
Las hormigas recorren la tierra / abrazando el alimento / como si fuera un amor delicado, / que puede perderse para siempre. / Los trigales hieden a silencio / porque el amor necesita silencio / para crecer bajo el calor del sol. / “El hedor del silencio en los trigales”, / es un verso de Nacho Diez-Santos / que convoca a Ceres, a Elios y a Eros / para que juntos, en el oráculo de la rutina, / doten a los trigales de pan, y de peces, / de fibra de la buena, de esa de donde salen / los atardeceres calmados / en los que la humanidad tendrá manos de humildad. / Mientras, las hormigas siguen con sus trajines, / con sus ademanes de abuelas eternas, / reproduciendo genes que preserven la vida. / Y ahí, en esos genes, siempre el amor, / moviendo las enormes ruedas de moler, / que hacen girar al planeta ser. / Las hormigas recogen alimento, / al igual que Nacho Diez-Santos / recoge palabras y las siembra en sus versos. / En esa siembra, la soledad de las horas / edifica nidos de ruidos soñados / que van a dar al albo cuerpo del poema. / Las letras sembradas en los poemas, / son hormigas buscando eternamente / el alimento de las rimas y del vuelo / que llena el éter de imágenes inventadas. / O quizás busquen durar más allá del olvido, / que diría Borges aludiendo a las cosas. / Las cosas, ellas sí que perdurarán, / nos verán morir en el intento egoísta / de querer ser más y mejor que el otro. / Porque solo en la otredad, perduramos, / de ella venimos y a ella vamos. / Y en el hedor del silencio en los trigales, / se perpetuará esta especie / en la que hemos venido a dar, /
sin saber que no hay barro, ni hierba / que nos haya dado aliento, / pues el verdadero aliento nos es dado / por la soledad heredada del primer aullido, / que cubre con su paño hilado por las moiras, / nuestro definitivo retroceso al inicio. / El camino: el de las hormigas, el del pan, / el de los peces, el de las cosas, el de la humanidad, / tendrá que surcar los versos de todos los poetas / para alimentar la vida que nos lleva. / La poesía nos engendra una segunda vez / para que podamos respirar / sin el humo de la conjugación sísmica del yo. / La poesía puede traspasar el tiempo / para untarnos con su miel de madre infinita. / La poesía nos dará espacios de silencio / para reconvertir el ego en amor. / Con la poesía, la humanidad / tendrá manos de humildad. / Tendrá manos de humildad la humanidad.
Este poema es un agradecimiento a Nacho Diez-Santos y a todos los que hacen posible año tras año, y van dieciocho, que “Poesía a Orillas del Órbigo” siga respirando.
En el cuarto viernes de julio, nos visitó en “Poesía a Orillas del Órbigo”, en Veguellina de Órbigo, un poeta muy joven, pero a su vez muy maduro y muy ducho en lo que a palabras ungidas con el vuelo certero de los versos se refiere. Escuchándole declamar sus versos, Nacho Diez-Santos parecía un poeta consumado que bebiera versos en las fuentes del mejor verbo. Seguirá custodiando versos de otros y retratando los suyos propios, porque la poesía, ha encontrado cobijo en sus dedos llenos de versos.
Acobijamiento: Si los drones que sobrevuelan Gaza, Ucrania, Líbano, y tantos otros pueblos acosados por la muerte, lanzaran versos en vez de muerte, la vida equilibraría la calma y se neutralizaría el poder de muy pocos contra la necesidad de tantos. Si los hombres se fijaran más en la poesía, crecería el músculo solidario y no existirían los falsos ídolos que se creen los dueños y señores de todo y de todos. Si los drones enviados a la destrucción, lanzaran versos en vez de muerte, quizás la humanidad encontrase un camino para entenderse y compartir la efimeridad que somos.
Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo





