
Yo creo que se había movido. Alguien había cambiado la silla de sitio. La cosa me extrañó porque tanto mi mujer como mi hijo sabían de mi obsesión por que las cosas estuvieran “exactamente” en su sitio. Y ahora, desde mi sillón, al otro lado de la mesa, la silla aquella estaba casi enfrente de la televisión. Y antes no estaba así, de eso estoy absolutamente seguro.
Aunque mi mujer dijo que no tenía importancia, dado que apenas eran diez centímetros la diferencia, yo sabía que sí era importante: la silla no estaba en donde debería estar.
Unos días después la cosa empeoró. Ahora era mi propio sillón el que no estaba en su sitio. Exactamente, estaba cinco centímetros a la derecha. La perspectiva del mundo, visto desde el sillón, cambiaba por completo.
Reuní a la familia, a mi mujer y a mi hijo, y les comenté la situación. Nadie, excepto ellos y yo, había entrado en la casa esos días. Y, sin embargo, tanto la silla como mi sillón no estaban en el sitio que les correspondía. Era obvio: alguien los había movido. Y aquello me preocupaba, porque nunca antes había ocurrido. Nunca. Por supuesto que ellos negaron que lo hubieran hecho.
Me pareció que las hamacas que teníamos en el porche, en donde yo pasaba largas tardes del verano, no estaban en su sitio, pero tampoco quería yo exagerar con mis quejas. Al fin y al cabo, aún faltaban meses para que las utilizara y tampoco estaba muy seguro de su ubicación anterior. Pero era bastante raro que me equivocara en estas cosas.
No obstante, archivé ese dato en mi memoria por si tuviera que utilizarlo más adelante. Por ahora, no dije nada. Pero aquellas cosas, independientemente de mi “obsesión”, no me hacían ninguna gracia y decidí que tenía que seguir observando.
Por lo pronto, hice marcas, casi invisibles para alguien que no se fijara mucho, a los lados de las patas de todos los muebles de la casa. Si alguien los movía tendría una prueba clara y evidente de que yo estaba en lo cierto.
Pasaron algunas semanas y no observé diferencias significativas. Pero seguía vigilando. Poco, por no decir nada, me fiaba de aquellas cosas. Que me cambiaran un mueble, era raro, pero que me cambiaran mi sillón me preocupaba un poco más, porque de ninguna manera admitiría que se hubieran movido ellos solos.
Fueron pasando días, y semanas, y no observé nada raro. Tan solo un jarrón que estaba encima del mueble-bar del salón, pero podía ser solo una apreciación mía. Si es que se había movido algo, tampoco debía ser demasiado. Y, en este caso del jarrón, no tenía pruebas de marcas ni nada parecido.
Unos días más tarde, cuando todo parecía ya haber vuelto a la normalidad, la gran mesa central del salón, que pesaba lo suyo, estaba por lo menos quince centímetros más a la derecha. Pregunté y revisé por todas partes y a todos. Nadie, aparentemente, había tocado nada. Y menos aquella gran mesa que necesitaba varias personas para moverla.
Al día siguiente, no obstante, la mesa estaba otra vez, más o menos, en su sitio anterior. Ya no cabía ningún tipo de dudas. O los muebles se movían solos o alguien los estaba moviendo.
Decidí hacer un programa de vigilancia intensiva y tomarme en serio la cuestión. No iba a consentir que unos malditos muebles se burlaran de mí. Aparte de las marcas en el suelo, puse cámaras camufladas para grabar los posibles movimientos y me coloqué en sitios estratégicos de la casa para poder observar mejor.
Durante bastantes días no pasó nada. Ninguna marca fue movida, las cámaras no grabaron nada y yo tampoco noté ninguna cosa sospechosa. Apenas descansaba, ni dormía ni comía, solo para no perderme ningún detalle. Mi mujer casi dejó de hablar conmigo y mi hijo decidió irse “de esta casa de locos”.
Hasta aquel día de mayo en que vi claramente como una pequeña silla que teníamos en la terraza, daba pequeños “pasos”, bamboleándose, hasta cerca de la puerta. Me quedé atónito y más aún cuando, aprovechando que mi mujer dejó la puerta abierta, la pequeña silla se coló en el interior del salón.
Aquello fue la gota que colmaba el vaso. Lo había visto con mis propios ojos. Cuando lo comenté con algunos amigos, creo que me tomaron por loco. Nadie creyó lo de que los muebles se movían solos. Salvo que el suelo temblara, o cosas parecidas, era algo difícil de creer.
Yo mismo pensé que algo raro me estaba pasando. E incluso, hablándolo con la mujer, decidimos visitar a algún médico y comentarle lo que me ocurría. Unas pastillas para tomar y no le dio mayor importancia. Dijo que era algo transitorio y que hiciera una vida tranquila.
Ya llevaba varios días tomando la medicación y estaba tranquilamente en el salón, leyendo una novela. Por el rabillo del ojo, creí ver cómo aquella silla que el otro día se había colado desde la terraza, se levantaba del suelo y daba saltos de un lado para otro. Se balanceaba en el aire y, cogiendo velocidad, venía lanzada contra mi cabeza. Logré esquivarla por poco.
Me levanté sudando, me puse a gritar y llamé a mi mujer. Pero no pude evitar que la pesada mesa me pasara por encima.
Llevo tres meses en una sala del hospital. Aquí los muebles no se mueven. Pero no me atrevo a volver a mi casa. Estoy seguro que me están esperando.
Ángel Lorenzana Alonso





