No se ve el Teleno desde San Esteban de Nogales, pero si campos de cultivo trabajados con esmero. Un pueblo pequeño, pero que conserva su grandeza en los restos de un Monasterio edificado en el siglo XII , por donación de Doña Sancha a los Monjes de Moreruela..

No es fácil encontrar las palabras adecuadas para contar la belleza del lugar, su aroma que todo lo impregna, el armonioso canto de los pájaros que, ocultos entre los arboles, parecen entonar con la misma armonía que lo hicieran los monjes allá por el año de gracia de 1192 cuando el virtuoso Juan, primero de los Abades, acabó de perfeccionar las principales dependencias del Monasterio, como la iglesia, el claustro, los dormitorios y el refectorio.

Su grandiosidad no merma un ápice el sosiego y recogimiento al que invita. Arboles de muchos lugares del mundo que ponen de manifiesto la vocación amorosa de los monjes por la naturaleza y su afán de conocimiento. De entre todos uno: el árbol de amor que enmarca la entrada de lo que fue un templo grandioso; sus hojas en forma de corazón y sus flores rojas, sugieren la pasión que a veces acomete a los humanos y les hace capaces de las mayores gestas, de los logros más arriesgados y audaces. Porque el amor todo lo puede, eso parece decirnos el árbol desde sus ramas abatidas por el tiempo y los temporales, que sin embargo lucen ramas jóvenes y pujantes.

La hierba fresca adorna lo que antaño fueron habitaciones de los monjes y salas capitulares. Detrás del majestuoso templo aparecen restos de lo que debió ser una gran sacristía capaz de albergar a tantos religiosos vestidos de blanco.

Amapolas y arboles -enredaderas llenas de flores blancas y de delicado perfume embellecen un lugar donde no es difícil imaginar la ajetreada vida de los que lo habitaron durante tantos siglos.

Allí llegamos de la mano de Ángel, y, gracias a él, conocimos también la ermita de San Jorge erigida por los lugareños al otro lado del rio Eria en honor a quien según la leyenda venció al dragón y es patrono de la orden del Cister. Alrededor, los amigos descubriendo arcos bellísimos, plantas aromáticas, sugerentes rincones, veredas que Lolo recorría buscando la procedencia de una música que no era sino rumor de viento en las altas ramas de los chopos… y tréboles de cuatro hojas que para algunas personas como mi madre, son un imposible, pero que para Mari Luz son una realidad permanente allí donde vamos… pues, según común acuerdo de todos los que la conocen, tiene la suerte de su lado y por eso los encuentra, (aunque hay que decir también, que los busca).

Porque es necesario trabajarla a la suerte y así lo hicieron durante más de 700 años los monjes cistercienses que según mandato de su orden oraban  y laboraban, consiguiendo mejorar los cultivos y  hacer rentable el duro trabajo de la tierra. Y les quedaba tiempo para cantar gregoriano, escribir, copiar los códices,  pintar, y llenarse de energía centrando su mirada en la belleza cambiante de los arboles a los que tanto amaban.

Un esplendor el de este Monasterio que merece una pronta y respetuosa Rehabilitación pues en él se atesora una parte de nuestra historia.

P.D.(El monasterio de Santa María de Nogales es una de las tres abadías de la orden del Cister que hubo en la provincia de León, junto con los monasterios de Sandoval y Carracedo.)

Victorina Alonso Fernández

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