Desde la esquina donde Ahmad esperaba a que el semáforo se pusiese en verde, le pareció ver casi al final de la calle de enfrente, una cabeza asomando desde un portal. En su corazón brincó la angustia. En cuanto el semáforo se puso verde, se dirigió directamente hacia el lugar. Asomó en varios portales, nada, hasta llegar a un portal de la que parecía una casa deshabitada.

En efecto, una muchacha asustada se parapetó bajo el hueco de la escalera. Ahmad se dirigió muy despacio, pero la chica comenzó a respirar con mucha agitación y se acurrucó sobre sí misma. El joven pensó en aquellos instantes que era mucho mejor, venir con otra mujer e intentar saber algo más de aquella chica que parecía se escondía en aquel portal.

Julia le acompañó y comprobaron con pena que la chica ya no se encontraba en el portal. – Volveremos mañana, puede que sea una chica de la calle y venga a dormir aquí. Comentó Julia.

Al día siguiente, muy temprano volvieron al portal. La muchacha dormía tapada con una vieja colcha y se asustó al verlos delante de ella.

Julia le tomó una mano –No te asustes. Pero la chica volvió a convertir su cuerpo en un gurruño de piel y huesos. Mientras Julia intentaba hacerla comprender, con gestos, que querían ayudarla, Ahmad se fijó en sus rasgos. Le dijo algo en su idioma y ella deshizo el gurruño y les miró un poco menos angustiada.

-¿Qué le has dicho? – Que podrían darle acogida de momento, en el centro social en donde tú trabajas. Es de mi país, a saber en qué condiciones ha llegado hasta aquí.

Mordida existencial: ¿Qué vida se esconde en cada persona que vive en la calle? ¿Qué historia escriben los que se ven abocados a dejarse engullir por el vacío y la dejadez? ¿Qué lealtad o deslealtad han cometido contra sí mismos para verse inmersos en la corriente del olvido? Aunque en este texto quería subrayar sobre todo a los muchachos y muchachas que viven en centros de acogida y una vez cumplidos los dieciocho años (qué edad más bonita) se ven con lo puesto y de patitas en la calle. La calle como casa no me parece un hogar para nadie.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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