Era un día de marzo, era el día que empezaba la primavera. Fieles a su cita, los hechiceros empezaron a llegar a aquella playa del norte. Aún hacía frío pero, allí cerca, una familia había ido construyendo, poco a poco y con el paso de los años, una preciosa gran casa que les servía de cobijo. Y lo mismo hacían cada 22 de septiembre, cuando empezaba el otoño. Eran costumbres milenarias a las que nadie faltaba.

La familia era muy numerosa, un poco más cada año que pasaba. Estaban los abuelos, los padres y nueve hijos. Por ahora, solamente dos pequeños nietos y el padre de ellos. Todos, junto a los hechiceros que llegaban cada día, se reunían en el gran salón para la cena. Todos eran bien recibidos y la cena, junto a licores y postres, se prolongaba hasta la amanecida. Se contaban andanzas e historias, leyendas y chascarrillos. Era siempre una gran fiesta. Tal como había prometido el año anterior, el abuelo tuvo que contar la historia de la familia:

“Hacía muchos años, – más de cien – decía el abuelo, en un lugar más al sur, la familia vivía en las montañas al lado de un pequeño río. Tenían una vaca y un burro que les ayudaban en las labores del campo. Malvivían más bien y nadie había visto el mar. Solo un vecino había llegado cerca pero no se atrevió a mirarlo y volvió a la aldea. La vida era pobre pero feliz en aquel valle. Un día, era el año 45 recordaba, vinieron ingenieros y señoritos, abogados y gobernantes. Y dijeron que llevarían a la gente hacía el sur, a donde no había árboles ni montes. Mi abuelo no lo pensó dos veces: vendió, más bien malvendió, lo poco que tenía, cogió a su familia y se fue lejos, al norte, a donde no pudieran encontrarlo. Y se encontró con ese mar del que alguien le había hablado.”

Alguna lágrima se le escapaba al abuelo. Él no se acordaba del valle pero lo sentía como propio de oírselo contar a su abuelo y a su padre. Algún día, decía, algún día iría hasta allí. Y volvía a llorar.

Todos quedaron en silencio hasta que uno de los hijos soltó la noticia: Quería, y pedía permiso por ello, marcharse y aprender el oficio de hechicero. Todos le miraron. Discutieron el asunto, los preparativos, los cambios a hacer, los permisos del padre… al día siguiente empezarían.

Ya estaba el sol bien alto. Los hechiceros, en corro y con el muchacho en el centro, le prepararon para el primer paso: internarse en el mar. Aunque solo fuera un poquito esta vez. Después, todos fueron rompiendo las olas y caminando hasta quedar bien hundidos en el agua. Más de seis horas después, empezaron a salir. Traían consigo todo tipo de peces.

En la misma playa, quitaron aletas, colas, escamas, espinas, ojos, dientes, ligamentos, branquias, esqueletos… Cada uno hizo un buen montón. La carne comestible la recogía la familia y la preparaba para que les sirviera para los próximos seis meses. Los hechiceros intercambiaban entre ellos su pequeño botín y procuraban abastecerse de todo lo que necesitaba cada uno. Todo el mundo quedaba contento y satisfecho. Cada uno se había provisto de lo necesario para los próximos seis meses. Incluso el hechicero recién instruido se había hecho con tres púas, dos dientes y un trozo de aleta. Lo básico y suficiente para sus primeros experimentos. Aún le quedaba mucho por aprender pero el tiempo y su maestro, el mago más viejo de todos, harían el resto.

Después de unas cuantas comilonas y cenas, los hechiceros comenzaban a marcharse, cada cual por su camino, se despedían y se deseaban “buenos hechizos” hasta la próxima reunión. Los últimos fueron el viejo mago y el hijo recién nombrado. Iban demorando la marcha, de un día para otro, de una tarde para la mañana siguiente. No parecían tener mucha prisa; el uno porque ya añoraba a su familia y el otro porque, después de tantos años – más de cien – dijo hace ya años, ya no sabía hacia dónde dirigirse.

La niña más pequeña, con apenas cinco años, les dijo un día: ¿Yo podría ser una sirena? Todos miraron hacia ella. Y ella les sonreía.

El viejo hechicero cogió a la niña en su regazo. La miró fijamente y empezó a explicarle cómo era una sirena. Y todo lo que ella debería hacer y padecer para poder serlo de verdad. Le habló de la soledad, de aprender a cantar, de que se enamoraría algún día y no podría ser feliz del todo. De que viviría sola miles de años y de que apenas podría hablar con nadie.

– Pero… ¿para qué quieres ser tú una sirena?

La niña miró muy seria al hechicero. Después pasó la mirada por sus abuelos, por sus padres y por sus hermanos. Corrió, entre sollozos, a abrazar a cada uno de ellos. Plantada, cerca de la lumbre, dijo:

– Si yo fuera una sirena y me llevaran hasta el pueblo de los abuelos, podría verlo y cuidarlo, debajo del agua, podría cantar en las orillas del lago para que mucha gente fuera a verlo y no lo olvidaran, podría hablar con los pescadores y contarles la historia del abuelo… y la historia del pueblo.

Todos se quedaron callados. Nadie hablaba, ni siquiera el abuelo.

Años más tarde, un pescador bajó corriendo hasta el pueblo cercano al pantano diciendo que había estado hablando con una pequeña sirena.

Nadie le creyó.

 

Ángel Lorenzana Alonso

Relato publicado en verano de 2024 en “Versos a Oliegos”