Por fin se atrevieron a acercarse. La piedra no era demasiado grande pero aún humeaba y un gran cráter se había abierto en torno a ella. Todos los hombres y mujeres la rodearon mientras que los niños la miraban asombrados. Alguno osó tirar una piedra que chocó y rebotó contra la otra piedra más grande que seguía humeando.

Nadie se atrevió a hacer nada, esperando a unas autoridades que ya tardaban en llegar. El cráter abierto no es que estorbara demasiado pero era la curiosidad lo que les embargaba. Más o menos, todo el mundo pensaba que era uno de esos meteoritos que no acabó de desintegrarse al pasar por la atmósfera. Lo que no acababan de saber era de dónde venía y por qué había caído precisamente aquí y no unos metros más allá, donde estaban los chalets más lujosos.

Ya algún malpensado andaba diciendo que no debía ser precisamente una casualidad y que a lo mejor estaba “teledirigido”. Y es que los dueños de la parcela en donde cayó eran precisamente los que se estaban negando a vender para construir otra urbanización.

El primero en acudir, de las autoridades se entiende, fue el concejal del que se sospechaba que cobraba comisiones por la venta de terrenos en esa zona. Parecía, desde luego, preocupado y compungido. Todos le miraron de reojo y a alguno se le escapó una ligera sonrisa.

Como buen político y concejal que era, llegó con el móvil pegado a la oreja pero saludando a los presentes que se iban arremolinando alrededor de la piedra. Entre abrazos y palmadas en la espalda, fue examinando el boquete e hizo alguna foto al meteorito. Procuró calmar algunos ánimos de algunos que pedían explicaciones y preguntaban sobre lo que iba a hacer el ayuntamiento. El concejal pidió silencio y dijo con mucha solemnidad: “Esto lo tienen que estudiar los expertos”.

De la misma manera, pero un poco después, apareció el señor alcalde que, acompañado de su señora esposa, se hizo una foto junto a la piedra. No añadió nada más a lo dicho por el concejal. Al día siguiente aparecieron las más altas autoridades tanto comarcales como nacionales. El asunto del meteorito tenía su importancia. Y traería sus consecuencias, sobre todo si no se hacía nada. Los ánimos ya estaban bastante crispados.

Cuando, días más tarde y después de discusiones varias sobre posibles competencias, llegaron los expertos, la cosa volvió a animarse. Todo empezó cuando los vecinos reconocieron al arquitecto municipal entre ellos. ¿Qué pintaba allí y de qué era experto ese señor?, se preguntaban. También estaban un médico, dos abogados y un ingeniero de minas. Todos “inefables” expertos en piedras de este tipo.

Volvieron a hacer fotos, cada cual había traído un ayudante o ayudanta, dieron vueltas y más vueltas y pidieron al alcalde una sala en donde pudieran deliberar. A eso de la oscurecida, se fueron a cenar. Quedaron en reunirse a la mañana siguiente, hacia las once.

Mandaron que les sirvieran un café con unas pastas y estuvieron reunidos hasta la hora de comer. Después de la comida y una buena siesta, se fueron marchando, cada uno con su ayudante o ayudanta, y cada uno en su lujoso coche que las respectivas instituciones habían puesto a su disposición. El Comité de Expertos quedaba disuelto hasta nuevo aviso.

Ello no significaba que no siguieran trabajando. Cada uno se fue a su despacho y, durante bastante tiempo, siguió pensando en aquella maldita piedra. Y en sus consecuencias, sobre todo en sus consecuencias.

El meteorito dejó de humear a la semana siguiente y la noticia fue dejando de estar en boca de periodistas y vecinos. Todos se fueron olvidando. Todos menos el dueño de aquel terreno que seguía esperando las resoluciones de las autoridades. Unas autoridades que, a su vez, esperaban el dictamen de aquel Comité de Expertos que se había nombrado para la ocasión. Y unos miembros de ese Comité que, cada uno en su amplio despacho, de vez en cuando se acordaba de que una piedra había caído del cielo.

Más de un año pasó desde la caída. Los turistas que se enteraban pasaban a hacer fotos y los chiquillos jugaban encima de la piedra, en contra de la opinión de sus madres que temían posibles contagios. Una cosa era cierta: la piedra seguía brillando como el primer día, aunque había dejado de echar humo.

Un año y siete meses después de su caída, alguien observó una pequeña grieta en la parte izquierda del meteorito. Una grieta que se iba agrandando con los días.

Siete días tardó en asomar una especie de cabeza ovalada por aquella brecha abierta en la piedra que había caído del cielo.

 

Ángel Lorenzana Alonso