Siempre soñé con esas olas que me llevaban hasta allí. Siempre quise estar en esas rocas que bajan hasta el agua, hasta mi agua, hasta mi mar agitado. Pero nunca estuve allí.

Ahora, en el fragor de una casi madurez que se avecina, entre la niebla que envuelve dudas y que arremolina tormentas en mi barco, bamboleando mi proa de colores y con mis velas henchidas, ahora he vuelto a ver ese faro que me atrae y que me atrajo siempre.

Está ahí, tan cerca y tan lejos, llamándome, recordándome mis sueños de otros tiempos, apretando mi corazón en abrazos que nunca se llevaron a cabo del todo, tiñendo de azules y rojos mi bandera pirata, picando a mi puerta semiabierta que solo deja entrar suspiros, rompiendo mi ventana con un aire embravecido que quiere mover los cimientos y ver crecer nuevamente las ilusiones, blandiendo rugidos y haciendo estallar las olas sobre la quilla.

Está ahí, ya lo veo. En aquel alto en el horizonte rojo de mi atardecer.

Y quiero empujar mi barco hasta la orilla, subir las rocas, trepar escaleras hasta lo alto. Pero quiero limpiar las sombras que aterran desde su interior, quiero vaciar los miedos que me han hecho deambular por mil mundos vacíos, quiero evitar los antifaces, quiero encontrar el camino.

Cada vez que miro lo cerca que está, cada vez que intento soñar con llegar hasta él, noto mi mar empujándome, mis olas rompiendo cada vez más fuertes, mi viento musitando en las velas, mi luna y mis estrellas enseñándome direcciones que yo no he sabido encontrar. Y mis manos empuñando firmes el timón.

Casi he llegado. Noto que me llama. Pienso que me está esperando.

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