
Septiembre espera / con sus frutos abiertos / a que agosto cierre la puerta. / Los días, perezosos, / estiran las noches y las alargan. / Hay una calma en el transcurrir de los días, / y las horas se cuelgan / de las ramas del tiempo con esa parsimonia / con la que un koala / se cuelga en las ramas del bambú. / Septiembre ya está aquí, / con su puente de cambio y corto. / Cambio de horario para recolectar / las semillas y las sílabas dormilonas. / Cambio y corto. Corto, cortar las uvas / y dejarlas requisadas, pisarlas, / aplastarlas para que su zumo / cuelgue por las gargantas y los sueños. / Tardes de septiembre, / el paisaje se tiñe y se regocija en los ocres, / los rojizos van desvistiendo a los verdes, / con la festividad de la cigarra. / Septiembre segrega entre sus tardes / un gel de quietud, susurros de aire; / entra por la respiración una brisa / que anuncia las cumbres heladas. / En su vientre, algunas veces / rugen tempestades que dañan. / Septiembre se cuela en la mar / con sus enaguas de encaje / y la hace brincar y trotar, / y salirse de sus márgenes. / Pero en las casas, septiembre / huele a chocolate / servido en recuerdos de lana. / Lana, para tejer versos / en las chaquetas que tienen voz. / Septiembre cose las alas rotas / de los enamorados, con el fino acorde / del mirlo que se despide en la rama, / en ella ha cosechado hijos y cariño. / Se van adormeciendo los días, / las flores han dejado su vida / en los frutos y en las semillas, / septiembre cobra su llegada / y desmiga en las tardes, / una suerte de melancolía / que repasa añoranzas y melodías / escondidas en el recodo del verano. / Septiembre se relame / masticando esos horizontes / con puestas de sol / cada vez más tempranas, / porque los días se acortan / y las noches, las noches se estiran / en los colchones amarillos de paja. / Septiembre, septiembre, / emigran las aves, se van las golondrinas / y me siento un poco preocupada: / ¿llevarán el pasaporte en regla? / ¿podrán cruzar todas las fronteras?
En este mundo de paso y de pasos, en el que cada vez nos hacemos más isla y menos continente, saborear un buen racimo de uvas, disfrutando del sol que las hizo posibles y de las rutinas de las manos que las cuidan y cosechan, es una de esas bendiciones que la vida nos da. Cuando como uvas, me acuerdo del refrán de mi madre: “uvas, pan y queso, saben a beso”. En aquel tiempo ya lejano, no acababa de sacarle ese sabor a esos tres productos tan buenos, pero ahora si. Ahora que he sobrepasado la edad, con mucho, en la que ella murió, ese refrán me hace la boca agua. Ayer en la merienda, con uvas, pan y queso, me vino a la cabeza la suerte que tenemos las personas que podemos comer todos los días. Si echamos un vistazo en el mapamundi, y lo recorremos con el dedo, el recorrido se hace duro, porque hay muchos lugares en donde ya sea por causa de las guerras, de las invasiones, o de las catástrofes naturales, comer y beber, es una aventura cada día, una triste e injusta aventura de supervivencia. Y no digamos si extendemos el dedo en el género, las mujeres lo llevan peor. Nacer mujer, en muchos lugares de este mapamundi, es estar detrás, esperar, humillarse para conseguir lo más necesario, es olvidarse de ellas mismas y rendirse ante la impotencia y la intolerancia.
Acobijamiento: Todo esto me ha venido al coco por pensar en septiembre, en este septiembre que abre las puertas de las escuelas. Y en Gaza sin escuelas, no hay puertas que abrir, ni que cerrar, todas las puertas allí están entre los escombros. Tampoco en Ucrania se abrirán algunas de sus escuelas, la metralla sigue castigando a la población y la muerte se apropia de muchas calles. ¿Cómo digerir la horrible tromba de agua en Nepal? El cambio climático, ya está aquí, queramos o no, vamos a ser víctimas de él, y puede que arrase, incluso al egoísmo humano, aunque éste, el egoísmo humano, es el peor enemigo que tiene la humanidad. Me voy ahora mismo a meter entre pecho y espalda un buen racimo de uvas con pan y queso, para pasar con calma el resto de la tarde, no vaya a ser que caigan chuzos de arriba y me quede sin este estupendo beso.
Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo





