recordó que la última vez que estuvo, después de mucho rato, le pareció que oía un pequeño ruido. No supo qué era ni de dónde venía. Recorrió todo el suelo, con mucha precaución y voló, muy despacio, cerca de las paredes. Pero no encontró absolutamente nada. Solo obscuridad. Intentó acostumbrarse a ella a base de tiempo. Pero el tiempo pasó y siguió sin ver absolutamente nada.

Desilusionado, el pájaro negro se cansó de dar vueltas. Esperaba que, en esta ocasión, la habitación le permitiera conocer su secreto. Creyó que si estaba mucho tiempo dentro, podría entender aquel misterio. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué era tan negra? ¿Por qué estaba tan vacía? Y sobre todo, ¿por qué, una vez dentro, era muy difícil encontrar la ventana de salida?

Fue tocando las paredes con la punta de sus alas. En un momento determinado, sin darse cuenta, topó con el hueco de la ventana. Y se apresuró a salir. La ventana, con ligero pero persistente sonido, se estaba cerrando. Y él, como ya le había sucedido en otra ocasión, se dio cuenta que se había salvado por poco. ¿Qué podía pasar si hubiera quedado dentro?

Estuvo largo rato esperando, observando la habitación, observando aquella ventana negra que, durante un buen rato, estuvo cerrada. Se colocó en la rama de enfrente, medio escondido entre las hojas. El sol ya se estaba ocultando en el horizonte. Nada nuevo pasaba pero él estaba dispuesto a esperar hasta el final. El crujido de la ventana se oía cada cierto tiempo.

Ya había anochecido y el pájaro negro se acurrucó para no tener demasiado frío. Alguna vez le entró la tentación de meterse por la ventana y resguardarse en la habitación. Pero, entonces, se quedaría sin desentrañar el misterio. Decidió esperar pasara lo que pasara. Cada poco tiempo, oía el sonido que abría o que cerraba la ventana. Ya había perdido la cuenta y, a ciencia cierta, ya no sabía si estaba abierta o cerrada. Pero, a estas horas de la noche, no iba a ir a averiguarlo tampoco.

El pájaro se había quedado medio dormido. Un ligero ruido, ya casi cuando amanecía, le despertó. A punto estuvo el gato de sorprenderlo. Quedó muy quieto mientras observaba. Aquel micifuz oscuro se acercó muy despacio hasta la ventana y esperó. Cuando sonó el suave clic que la abría, probó con su pata y entró. Nada se oía ni dentro ni fuera. El pájaro no se atrevía a moverse y, muy poco a poco, se deslizó hasta el extremo de la rama, si perder, eso sí, la vista de la ventana.

Había pasado un buen rato y, de vez en cuando, el gato se asomaba y miraba a ambos lados, como sorprendido. Al fin, salió del todo de la habitación y se quedó allí, mirando como el sol se elevaba. Cuando sonó el clic de cierre, una última mirada y se marchó. Otro gato vino a su encuentro y le recriminó el poco cuidado que tenía con la trampa para pájaros.

– Todos se te escapan – dijo. – Tienes que estar más atento y cerrar la ventana cuando están dentro. Hoy mismo, un cuervo anduvo entrando y saliendo tranquilamente sin que la trampa funcionase como es debido.

El cuervo, oyendo esto, levantó rápidamente el vuelo y nunca más se acercó a la habitación oscura. Los gatos siguieron el vuelo del pájaro negro y se prometieron encarecidamente estar más atentos a la trampa.

Era la única forma de comer algo.

 

Ángel Lorenzana Alonso