En el rincón viejo de aquella casa de siempre, ella encontró la parte de sí misma que le faltaba para ser feliz.

Y con la felicidad vino la sonrisa y con la sonrisa la esperanza. Y la esperanza renovó la casa y se perdió otra vez el rincón aquel, tan viejo y tan de siempre, en donde ella se había encontrado de nuevo.

 La sonrisa dejó pasar el tiempo y los labios entrecruzados mostraron su peor dibujo. La esperanza cambió de color y las nubes de aquella tarde lloraron un poco para que el mundo viera que todavía eran ellas las que mandaban. El sudor preñado de rocío y las espinas de aquel rosal que empezaba a marchitarse sacaron sus uñas afiladas y devoraron en un segundo los sueños.

La vida siguió corriendo, como si tuviera prisa por llegar a no sé dónde.

Y aquel niño, su niño, el niño de siempre y de ahora, rompió a llorar y a pedir a su madre una nueva sonrisa que le permitiera mitigar otros dolores más profundos. La madre se cargó nuevamente de esperanza pero no logró cambiar su mueca y el niño no pudo ver su cara plagada de sueños ni logró recomponer el dibujo de unos labios que decían que le querían.

Madre y niño lograron abrazarse, el uno entre lloros, la otra entre miedos. Ambos queriendo coger el rayo de felicidad que había pasado y se había ido entre los rencores de la tarde.

La noche llegó a cobijarlos y el alba los encontró desnudos. Ningún pájaro cantó aquella mañana y apenas una flor pequeña logró despertarse entre la escarcha del amanecer.

 Cuando se miraron, vieron otra vez el viejo rincón de aquella casa de siempre en donde ella, alguna vez, lograba ver la parte de sí misma que le faltaba para ser feliz.

 

Ángel Lorenzana Alonso