No me digas que no, / ¡quiéreme, quiéreme! / le dijo el sauce a la hierba. / Pero la hierba, erre que erre / que ella no quería querer. / El sauce, desconsolado, se puso a llorar,

tanto lloró el sauce, / que la hierba se anegó, / y enfermó de pudrición. / Mas el sauce que la amaba, / dejó de llorar y abrió sus ramas / para que le llegara el sol. / Volvió la hierba a ser aroma y alimento, / y miró al sauce con cara de tórtola. / El sauce acercó sus hojas, la acarició / la puso a bailar de culo, / lamió sus raíces: / ¡mmm qué ricas! saben a teta. / Una sombra se acercó / (siempre hay alguien / que viene a amolar la dicha, / por envidia de que esa dicha, / traiga buena chicha.) / ¡Eh, oigan, qué hacen, habrase visto! / Hierba y sauce, / desenredaron aquel maravilloso instante./ Se miraron con cara de interrogación. / ¿No habían pedido un notario / para dar fe de su amor? / ¿Y cuál es el problema? Argumentó hierba / ¿Ustedes no estaban follando? / ¿Es que follar no es un acto físico de amor? / Dictaminó Sauce. / Yo debo ser un notario anormal, / porque nunca antes este caso se me dio./ Esta historia que no parece verdadera, / sucedió a orillas del Órbigo, / ante un notario de palabras buenas / que nos llenó de rico alimento, / de juegos, de cantes jondos, / de buenas vibraciones para el corazón, / de tragos de ambrosía para el alma, / de grageas sin receta que calmaron / los renglones obscuros de la rutina; / de las rutinas de quien tiene y no tiene, / de quien sabe y no sabe, /de quien ama y no ama, / de quien extirpa las vísceras de las palabras, / para ponerlas al sol y que se sequen. / Bernardo Santos contó, / pero no cantó, no se atrevió, / ya no hubiera gustado, ya. / Eso sí, nos dejó orondos de existencia, / porque de su morral de buen hombre / sacó un poeta que multiplica palabras / y las convierte en semillas, / que serán panes, que serán hombres, / que serán seres, que serán. / Y… ahí están el sauce y la hierba, / la hierba y el sauce, dando cobijo / a las fibras de las sillas, de las piernas, / de las caras, de los ojos, de las manos, / de los gestos que debajo y encima, /o encima y debajo de esos dos enamorados, / deconstruyeron los yugos del cada día, / para dar libertad, cada uno, / a sus ansiados vuelos, para descansar / de tanto consumo y consumismo, / que nos tienen consumidos. / Y… ahí seguirán la hierba y el sauce, / el sauce y la hierba dando cobijo / al eco de las palabras dichas y no dichas, / para que no sean consumidas / al tuntún, sin ton ni son, / sino con la profundidad que deja el Órbigo / en las tardes de julio. / Y… ahí está el sauce llorón, / que supo dejar de llorar por amor, / como debe ser, porque sin amor, / sin amor no existiría ni el amor. / Y… ahí está la hierba, / que le enseñó sus entretelas al sauce, / también por amor, porque sin amor, / sin, sin, sin amor, (lo decía una canción) / no existe nada (esto lo digo yo). / Y aquí se acaba este historia / de una tarde a orillas del Órbigo, / en la que fuimos notarios / de lo bien que queda una, / después de que la unten, / con la hidromiel de la poesía.

Este poema precedente, quiere ser un agradecimiento al poeta Bernardo Santos, que el pasado viernes, inició la XVIII edición del ciclo de “Poesía a Orillas del Órbigo”. Precedido por las palabras del maestro de ceremonias y el artífice de esta exitosa y gran casa de la poesía, que no es otro que Tomás Néstor Martínez Álvarez; Bernardo Santos, nos deleitó deslizando el humor entre sus versos, o metiendo el cuchillo de la palabras en donde hay tumoración y mala baba, o abrazando al amor como solo saben hacerlo los poetas. Nos dejó muy buen sabor en las venas. Las tarde con él se nos hizo sabrosa y bella. Pues eso, que los dioses repartan versos.

            Acobijamiento: Bajo los escombros de Gaza, aún quedarán versos heridos, sueños muertos, memorias atrapadas en un eterno lamento. ¿Qué les contarán los huérfanos de Gaza a sus hijos cuando les pregunten quién mató a sus recuerdos?

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo