La noticia llegó a la cafetería cuando el repartidor de esquelas llegó, como cada día, a colocar las de ahora en el trozo de corcho dispuesto para ello. Fue la camarera la primera que se dio cuenta y la que se lo mostró a su jefe, el dueño.

Quedaron un tanto sorprendidos aunque al primer sobresalto siguieron las consabidas “ya se veía venir”, “últimamente andaba un poco raro”, “hacía días que no aparecía”…

El dueño del bar se fue al extremo del largo mostrador y retiró de un estante los décimos atrasados que no habían sido recogidos por aquel cliente que ahora ya no volvería a por ellos. Nunca pasaba más de cuatro días sin que él los retirara para comprobarlos en el vendedor de la esquina. Pero ahora, ahora ya no vendría a por ellos. Un cliente de los de siempre, de los que habían aparecido por la cafetería cuando ésta abrió sus puertas, hace más de cuarenta años. Y que nunca había dejado de ir más de unos pocos días.

Siempre tomaba lo mismo, un café con leche y un chupito de orujo de hierbas. Y casi siempre entre las diez y las diez y media. Raro era el día que venía un poco antes o un poco más tarde. Saludaba con un toque del ala de su sombrero y otro toque para despedirse. Muy pocas veces hablaba, ni con la camarera siquiera. Era como si no quisiera que supieran que había pasado por allí.

Alguna vez, recordaban ahora, se le había escapado una pequeña sonrisa y un guiño ante el escote un poco exagerado. Pero de ahí no pasó. Él se fue haciendo más viejo y la camarera fue encogiendo el escote.

Se quedaron recordando la cantidad de años que había estado allí, tomando su café y su copa, y lo poco que lo habían conocido. Ni siquiera sabían su nombre, ni a qué dedicaba su vida. Solamente ahora, cuando vieron su foto en la esquela, se fijaron en cómo se llamaba. Un nombre de los de antes, tan raro como el propio personaje. Y se miraron unos a otros asintiendo con la cabeza, como si lo hubieran sabido desde siempre.

Y alguien se fijó también en su edad. “Parecía no tan viejo”, dijo ese alguien y todos asintieron. Eran muchos años, los 93 que ponía la esquela, pero nadie lo dudó ni dijo nada.

Recordaron su andar despacio, pero ya desde siempre, y su vara de avellano que nunca había cambiado. Y su sombrero casi negro pero verde oscuro, y su barba recortada, blanca desde siempre, y sus trajes bien cuidados. Siempre con corbata y con camisa blanca.

Al principio parecía extranjero pero las pocas veces que dijo algo hablaba un perfecto español, sin ningún acento. Pocas palabras dijo en tantos años aunque certeras y acertadas para cada momento. No se explayaba mucho y gustaba más de atender y escuchar. Una vez dijo que era así como más se aprendía.

Nunca se le vio enfadado ni de mal humor. Entraba en silencio, no hacía falta que dijera nada, toque de sombrero, tomaba la consumición, pagaba y se marchaba por donde había venido. Era lo más normal. Si acaso alguna palabra con el dueño para coger la lotería. Y muy poco más.

“Es un pena”, dijo la camarera, ya a punto de jubilarse. “Me hubiera gustado haberle conocido mejor. Parecía muy buena persona.” Y todos asintieron y dejaron la esquela en su sitio. Ni siquiera pensaron en el entierro.

Y cada uno siguió con lo suyo, como si nada hubiera ocurrido.

Casi nadie hablaba y cuando lo hacían, lo hacían más bajo que de costumbre. El dueño se metió a revolver sus facturas y la camarera dejaba escapar una pequeña lágrima y un sostenido suspiro. Era como una manera de rendir un pequeño homenaje a aquel eterno cliente al que ahora parecían conocer un poco más.

Algún otro cliente, de los más habituales, preguntó al ver la esquela. Le respondieron con frases como “es una pena” o “qué se le va a hacer”. A lo máximo, alguno comentó que lo había visto en tal o cual lugar uno u otro día. Pero de ahí no pasó la cosa.

Tan en lo suyo estaban todos que, de momento, ni se dieron cuenta cuando apareció por la puerta y se encaminó a su lugar preferido. Con su vara, con su sombrero y con su traje. Como siempre había hecho. Eso sí, se paró un momento a mirar la esquela.

Ante la mirada asustada de todos y ante la boca abierta de la camarera, solamente dijo:

– Era mi hermano gemelo.

 

Ángel Lorenzana Alonso