Como todos los años, en una de las casas más viejas de aquel pueblo, la familia se reunió en torno a su abuelo. Esta vez, cumplía noventa y cinco años y querían que fuera más especial que nunca. Los achaques iban en aumento y se notaban cada vez más. Tenían miedo de que ya no durase demasiado. Pero el abuelo era un personaje especial, un superviviente de cien mil batallas.

No faltó nadie. Dos hijos todavía vivos, siete nietos y quince bisnietos. Con sus parejas respectivas. El mayor de los bisnietos acababa de cumplir veinte años. Y era su preferido. A punto de acabar su carrera de periodismo, siempre preguntaba y escuchaba los “cuentos” del abuelo. Venía cada poco a verle y a estar a su lado. Los demás, también, tanto los nietos como los hijos de estos, pero era distinto con ellos. Más despegados, que decía el bisabuelo.

Todos los años, desde hacía mucho tiempo, prometía que el día de su cumpleaños les contaría “lo de aquel día”, o, como decía el bisnieto, la historia del pueblo y del carro. Pero, llegado el momento, se disponía a hacerlo pero siempre decía: “será mejor dejarlo para otro cumpleaños, hoy no me encuentro nada bien”. Y, entre alguna lágrima, se retiraba a descansar.

Ellos ya conocían la historia pero era distinta cuando él la contaba. Era “su” historia, esa que es imposible olvidar, esa que te revuelve por dentro cuando la recuerdas, esa que ha marcado toda tu vida posterior y que sigue siendo ahora el motivo de seguir viviendo, de seguir esperando que algo se arregle de una vez.

Se casó a los veinticinco, con una mujer de su mismo pueblo, de las que ya casi no se acordaban de aquello. Ya llevaba diez años allí y la rabia no se había ido. Pero tenía que seguir tirando, como decía su madre tratando de calmarle. Tuvo tres hijos aunque uno se marchó un día y se lo devolvieron muerto cinco años después. Los otros dos vivían todavía, uno en el pueblo y otro en la ciudad vecina.

Su mujer murió hace unos años y se quedó solo en el pueblo. Ya no quería marcharse, ya se marchó una vez y había sido bastante. Este pueblo no le gustaba mucho, no era como el otro. Pero no había otro.

Sus hijos nacieron y se fueron marchando también, cada uno por su lado. Pero no faltaban a ninguno de sus cumpleaños. Con sus nietos pasó igual. Hijos y nietos querían que se fuera pero él siempre decía lo mismo: ya marché una vez, otra vez no. Ahora le quedaban los bisnietos, sobre todo el mayor, el que cada fin de semana venía a estar con él, a escuchar sus lamentos y sus plegarias, al que le podías contar las historias de su pasado y que tomaba nota de ellas. Él las comprendía.

Se celebró la cena de cumpleaños. Fue recorriendo la mesa y abrazándoles uno por uno porque ya de lejos solo veía su sombra. Cenaron. Todo estaba muy bueno, como siempre que cocinaba una de sus nietas. Cuando acabaron, pidió un poco de vino, el único que probaba en todo el año. Su bisnieto preferido estaba a su lado y le dijo: acuérdate que nos tienes que contar

Y dijo el bisabuelo, después de beber un sorbo largo de vino y de respirar muy hondo: Yo tenía 15 años, hace ahora casi ochenta. El verano se había acabado, los trabajos de la cosecha ya estaban hechos. El centeno y el forraje estaban en su sitio y nos metíamos en el invierno… No me dijeron nada porque era demasiado pequeño. Madrugamos, mi madre me despertó temprano. El carro ya estaba bien cargado. Uncimos las vacas y las enganchamos al carro. Mi padre, con la aguijada en la mano, y yo íbamos delante. Mi madre estaba en el carro para que no se cayera todo… El camino tenía barro y era largo. Hasta la estación, dijo mi padre. Después, no lo sé, continuó… miré para atrás, para el pueblo que quedaba… y mi padre dijo que no mirara…

La voz se le iba y, poco a poco, se quedó dormido. Probablemente para no tener que contar la historia.

 

Ángel Lorenzana Alonso

Relato publicado en verano de 2025 en “Versos a Oliegos”