
No había amanecido todavía cuando aquel hombre, recién jubilado, retomó su antigua costumbre de un largo paseo por la senda que casi circunvalaba la pequeña ciudad. Ahora, tenía tiempo de sobra. Podía disfrutar del paseo sin tener que mirar su reloj de vez en cuando.
Incluso tenía tiempo para observar a sus amigos los pájaros que ahora empezaban a despertarse. Su preferido era un mirlo acuático que vivía en la ciudad y que parecía haberse olvidado de las frescas y limpias aguas de la montaña. Se había acostumbrado a vivir aquí, donde el agua era mucho más cálida y un poco más sucia. Pero parecía estar feliz.
Aquel hombre sabía casi exactamente dónde habitaba aquel mirlo. Bien es verdad que no era como los mirlos negros de pico amarillo que estaban al lado de su casa y que cantaban cada atardecer. Éste era pardusco y su pecho era blanco. Pero su presencia daba fe de que el río estaba bastante limpio. Y, quizás por eso, le gustaba.
Como cada mañana, el hombre caminaba despacio, calculando el tiempo para llegar hasta el mirlo un poco antes de que el sol saliera. Para él, ese era el momento perfecto. Cuando aquel mirlo se ponía a cantar, saludando a un sol que, otra vez, calentaría sus viejas plumas.
Lo vio aún antes de que el sol apareciera, lo vio y lo miró. Sus ojos se encontraron y el mirlo movió sus alas para saludarle. Él se quedó quieto, sin hacer un solo ruido que pudiera distraer al pájaro en un momento tan delicado.
Todo quedó en silencio.
El primer rayo de sol atravesó las hojas de los árboles. Y el murmullo se convirtió en un griterío ensordecedor. Cada cual quería ser el primero y el que saludara con más ganas al nuevo día. Cada uno quería que su voz se escuchara por encima de las otras y que fuera la que primero llegara hasta la nueva luz.
Pero aquel hombre solo oía, entre todas ellas, la voz de su mirlo. Se quedó extasiado una vez más, como ayer y como todos los días. Cuando el canto acabó, levantó el ala de su sombrero, a modo de despedida, y continuó con su paseo. El mirlo elevó el vuelo y dio una vuelta para despedir al paseante. Después, como siempre, desapareció entre la arboleda que bordeaba el río.
Siguió su camino sin mirar atrás. Había pasado su momento de felicidad matutina. Hasta mañana, se dijo. Se fue silbando aquella antigua canción que se le había “pegado” desde que despertó. Muchos recuerdos iban con ella. Y muchos suspiros arrancaba en su garganta.
Casi tropieza con aquella raíz. No podía ir tan distraído. Pero… no le importaba ya demasiado. Solo le quedaba su trabajo de siempre, llevando aquella contabilidad que solo él parecía entender. Y ahora… – pensó mientras una pequeña lágrima asomaba – ya ni eso tenía. Le habían dicho que ya no lo necesitaban, que una nueva máquina lo hacía casi todo, que lo mejor era que cogiera una jubilación anticipada… ya llevaba mucho tiempo solo, desde que su mujer se “cansó” de aguantarle y sus dos hijas se habían casado y se habían ido. Mientras tuvo el trabajo, podía ir tirando, pero ahora… ya no le quedaba nada.
Se paró y escuchó el pasar del agua, el gorgoteo sobre las piedras y el lamento del viento, una pequeña brisa, entre los árboles. Buscó una piedra donde poder descansar un poco y estuvo un buen rato, con el bastón clavado en la tierra, procurando no recordar pero recordando, procurando no pensar pero pensando.
Ahora tenía tiempo. Ahora le sobraba el tiempo. Ese tiempo que se arremolinaba a su alrededor y que le pesaba cada vez más. Y solo hacía una semana que se había jubilado. No quiso pensar en el futuro, enteramente vacío, ni en el presente, más vacío todavía, ni en el pasado que ahora se le antojaba perdido también.
Miró arriba por ver si el mirlo estaba cerca. Pero también el mirlo se iba cada mañana.
No tenía ganas de volver a casa aunque sabía que, tarde o temprano, tendría que hacerlo. Por ahora, siguió caminando escuchando el murmullo del río. Y anduvo y anduvo hasta que el sol empezó a calentarle demasiado.
Echó una última mirada, por si andaba por allí su mirlo, pero no lo vio. Tampoco lo buscó demasiado. Tenía que “dejarlo ir”, como a su trabajo, como a su mujer, como a sus hijas… como a sus ilusiones y como a su vida. No quedaba casi nada.
Puso rumbo a su casa vacía. En el camino, atravesando el parque, ese parque de plátanos de sombra, arces y moreras, que ya estaba cerca, la vio. Estaba sentada en un banco de madera, cobijada del sol pero con un bello chal de color turquesa cubriendo sus hombros. Ella también tenía la tristeza sobre su cabeza.
Sin pensarlo siquiera, se sentó al otro lado del banco y se quedó mirándola. Nunca la había visto antes pero algo le estaba diciendo que se acercara y le hablara.
Y así lo hizo.
Después de un buen rato, sus miradas se encontraron. Trataron de echar para adentro sus pesares, aunque nada más fuera para que no se notaran demasiado. Juntaron sus soledades, olvidaron pronto sus pasados y se pusieron a hablar del tiempo futuro.
De su tiempo futuro.
Ángel Lorenzana Alonso





