Caminé río arriba, como casi todas las mañanas. El viento del amanecer surcaba mi cara y empapaba de niebla mis arrugas de ver pasar los otoños.

Sabía que esta vez la encontraría. Que estaría esperándome, que me dejaría ver su bella cara de triste semblante y… y que hablaría conmigo.

Después de mil recodos la encontré: sentada majestuosa en la roca, con su rubio pelo ondeando en la niebla y tiñendo de amarillo el sudario helado del río. Allí estaba, como siempre, como casi siempre, llorando melancolía. Allí estaba, esperando, mi sirena del río.

Nos saludamos como viejos conocidos, me senté junto a ella y hablamos de su soledad y de mi soledad, de su amargura y de mi amargura, de su vida incomprendida en un lugar que no era el suyo, de mi vida incomprendida en un lugar y en un tiempo en que están trastocados los valores de las cosas.

Hablamos de política, de cómo los hombres y mujeres más necias ocupan siempre los mejores y más trascendentales puestos y se creen redentores de la humanidad, imponiendo sus ideas que a fuer de ser insustanciales, con su poder las han convertido en más insustanciales todavía.

Hablamos de economía, de recesiones, de paro, de podredumbre… De cómo todo el mundo sabe de ello, de cómo las lumbreras de cada medio de comunicación analizan situaciones que no comprenden como si toda su vida se hubieran dedicado a ello. De cómo los que algo entienden no entienden nada y de cómo los que no entienden tratan de hacernos creer que entienden a base de palabrejas como inflación, desaceleración, beneficios y tasas bancarias, cumbres monetarias… Cómo nos reímos de ellos esa mañana. Pobres analistas financieros, repolludos cronistas de la imbecilidad supina.

Hablamos de religiones, de espiritualidades vacías en un mundo lleno de gurús que todo lo arreglan. De obispos vestidos de oro y de fieles vestidos de harapos. De la humildad mal entendida y predicada para los demás, de los dioses que han sido y de los dioses que vendrán. Y de cómo algunos hombres se aprovecharán de esos dioses creados para hacerse un poco más ricos.

Hablamos de la vida, de educadores que no saben educar, de objetores que no saben de qué objetan pero que lo han leído en alguna parte, de lingüistas que no saben hablar y de manadas y manadas de borregos que siguen a líderes un poco más borregos que ellos. De palafreneros que llevan en sillas de oro y plata a la vulgaridad de sus mentes retorcidas y llenas de rencores absurdos. De encumbradores de valores caducos, pseudoprogresistas y manipuladores de los sentimientos ajenos, de camaleones natos que se aprovechan de ideales para hacer su propio negocio.

Hablamos de costumbres, de modas y remodas, de bárbaros que se dicen sabios y entendidos, de gente que predica plantar lechugas porque se lo contaron en Internet, de concejales que confunden la e con la a, los pináculos con los arbotantes y las cejas con las pantorrillas, de ayudantes de concejales que encuentran trabajo para sus hijos que no saben leer, de personas que enseñan a tocar la gaita en vez de enseñar a vivir.

Y hablamos de esa vida que nos ha tocado, que no nos gusta pero que tenemos que aguantar cada día. De su sino fuera del mar y de mi sino, de su melancolía y de la mía. Hablamos de lo de siempre y de cómo seguimos hablando cada vez de lo mismo porque nada ha cambiado desde la última vez.

Nos quedamos en silencio, ya cansados, más por viejos que por agotados, mirándonos de vez en cuando.

Ella me dijo: “mira el río, sigue corriendo hacia el mar”.

 

Ángel Lorenzana Alonso