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Por las montañas vas como viene la brisa Pablo Neruda |
Éramos cinco. Cinco amigos que decidimos un día subir a ver el cielo. Ya habíamos visto y recorrido aquellas rocas blancas en otra ocasión. Varios días tardamos, aquella vez, en rodear aquellas moles de más de dos mil quinientos metros de altura y de recorrer desfiladeros en donde, como decían los de allí, “tienes que mirar para arriba para ver el cielo”.
Ahora, la propuesta era distinta. Queríamos subir, para ver el cielo desde un poco más cerca. El paisaje impresionaba. Grandes montañas y abruptos desfiladeros formados hace más de 300 millones de años. La erosión del viento, del agua y del hielo habían configurado las formas actuales, ya desgastadas pero que dejaban imaginarse la majestuosidad antigua y que aún seguía conservándose.

Y había personas que se habían asentado allí, entre las peñas. Estas tierras siempre fueron más refugio de guerreros que lugar de vivienda. Pero allí estaban, aguantando inclemencias y “mirando arriba” por si el cielo se dignase ayudarles.
Poco después de iniciar el camino, cortamos palos de avellano que nos acompañaran en la subida. Dejamos atrás un abrevadero donde repusimos un poco las fuerzas y recogimos todo el agua que pudimos. No sabíamos qué nos esperaba arriba.
El verde se acababa y el pequeño sendero que seguíamos se internaba en la roca pura. Allí, y en adelante, solamente unas marcas amarillas, o un pequeño montón de piedras, nos iban a indicar el camino a seguir. Eran los “jitos” que los montañeros habían pintado o colocado. Unas señales que eran claves. Y, máxime como ahora, cuando la niebla vino a envolvernos con su húmedo suspiro. Decían los expertos que si la niebla venía, lo mejor era pararse, no moverse y esperar a que marchara. Pero no podíamos hacerlo. Teníamos que llegar arriba. Por eso seguimos los jitos y, aún así, a punto estuvimos de despeñarnos en un recodo de la senda que no era senda. El palo de avellano nos salvó esta vez cuando descubrimos que no hacía fondo delante de nosotros.
Nuestra piel chorreaba, mitad niebla pegada a ti y mitad sudor, por la fuerte subida. Un aire casi frío nos sorprendió en el alto. Era septiembre. Al fondo, casi al alcance de nuestra mano, estaba la Vega de Liordes, mucho más hechizante de lo que nos habían contado y de lo que pudiéramos habernos imaginado. Una pequeña cabaña destacaba en el verde, otra vez el suelo era verde, cerca del pequeño arroyo que nacía allí mismo y se perdía un poco más abajo, entre las rocas.
Nos acomodamos. Apenas cabíamos los cinco en la cabaña. Buscamos algo de madera en una mina abandonada y un buen fuego en la chimenea servía para calentarnos, para secar nuestras botas y para calentar la comida. Esa primera noche, solo queríamos dormir.
Por la mañana, sin habernos despertado aún, él, con su guitarra, estaba cantando la “Cançó de matinada”, de Serrat. Un nuevo e intrigante día había comenzado. La niebla había vuelto y cubría todo a nuestro alrededor. Pero era igual. Las notas de la canción hacían que fuera un día especial. Una canción que nos acompañó cada mañana de nuestra estancia. Nunca olvidaremos la canción y la voz de nuestro compañero.
Fueron bastantes días con niebla, una niebla que no nos dejaba ver ni las montañas, ni la vega y el río… ni el cielo. Pero no siempre fue así. Otros días, más claros, nos invitaron a recorrer las montañas, buscando agua de nieve y encontrando una flor entre las rocas. Una flor azul, creo recordar, de la que no sé ni su nombre, que se había atrevido a nacer allí donde solo la caliza existía.
Recuerdo especialmente una noche. A eso de las tres de la madrugada me levanté y salí como pude de la cabaña. El cielo estaba estrellado. Me senté sobre una roca a fumar un cigarro. Otro amigo salió también y nos pusimos a charlar. En un momento determinado, callamos.
Miramos al cielo, a las estrellas que parecían estar a nuestro alcance. No podíamos hablar. Apagamos los cigarros y nos metimos, casi corriendo, en la caseta. Estábamos los dos casi temblando. Y no era por el frío. Nos pusimos a hablar y comentábamos lo absurdo de lo que nos había pasado.
Decidimos superar aquello y volver a salir. No sabíamos lo que había ocurrido. Pero acabamos reconociendo que aquella sensación era como de miedo. Pero, ¿a qué?

Volvimos a sentarnos en el mismo sitio. Volvimos a contemplar aquellas estrellas que casi podíamos tocar con las manos. Volvimos a hablar, y volvimos a callarnos. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo que nos pasaba. Estábamos rodeados del más absoluto silencio. Nada se movía y nada se oía. Y volvimos a tener esa sensación de miedo. Miedo al silencio absoluto, a la noche con estrellas cercanas. Queríamos ver el cielo. Y tuvimos miedo al cielo y… al silencio.
No hubo más noches como aquella. Pronto volvimos a casa, descendiendo de entre la niebla, con la canción que nos despertaba cada día metida en nuestra cabeza, con la Vega en el eterno recuerdo. Y con el silencio.
Volvimos otras veces pero no era lo mismo. Ya no había silencio y la caseta, el arroyo y casi las montañas mismas eran ya distintas. Se habían llenado de cosas que hacían ruido.
Y las estrellas parecían estar bastante más lejos.
Ángel Lorenzana Alonso
P.D.: Esta historia data de hace más de cincuenta años, cuando éramos mucho más jóvenes y cuando la montaña era tu amiga y no estaba aún profanada.
Ahora la escribo en homenaje a Toño Montero, uno de los cinco, el cantante, fallecido hace unos meses, que con su guitarra y sus canciones nos alegraba la soledad del silencio.





