Cuando se puso a cantar, aquel pájaro de colores volvió a renacer.

Estuvo todo el otoño desilusionado, como quien no tiene ganas de vivir, como aquellos otros pájaros que él veía de vez en cuando y que soportaban enfermedades, mal de amores o simplemente mal de juventud.

El verano había sido bueno. El calor sobre sus alas de fino plumaje hacía milagros que aún no llegaba a comprender del todo. El aire estaba más seco, se respiraba mejor y no tenía que preocuparse de resguardarse del frío. Podía dormir en cualquier sitio y el alimento abundaba. Cuando surcaba el cielo, subiendo corrientes, dejándose llevar por el suave calor del aire sobre su vientre plateado, apenas le costaba volar, apenas sentía pesares sobre su alma de pájaro, tan alma como cualquiera.

El otoño, sin embargo, vino peor. La nostalgia, el miedo al frío, la caída de la hoja, la lluvia… todo se le vino encima, pesando en sus alas como losas puestas encima de unas plumas delicadas y no del todo preparadas.

Lo peor, la lluvia. No podía volar cuando llovía. No podía desplegar al viento sus piruetas en medio de un cielo pleno de agua fría.

Llegó el invierno. Apenas acababa de llegar.

Y empezó a cantar.

Cantaba porque en sus venas empezaba a notar una pronta primavera. Cantaba para que la nieve desapareciera del horizonte plano de una vida plana tan solo ocupada y preocupada de un hoy y un mañana tan cercano que lo tocaba con sus alas.

Cantaba porque los demás pájaros habían dejado de cantar.

Absortos en mitad del frío, en mitad de la niebla espesa que atenazaba gargantas ya maniatadas por saber que era invierno, inmersos en la vulgaridad de una masa que les acostumbraba a solo cantar cuando les mandan, aborregados pájaros que no siguen sus instintos cantores y se callan cuando no deben callarse y cantan cuando no deben cantar. Pájaros de todas las especies, maniatados por sus dueños que les dicen lo que deben hacer y que apenas les dejan salirse de la rutina para cantar un villancico por Navidad. Pajaritos cantores, pajaritos del pio-pio, de piar incesante pidiendo migajas de un pan que hicieron ellos con sus sueños y con su trabajo pero que se lo quitaron apenas hecho y que, ahora, de vez en cuando, les dejan las migas para irse contentando.

Cantaba porque estaba harto. Harto de que le mandaran cuándo y cómo cantar. Harto de sus compañeros pajaritos que le miraban raro porque cantaba en invierno.

Por eso cantó ahora. Por eso empezó sus trinos y lanzó su voz a un aire pegajoso, de un invierno que acabaría por agarrarse a su garganta.

Pero… no le importaba. Mientras pudiera y le fueran dejando, seguiría cada mañana de cada día de cada semana de cada mes de este y de todos los inviernos, cantando lo que otros no querían cantar, diciendo a un mundo descreído que él sí creía que iba a llegar la primavera, dejando que su voz retumbara y vibrara al son de una música que era la de siempre, la que le habían enseñado desde pequeño pero que le habían ordenado olvidar.

Cuando se puso a cantar, nadie quiso escucharle. Era invierno. El mundo estaba adormilado y tenía los oídos cerrados para no enterarse de nada. El mundo se había metido en casa y había cantado villancicos y carnavales para olvidarse de lo que estaba pasando.

Solamente un pájaro seguía cantando en un afuera que no quería ser visto… ni oído… ni entendido siquiera.

 

Ángel Lorenzana Alonso