
Estaba en su cuna. Muy tranquilo en apariencia. Acababa de despertarse y estiraba sus brazos mientras trataba de abrir sus grandes ojos negros. Lo miré sonriendo mientras trataba, casi en vano, de reincorporarse a un día que ya hacía rato que había comenzado.
Parecía feliz y contento. Lo dejé allí mientras yo acababa de afeitarme y de vestirme. Por el espejo del baño lo veía y lo vigilaba. Mi mujer no tardaría en llegar y yo marcharía tranquilo al trabajo. Él daba vueltas en su cuna mientras trataba de acabar de despertarse.
Me incliné un momento para atar mi zapato cuyos cordones se habían soltado. Creo que no tardé ni treinta segundos. Cuando volví a mirar al espejo, todo mi cuerpo saltó. No se veía al niño en la cuna.
Lo dejé todo y salí corriendo del cuarto de baño. Marché rápido hasta la cuna pero… el niño no estaba. Tenía apenas cuatro meses y era imposible que hubiera saltado los barrotes o hubiera aprendido a salir de la cuna. Mis ojos fueron de un lado a otro de la habitación. Miré debajo de la cama y de los pocos muebles que allí había. Y eché un rápido vistazo al pasillo, por si acaso, aunque sabía que era una cosa imposible. Lo mismo que era imposible que alguien hubiera entrado y se lo hubiera llevado.
Realmente, estaba asustado, muy asustado. Horrorizado, diría más bien. El niño había desaparecido. Así, sin más. Como si fuera una cosa normal. Y mi mujer, a punto de aparecer.
Di varias vueltas por toda la casa, corriendo, mirando en cada rincón, cada vez más ansioso y más nervioso.
Un pequeño gemido llegó hasta mis oídos. Y venía de la habitación del bebé. Corrí como un loco. Pero allí no había nada. La cuna seguía vacía. Volví a revisar la habitación pero nada de nada.
Otro pequeño gemido me sobresaltó. Parecía venir de… ¡vete a saber de dónde! La angustia se estaba apoderando de mí y ni siquiera sabía lo que estaba haciendo. Una vuelta para aquí, otra para el otro lado, salidas al pasillo y vueltas a la habitación.
Todo era en vano. La cuna seguía estando vacía y el niño se había esfumado.
Me dije que lo mejor era pararse y pensar. Y así lo hice. Me senté en medio del pasillo y mi cabeza empezó a dar vueltas a lo loco. El bebé no estaba, pero una cosa era segura: no podía haber salido del piso y tampoco podía haber desaparecido porque los bebés no salen volando por ahí. Tenía que estar allí, escondido y jugando a su manera.
La llave en la cerradura me sobresaltó. Mi mujer había llegado. Y yo seguía sentado en el pasillo. Sin saber qué hacer.
Me miró y en mis ojos adivinó que algo había pasado. Corrió a la habitación y sus gritos se oyeron en toda la vecindad. ¿Dónde está el niño?, se la oía gritar, desesperada. Pero nadie le respondía. Después de unos minutos de gritos y sollozos, fue a sentarse a mi lado con la cara entre las manos. Ella me miraba y yo la miraba a ella. Sin palabras, nuestras manos se unieron y apoyó su cabeza en mi hombro.
Lo primero que se nos ocurrió fue llamar a la policía. Pero… para qué? ¿Qué podían hacer ellos? Ellos no conocían a nuestro niño, ni sabían su historia. Ellos no podrían comprender nuestro dolor. Y tampoco entenderían nuestra relación con aquel niño tan especial.
Había llegado a nosotros de improviso, como suele pasar en estos casos. Ni lo podíamos pensar siquiera pero ocurrió así, como digo, de improviso. Habíamos acabado de perder a nuestro hijo y él apareció allí, en medio del pasillo del hospital. Y no parecía ser de nadie. Por eso lo cogimos y nos fuimos a casa. Allí, todo estaba preparado para recibirle.
Y ahora había desaparecido.
Otra vez el sufrimiento y la desesperación de entonces. Otra vez volver a empezar, volver a la espera y a la angustia del no saber, del no entender el porqué las cosas suceden así.
Otra vez sin un niño en casa. Nos habíamos acostumbrado a él después de tres meses viéndole a cada momento. En su cuna.
Nos miramos mi mujer y yo. Y en esa mirada decidimos qué hacer. No obstante, antes, volvimos a buscar por todos los rincones e, incluso, aún sabiendo lo ridículo que era, salimos al jardín y preguntamos a la gente que pasaba. Nadie sabía nada ni había visto nada de nada. Fue entonces cuando ya decidimos dar al niño por perdido.
Pero no se perdió nuestra ilusión y pusimos rumbo al hospital más cercano.
Ángel Lorenzana Alonso





