
Acabo de levantarme.
Y ya tengo la sensación de que he hecho algo mal. Quizá debería haberme levantado a otra hora, o un poco antes para poder decir que tengo tiempo para hacer muchas cosas, o un poco más tarde para así dar razones poderosas que puedan justificar a los que me echarán en cara el simple hecho de haberme levantado.
Pero, en definitiva, lo de menos es la hora. Lo importante es que por el simple hecho de levantarme, alguna oscura razón habrá para decirme que me he levantado mal. Y si no me levanto, porque mi cuerpo no me lo permite, también habrá razones para decirme que todo está mal porque todas las cosas malas del mundo suceden por no haberme levantado.
Cuando estás rodeado de personas Perfectas, siempre eres y serás una insignificante mota de polvo que está estorbando permanentemente. Esa Perfección Absoluta (con mayúsculas) que poseen otros seres que hasta hace poco creí imaginarios, esa Perfección sublime que hace que antes de empezar algo ya te digan que lo has empezado mal o que deberías haberlo empezado antes, o de otra manera, o que no deberías haberlo empezado nunca, porque, en contra de lo que erróneamente habías imaginado, no se debería hacer eso sino todo lo contrario, esa Perfección perfectamente perfecta, me abruma.
Ante eso, he llegado a la conclusión de que nunca estaré ahí, que nunca podré llegar siquiera a la suela de sus perfectas zapatillas. Porque yo soy imperfecto y porque quiero seguir siendo imperfecto.
Solo los perfectos están equivocados siempre porque nunca lo alcanzarán del todo. Sin embargo, cuando asumes que no lo eres, cuando asumes que puedes equivocarte o que puedes estar caminando por el camino erróneo, nunca tienes que intentar la cuadratura del círculo ni hacer que las moscas vuelen en formación perfecta como aviones de guerra. Los imperfectos, como yo, siempre podrán pensar que pueden mejorar y asumirán equivocaciones y errores, y aprenderán de ellos.
Y nunca serán perfectos pero serán un poco menos imperfectos cada día. Los perfectos, por el contrario, siempre serán perfectos pero serán tan cuadriculados que la sola idea de pensarlo les dará escalofríos.
Serán tan sumamente iguales a otros perfectos (solo hay una Perfección pero muchas imperfecciones) que darán asco por su propia clonicidad y, porque mal que les pese, jamás serán felices.
Seguiré siendo imperfecto.
Ángel Lorenzana Alonso





