La lluvia se quedó a medio caer, pensando. No sabía si seguir cayendo despacito, como sin querer, o caer de golpe, a lo bestia, llevándose todo por delante. Y optó por lo segundo.

En unos minutos, todo se vio reducido a gotas de agua que estaban por doquier. Como si nunca hubiera llovido. Como si toda el agua del cielo y de la tierra se hubiera juntado para caer en ese momento.

Aquí abajo, en esta tierra de todos y de nadie, en esta ciudad que llenamos y que descuidamos como si no fuera nuestra, aquí, donde vivimos todos, las personas corrieron desigual suerte cuando cayó el chaparrón.

Unos, holgazanes y perezosos ellos, ni se enteraron. Como siempre, no se habían movido de casa en un día que amenazaba nubarrones. Su pan ya se lo había ganado su abuelo para ellos y no tenían que salir a buscarlo. Eso sí, mandaron a sus lacayos a recoger los muebles del jardín, por si acaso llovía. Y vieron llover desde la ventana de triple cristal y contrafuertes de madera de Abisinia y se rieron, como siempre lo hacían, sin sentido y sin pensar en los que estaban fuera.

Otros, un poco precavidos, se habían resguardado en los soportales. Solo se mojaron los pies y un poco la pernera de sus pantalones. Lo habían visto venir y, como pudieron, se pusieron a salvo. Son ese tipo de personas que casi todo lo tienen previsto y que, por si acaso, hacen de todo. Lo mismo sacan el paraguas que se ponen un chaleco y lo mismo miran para abajo por si pisan las cacas de algún chucho que miran para arriba por si les cagan las palomas. Son esa misma gente a la que nunca le pasa nada digno de mención porque tienen soluciones simples para una vida simple y monótona. Hacen caso del hombre del tiempo, van a la oficina y ganan el pan con el pan que han hecho los demás.

Y allá, un poco más lejos en la misma calle, un grupo de gente se puso bien a cubierto. Habían visto venir el chaparrón y, sin avisar a nadie, crearon un bunker donde guarecerse y donde quedarse hasta que todo pasara. A ellos, nunca les pillaba nada de improviso.

Todos sus esclavos trabajaban para que nunca les pasara nada. Si llovía, aprovechaban para llenar toneles que vendían después a buen precio. Si nevaba, llevaban la nieve hasta los lugares más secos y sacaban sus buenos dineros por ello. Si hacia sol, ya se habían ellos asegurado de poner paneles, pagados por la administración, para sacarles provecho. Cuando hacía viento, sus amigos ponían en marcha miles de molinos para aprovechar la energía. Todo estaba previsto y, pasara lo que pasara, ellos siempre salían ganando.

El cuarto grupo de personas paseaba sin rumbo y sin saber qué hacer. No tenían paraguas ni trabajo, ni perro que les ladrase, que decía el otro. Y si tenían trabajo era de los de verdad, de los que trabajas mucho y cobras casi nada. Para ellos, el chaparrón acabó con lo poco que les quedaba. Su casa, de malos materiales, empezó a resquebrajarse con el agua. Sus vestidos encogieron y destiñeron y no tenían otros que ponerse. Hasta ellos quedaron encogidos con el chaparrón, de tan fuerte que fue esta vez. Les habían asegurado que esto no podía pasar y ellos, como siempre, se fiaron y se lo creyeron.

Sin embargo, en una esquina de la calle, en medio del agua que caía, con los pies descalzos en el lago en que se había convertido la ciudad, un niño sonreía. Su mirada era limpia y clara, su pelo incoloro y sus manos dejaban pasar la luz. No tenía ni edad siquiera. Entonaba aquella canción de Pablo Guerrero que decía “que tiene que llover a cántaros”. Para limpiar la casa.

Y la gente que pasaba, que ya había olvidado lo que era un cántaro, no entendió nada. Como siempre.

 

Ángel Lorenzana Alonso

P.D.: Relato publicado originariamente en www.leon7dias.com el 16 de julio de 2015. Más tarde, formó parte del libro “Arreboles” (La sonrisa de otoño), publicado en abril de 2019.