El hogar de la vida VII – Caliéntame las manos

-¡Dinosaurio, eh! Te estaba buscando. ¿Te gusta este paraje? La voz del hijo de su primo vino a sacarle del ensimismamiento.

-Esto es precioso. Vivís en un entorno natural lleno de energía, que da protección y sosiego. Da gusto respirar este aire tan limpio.

– Verás, como el otro día te gustó tanto la historia de Hielo, me gustaría que escuchases esta otra historia que he tenido que preparar para un trabajo del colegio.

– ¡Fenomenal! Venga, adelante. – Se titula “Caliéntame las manos”

Tenía las manos heladas, había salido de su pueblo, huyendo de la persecución que los talibanes estaban haciendo contra las mujeres, sobre todo instruidas, desde que habían tomado Afganistán. Corrió y corrió a las montañas, el frío estaba comenzando a congelar sus ganas. Sigue, sigue, se decía dándose ánimos, mientras se acordaba de sus compañeras de facultad. Algunas ya habían sido asesinadas. No te vengas abajo, se decía. Vamos, vamos, tienes que pasar al país vecino. Por las montañas llegaría sin tener que burlar ningún puesto fronterizo. No podía más, así que se acurrucó debajo de una peña para resguardarse un poco y se quedó en duermevela, sentía sus párpados muy pesados, ya casi no sentía el frío. Esto se acabó, se dijo, al menos aquí no me maltratarán ni me asesinarán a quemarropa, vendrá la muerte a buscarme por el alba y me llevará con ella para que descanse. Al volver a abrir los ojos, se encontró encima de un jergón, rodeada de dos cabras y dos ovejas, quiso levantarse, pero alguien vino a tranquilizarla. No temas, soy pastora, esta es mi cabaña. Ella le ofreció sus manos, aún heladas. Gracias, le dijo con el brillo de la fiebre en sus ojos. La mujer le acercó un cuenco con leche que ella bebió, luego le rogó que se quedara a su lado. – Caliéntame las manos por favor, casi no las siento. La pastora se colocó a su lado y obedeció. La mujer sintió otra vez la sangre en sus venas, se acordó de su madre en las noches de invierno, “ven que te siente en mi regazo y te caliente esas manos frías”. Cerró los ojos y volvió a dormirse muy placidamente. Era la hora de la noche infinita.

Neuronada: Con la disculpa del relato, quiero acordarme de tantas mujeres que en estas fechas señaladas,  seguirán con el frío en sus entrañas, en sus sueños, en sus vidas, con la muerte pisándoles los talones. Y…, no nos queremos dar cuenta que cuando la muerte alcanza a una mujer, la muerte llega a todas las hebras del tejido de la vida.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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