—Abuelo, cuéntame esa historia de una estación de tren que trajo modernidad al pueblo. O esa otra historia de cómo se construyó la Azucarera en Veguellina de Órbigo.

El abuelo observa a su nieta recordando el lento discurrir de los carros cargados de remolacha, portados por bueyes que resbalaban sobre la carretera de adoquines helados en aquellos duros días de invierno. Recuerda la plaza del barrio de la estación, con aquel suelo de carbonilla que dejaba los calcetines y las zapatillas, teñidas de alegría en los días de fiestas y juegos, o de tristeza si la venta del ganado no había sido tan positiva como se esperaba.

—¿Qué piensas abuelo? Te has quedado traspuesto.

—Pienso en lo pronto que se ha pasado todo. Fíjate, aquí en donde estamos sentados ahora mismo, conocí a tu abuela. La nieta mira a su abuelo sonriendo, aquella historia se la había contado ya, pero a ella le gustaba muchísimo escuchar al narrador que su abuelo llevaba dentro y la pasión que ponía en las historias cuando las contaba.

—Aquí, en el poyo de la iglesia del pueblo, andábamos unos cuantos chavales jugando a los petacones, entonces pasó ella con dos botijos en dirección a la fuente. Llevaba aquellas trenzas recogidas en rodetes que se hacían en aquella época, venía saltando y entonando una canción apenas audible. Uno de los muchachos la increpó: No saltes que tropezarás y adiós botijos. Ella siguió su camino y nosotros al juego, pero a la vuelta la vimos pasar solamente con un botijo. El chaval que la había increpado se rio y le saltó muy fanfarrón: te lo dije guapa, pero te crees muy listilla, pues joróbate. Ella siguió con la cabeza gacha mientras nosotros nos reíamos, pero algo se me movió por dentro que me hizo dejar el juego y acercarme a ella.

—No hagas caso, somos algo brutos, pero no tenemos mala fe. Ella apretó el paso y no me contestó, yo la seguí, porque había algo en aquellas trenzas, en aquella nuca vista desde detrás, en aquel cuerpo esbelto que caminaba erguido pero con humildad que me sedujo. En ese momento tuve un poco de…, no sé como explicarlo de incertidumbre. ¿Aquello que me apretaba dentro de la camiseta era eso que habíamos oído, era el amor? Apreté el paso para alcanzarla y desde entonces siempre estuve a su lado.

Esta narración inventada o no, quiere ser un agradecimiento al gran trabajo que Manuel Meléndez Vaz lleva haciendo desde hace varios años, para desembocar en un precioso documental que describe la historia de Veguellina de Órbigo, contada por los veguellinenses.

Manuel Meléndez Vaz, es un gran etnógrafo que graba con sus cámaras todo acto cultural que acontezca en la provincia de León, pero sobre todo en esta zona de Veguellina de Órbigo y aledaños. En esta ocasión su esfuerzo, ha culminado en un documental que nadie se debería perder, pues es un gran cobijo para resguardar la historia de nuestros antepasados, que además será un testimonio perfecto para las generaciones venideras. Los próximos 21 y 22 de agosto, en la sala Fundos de Veguellina de Órbigo, a las veinte horas, podéis daros el placer de sentir como sentían nuestros antepasados y de recrearos en aquellos parajes que tanto han cambiado.

Acobijamiento: Desgraciadamente en estos momentos, algún arma mortífera, estará destruyendo muchas de las tradiciones y las vidas de otras personas que tienen que convivir con el hambre, la destrucción, el sufrimiento y la muerte.

Por eso, los que tenemos el cobijo de la cultura tenemos que disfrutarla e intentar, como hace Manuel Meléndez Vaz, difundirla y hacerla asequible.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo