Fue cuando yo nací cuando mi padre decidió plantar aquel árbol en nuestro jardín. Un árbol, decía, que fuera creciendo a la vez que su hijo y que pudiera ser un fiel compañero de este viaje que ahora empezaba para mí.

Meses antes de mi nacimiento, ya estuvo estudiando tipos de árboles para dar con el que creyera como más adecuado. Buscó un árbol que fuera muy alto, el más alto de los posibles, con un color y un aroma propios e inconfundibles, que resistiera lo más posible en el tiempo, que no exigiera excesivos mimos o cuidados, bien agarrado a la tierra y resistente a las tempestades y vaivenes del viento.

Un árbol, en fin, que fuera un fiel reflejo y, a la vez, un ejemplo para su hijo durante toda su vida. Y que el árbol siguiera allí después de que su hijo se fuera, como un eterno recuerdo suyo.

Y eligió un cedro amarillo, un árbol de la familia de los cipreses valorado por su duradera madera y porque cumplía muchas de las cualidades que él deseaba.

Tuvo suerte. Habían pasado ya las últimas heladas y era buena época para plantarlo, según decían los expertos. Buscó un lugar bastante distanciado de la casa, a unos quince metros, para que las raíces tablares, a modo de contrafuertes, pudieran extenderse bien lejos, casi a ras de tierra, y fueran un eterno sostén de aquel ciprés bien alto y fuerte. Y que estas raíces no llegaran a molestar a la casa.

Mi padre sabía que aquel árbol podría vivir hasta los mil años, con los cuidados oportunos, y que se adaptaba bien a un clima fresco y húmedo como el nuestro. No obstante, no necesitaba un suelo demasiado húmedo. Alcanzaría fácilmente más de veinte metros de altura, aunque en sus primeros años tuviera un crecimiento más lento. Al revés que yo, su hijo, que crecería muy rápido al principio. Así podría compararme con el árbol y sentirme orgulloso de ir ganándole en altura. El ciprés seguiría después a su ritmo mientras que yo me olvidaría de la competición de altura e, incluso, a veces me olvidaría del propio árbol y me iría por esos mundos de Dios.

Mi árbol tendría un color amarillo al principio y se iría volviendo cada vez más pálido hasta llegar a un precioso gris plateado. Yo estaría orgulloso de él. Sería siempre MI árbol y, de una forma u otra, siempre procuraría estar cerca de él y llevarlo conmigo. Una foto suya, que iba cambiando y actualizando cada poco, iba siempre en mi cartera.

Siempre llamó mi atención su clásico olor. Un olor que repelía a los insectos y que a mí me recordaba al de las patatas crudas. Pero hasta llegó a gustarme también y buscaba colonias que me lo recordaran.

Primero con mi padre y después yo solo, cuando venía a verlo, hacía pequeñas muescas en su preciosa corteza para indicar mis progresos de crecimiento. Falsa ilusión, me di cuenta más tarde, cuando comprendí que él también crecía y las muescas estaban cada vez a más altura. Un día, recuerdo que mi padre aprovechó aquello para tratar de explicarme algo sobre la ley de la relatividad. Nunca logré entenderla del todo.

Todos los años, recuerdo ahora, antes de que llegaran los calores del verano, recortábamos y podábamos sus ramas, porque decía mi padre que en ese año ya había crecido todo lo que tenía que crecer. Mi madre, y a veces mi abuela, era la encargada de echarle un poco de agua la semana que no llovía.

Fui creciendo con él aunque pronto me dejó debajo y buscó el solo las alturas. Yo creo que, desde allá arriba, me vigilaba y cuidaba de mí por muy lejos que yo me hubiera ido. Y, cuando yo volvía a verlo, meneaba todo su tronco y dejaba que yo lo abrazara. Casi seguro que era que estaba acostumbrado a su olor, pero siempre me parecía que en ese abrazo él suavizaba su fragancia. Yo trataba de buscar aquellas muescas de mi infancia pero ya no lograba verlas, porque los años las habían ido borrando del tronco y porque, lo poco de ellas que quedaba estaba ya muy alto, fuera de mi alcance. Comprendí que mi árbol crecía sin mí pero siempre tuve la impresión de que nunca me olvidaba.

Hace un año que murieron mis padres. Yo había arraigado lejos, muy lejos, de la casa y del árbol. Un notario me citó un día para decirme que mi padre había vendido la casa antes de morir, para pagar deudas y enfermedades. Me dejaba, no obstante, la mayor parte del dinero de la venta. Y una carta en la que me explicaba los hechos y su porqué. En ella, también me comentaba la única condición que le puso al comprador: jamás se derribaría el árbol, pasase lo que pasase. El ciprés, decía, era un recuerdo permanente de su hijo, aunque su hijo estuviera demasiado lejos para recordarlo, como no recordaba demasiado a sus padres.

Del notario marché corriendo a la casa vendida, a la casa que tenía el árbol pero que, ahora, ni la casa ni el árbol eran ya míos.

La casa estaba allí, ya derruida para construir otra nueva. Pasé entre los escombros y entre los gritos de los obreros. Llegué al jardín. Lo único que vi fue el cedro amarillo luciendo ya sus canas pero firme y enhiesto como siempre. Lancé un suspiro de alivio.

Me abracé a él, como si nunca lo hubiera visto. Creo que me reconoció porque noté un cierto temblor que recorrió su corteza. Miré hacia arriba pero ya no lograba ver su copa. Necesitaba una buena poda.

Estuve mucho tiempo abrazado, hasta no recordar cuánto llevaba allí.

Detrás de mí, unos hombres miraban al cedro. Tomaban medidas, calculaban y… esperaban. Tenían unas grandes hachas en sus manos.

Tuve miedo.

 

Ángel Lorenzana Alonso