Fueron a consultar al burro. Pero éste se limitó a rebuznar. La pregunta no le gustó y optó por no contestar. Como buen burro que era, era consciente de que no estaba él para esas bobadas.

Torció sus orejas y estiró el cuello. Aquellos tontos pensaban que el burro sabía todas las respuestas. Se colocó en disposición de cocear si ello fuera necesario, aunque no lo fue por ahora.

En contra de lo que la mayoría de la gente pensaba, el burro no era tan burro. Los egipcios representaban la ignorancia con una cabeza de este animal y los romanos consideraban un mal presagio el encontrarse con alguno. Pero los pastores que allí estaban reunidos sabían que aquello no era así. Por lo menos, no era así del todo.

Es verdad que a veces son un poco tercos y que es difícil que un burro haga algo que contradiga sus propios intereses. Son animales cautelosos pero bastante inteligentes.

Aquel grupo de pastores sabía todo esto pero, por si acaso, prefirieron preguntar, no fuera a ser el caso de que algo supiera el borrico. Sabían que aquellos montes eran tierra de lobos y que algún “cimarrón” escapado podría andar por allí. Más valía prevenir. Habían llevado con ellos al burro para, además de que paciera hierba fresca, les pudiera avisar de los peligros. De todos era sabido que estos jumentos eran capaces de detectar a los lobos antes que nadie y que, con sus rebuznos, podrían avisar del peligro.

Pero no era esa la cuestión ahora.

Los pastores de aquella tribu querían saber si vendrían las tormentas. Y por eso fueron a preguntar al pollino. Rodearon al animal y el más espabilado de ellos fue el que le preguntó. Se puso frente a él y le miró fijamente a los ojos. El asno se extrañó y lo miró dos veces, como para entenderle mejor. Pero no entendió lo que le preguntaban. Se limitó a encrespar sus crines y a rebuznar. Y vuelta a la hierba que estaba verde y fresca. Allá ellos con sus preocupaciones.

Al otro lado de aquel pequeño valle, miembros de la tribu vecina estaban haciendo lo mismo con su burro. Y, al final, los hombres de ambas tribus se reunieron para cambiar impresiones. Hablaron de lo que los burros habían hecho y dicho. Y comprobaron que ambos borricos habían hecho y dicho lo mismo: nada de nada.

No sabían qué hacer. Al final, después de amplias deliberaciones, un pastor que parecía que sabía algo más que los otros dijo que juntaran los dos asnos para observar su conducta. Y así lo hicieron y los hombres hicieron corro alrededor para no perderse detalle alguno.

Los burros se miraron, se olieron y se pusieron a comer. “En mis casi cuarenta años de vida había visto cosa igual”, dijo uno de ellos. Movieron sus grandes orejas y se pusieron a rebuznar y a dar coces al aire para que les dejaran en paz. “¿Por qué nos preguntan a nosotros estas cosas?” dijo el otro burro que cada vez entendía menos.

Y así era. Los hombres, no solo aquellos, siempre tienen la mala costumbre de preguntar al que no sabe o al que sabe de otras cosas pero no de la que interesa en ese momento. Pero lo peor, y éste no era el caso de estos sabios burros, eran las contestaciones de los que no saben.

En esto pensaban y esto comentaban los pollinos. Y por eso ellos se abstuvieron de contestar, a pesar de las insistentes preguntas, a veces acompañadas de golpes con las azagayas.

Los hombres, por su parte, se entretenían en pelearse y en mirar al cielo en busca de señales de cómo iba a estar el tiempo en los próximos días. Era importante para saber si se quedaban entre las montañas o comenzaban a bajar con los rebaños para las majadas del llano. Discutieron y pensaron mucho esa tarde y toda la noche. Y durante todo el día siguiente.

El burro, mientras tanto, se había apartado y lanzaba unos buenos rebuznos. Alzaba sus grandes orejas y observaba a los hombres mientras se paraba para masticar la hierba. No entendía nada. Y prefería no entenderlo y que le dejaran tranquilo. No estaba dispuesto a recibir más golpes.

Al día siguiente, la nevada, demasiado grande, cubrió los campos y los montes y los pilló desprevenidos. Estaban horrorizados. Y sus ojos se volvieron hacia aquel burro que no supo pronosticar la nieve.

El pollino vio las miradas e intuyó las intenciones. A alguien tenían que echar la culpa y, como casi siempre, era él el que pagaría los platos rotos. No les perdió de vista mientras trataba de encontrar la hierba debajo de la nieve, cosa ya casi imposible. Pensó en si podría escapar pero supo que iba a ser complicado. ¿A dónde iría? ¿Se atrevería a vagar solo por las montañas? Estaba demasiado acostumbrado a vivir con los humanos y…

En esas estaba y se percató demasiado tarde de la lluvia de venablos que atravesaron el aire y se clavaron en su cuerpo. Tardó muy poco en caer sobre la nieve blanca que poco a poco se iba tiñendo de rojo.

Los pastores se arremolinaron en torno a él tratando de recoger aquella sangre que pudiera servirles de alimento.

Al anochecer, en torno a la hoguera, se saciaron con su carne y pensaron que habían hecho lo que tenían que hacer.

Mientras tanto, los lobos se iban acercando al rebaño.

 

Ángel Lorenzana Alonso