Solo quedaban veinte ranas en la pequeña charca a la orilla del reguero. La charca se iba consumiendo poco a poco. El agua que bajaba no daba para mucho más. Algunas ranas todavía recordaban cuando aquellos parajes eran un lodazal, lleno de agua y juncos de diversos tipos. Aunque había nidos de cigüeñas en los alrededores, la población de ranas era muy numerosa y aunque muchas de ellas eran presa de estas cigüeñas, de otras aves rapaces o de las comadrejas y las serpientes, la población “ranil” se mantenía estable y poderosa.

A las ranas les suele gustar el agua más bien tranquila, sin corrientes fuertes, ni cascadas bonitas ni ruidos estridentes. Pueden vivir fuera del agua algún tiempo y, de hecho, a veces se entierran en la arena o el barro para despistar a sus enemigos. Pero necesitan la humedad y que el agua atraviese su piel para absorber así el líquido que necesitan.

No suelen cambiar mucho de lugar de vivienda pero, en esta ocasión, las circunstancias obligaban. No era, como a veces ocurría, una excursión al área de desove. Ahora era más grave. El reguero, y por ende su ya pequeña charca, se estaba secando. Y no parecía que la situación fuese a cambiar.

Esa misma noche, los pocos machos que quedaban dejarían sus “canciones de amor” y hablarían de la cuestión. No quedaba más remedio que mudarse de charca. Habría que decidir y planificar bien la marcha. Sus grandes dotes como nadadoras y como saltadoras facilitarían el traslado, pero habría que preocuparse de que hubiera comida para todas y de que ellas no fueran pasto de los múltiples depredadores del entorno. Los enemigos eran muchos y deberían tener extremos cuidados.

Muchos gritos se dieron en la reunión. Sus estridentes chillidos se oyeron desde lejos y hasta las propias cigüeñas se alborotaron en sus nidos y se pusieron a escuchar. ¡Las ranas quieren marcharse!, dijo una. ¡No debemos permitirlo! ¡Nos quedaremos sin comida!, dijo su compañera. Pero de nada servirían sus quejas. La decisión estaba tomada y mañana se irían río arriba.

La rana de más edad, de seis años ya cumplidos, estaba aún ágil y suficientemente vigorosa para tomar el mando de la expedición. Lo bueno del caso es que nada tenían que llevar consigo. Se dieron un buen baño, nombraron a dos ranas jóvenes como exploradoras y se inició la marcha. Pequeños saltos, al principio, por el agua, nadando, siempre que era posible, siempre atentas y vigilando las orillas de aquel reguero.

Iban contra la corriente porque así lo habían decidido en la reunión. Pensaron, y parece que tenían razón, que el peligro era menor. A medida que avanzaban y los días iban pasando, las cigüeñas se veían menos. Los patos, los zorzales y las garzas no subían tan arriba. Hacía días que no veían ni armiños ni comadrejas.

Pero quedaban las serpientes que atacaban cuando menos esperabas. Eran rápidas y silenciosas y dos de las veinte ranas ya habían caído en sus fauces. Junto a las cigüeñas, eran sus peores enemigos. Tenían que vigilar a estas serpientes y vigilar al cielo: una de ellas era la encargada de ello. Los halcones y los cuervos abundaban y eran temibles enemigos también por su velocidad. No daba tiempo a esconderse.

Por las noches, la vigilancia era peor. Nadie veía nada y los murciélagos y las lechuzas suponían un serio peligro. Otras dos compañeras habían caído en sus ataques.

Solo quedaban dieciséis y todavía no se divisaba alguna charca donde asentarse. Habían burlado a las cigüeñas porque eran grandes y las veían venir. Los primeros días tuvieron que esconderse cada poco. Ellas las estaban buscando y, al no encontrarlas, se dedicaron a cazar serpientes y ratas, librándolas así de esos otros enemigos.

Pero eran demasiados enemigos a vigilar y pocas las ranas para vigilarlos a todos. Eran demasiado pocas. Bien es verdad que, a medida que pasaban los días e iban ganando en altitud, los peligros disminuían. Pero, dijo la rana guía y así lo iban comprobando, también disminuían los alimentos. Ya no se veían tantas moscas ni mosquitos. Los escarabajos habían desaparecido y las avispas y hormigas que tanto les gustaban no abundaban por estos lugares más fríos. Ahora, ya desde unas semanas atrás, su dieta casi estaba reducida a los pequeños peces que encontraban en el reguero.

Llevaban dos meses largos de camino. Estaban cansadas y alguna ya hablaba de abandonar. Tuvieron que salirse del arroyo para salvar alguna cascada. Y las aguas, pocas pero bravas, cada vez eran más frías y más rápidas. En la última reunión, las dos exploradoras trajeron noticias alentadoras de, como decían siempre, “un poco más arriba”. Pero no acababan de llegar y empezaban a soñar con su antigua charca y la temperatura tan agradable de allá abajo.

La más sabia de todas, la que siempre animaba y daba los buenos consejos que las libraban de muchos peligros, tuvo que acudir a nuevos métodos de motivación. Les hablaba de más tranquilidad y animaba a los machos a cantar por la noche aunque el frío empezaba a hacer mella en todas ellas. Marcó un nuevo plazo de siete días. Si, al cabo de ese tiempo, no encontraban un nuevo hogar, ella les propondría una nueva y definitiva solución. La rana más sabia no tenía soluciones pero pensaba que si sus compañeras creían en que las había, trabajarían y despejarían el cansancio una semana más. Siempre fue proverbial que las ranas enseñan a adaptarse a los cambios, a soportarlos con buen humor y a no pensar en lo negativo. Y no podía ser que ellas mismas no siguieran esas normas.

Acababan de superar una alta y fría cascada, trepando por el bosque. Estaban agotadas. Buscaron refugio a la orilla de un pequeño lago. Demasiado grande y demasiado frío. Casi quedan atrapadas en la escarcha de la mañana.

Acababa de amanecer cuando la rana guía dio la voz de alarma. Había visto una gran serpiente bastante cerca y pájaros grandes y negros daban vueltas en el cielo.

Solo dijo: “nos volvemos” y todas se desperezaron. Bajaron por la cascada, saltaron y nadaron a favor de la corriente. En cinco días estaban de vuelta en su casa. Ya verían qué pasaba.

Por la noche, los machos volvieron a cantar sus canciones de amor. Las cigüeñas se despertaron, se miraron una a otra y esbozaron una pequeña sonrisa.

 

Ángel Lorenzana Alonso