Una tarde como otra cualquiera. Un día de invierno como otro día cualquiera de invierno. Corto, frío y oscuro. Apenas había habido unos asomos del sol allá a primera hora de la mañana, muy de mañana. Pronto, una nube gris, casi negra del todo, lo envolvió con sus tentáculos y le dijo que volviera otro día. Detrás de esa nube, vino otra, y otras muchas más hasta cubrir el poco azul que aún se les resistía. Gris plomo se volvió el color, ya uniforme desde mediodía.

Ya habrían pasado las cuatro de la tarde cuando cayeron las primeras gotas. Los gatos y los perros, sabios ellos, fueron buscando refugio. Las personas que tenían despachos y oficinas se encogieron de hombros, miraron por si habían recordado traer el paraguas y siguieron con sus habituales quehaceres. Las señoras, con sus carritos de la compra, apuraron el paso y ya no se paraban a hablar unas con otras, despachando los encuentros con un breve “buenos días”. Algún pájaro piaba en las ramas, llamando a retirada.

El cielo era oscuro como boca de lobo, que decían los más viejos del lugar. Las nubes negras lo habían cubierto todo y la noche que venía ayudaba un poco más. Las luces de aquella pequeña ciudad se apuraron a encenderse, para que las gotas vieran en dónde caían. Pronto, aunque no llovía con fuerza, el suelo se mojó y empezaron a formarse algunos charcos.

La noche no estaba para andar por la calle y, aunque poco a poco, las calles fueron quedando vacías. Algún retrasado aún quería parar la lluvia con su paraguas o con la capucha de su abrigo. Los coches también se iban retirando y la lluvia se hizo reina de la noche.

Parecía que había estado esperando. Ya eran cerca de las diez y la ciudad estaba desierta. Los cielos se abrieron y el agua empezó a caer con fuerza. Las calles eran como ríos y los viejos, desde sus ventanas, dijeron aquello de “ésta sí que va a ser buena”, mientras miraban correr el agua y se preguntaban si pararía en algún lugar.

La ciudad se durmió arrullada por el sonido de la lluvia que seguía cayendo. Era cada vez más ruidosa pero todos esperaban que amainara al amanecer.

Pero no fue así. Vino la poca luz de un nuevo día pero el agua seguía cayendo. Las calles cada vez estaban más llenas y el agua trataba de colarse en las casas. El pequeño arroyo que cruzaba la ciudad era ahora un gran río que se desparramaba por las zonas más bajas.

Y seguía lloviendo. A veces parecía que paraba pero era solo para coger fuerza de nuevo. Los vecinos empezaron a preocuparse pero tampoco se atrevían a salir de las casas. El nivel del agua seguía subiendo como queriendo llegar a encontrarse con las nubes que seguían a lo suyo.

Seguía lloviendo. Pasaba una nube y llegaba otra. Sin descanso. Y cada una venía con más agua que la anterior. Nadie se atrevía a hacer nada. Acurrucados en sus casas, resguardados bajo techos que amenazaban con hundirse por el peso de la lluvia que no cesaba, hombres, mujeres y niños se entretenían en juegos sin importancia. De vez en cuando, alguien se levantaba, descorría la cortina de la ventana y pegaba su cara al cristal para mirar la calle.

El agua que seguía cayendo, formaba “gorgoritos”, pequeñas burbujas que, al decir de los expertos, eran indicación muy clara de que iba a seguir lloviendo. Ya era el tercer día y, ni de día ni de noche, el agua había dejado de caer. Calles y plazas estaban inundadas, el arroyo estaba desbordado y las huertas y campos de los arrabales eran grandes lagunas.

Y seguía lloviendo. Parecía que cada día el agua caía con más fuerza e intensidad. La gente empezaba a impacientarse, los gatos estaban tranquilos en sus rincones y los perros escapaban ellos solos pero rápidamente volvían a refugiarse. Sus amos los secaban al entrar en casa.

Las viejas rezaban el rosario pero no se atrevían a llegarse hasta la iglesia. Los viejos miraban cómo se iban agotando sus reservas de orujo pero tampoco se atrevían a llegarse hasta la cafetería. De todas formas, estaba cerrada “por inclemencias meteorológicas” según rezaba el cartel que el hijo del dueño había colocado en la puerta. Quería que se notara que ya iba a la universidad. No obstante, pocas personas pudieron ver el cartel.

Ocho días llevaban ya. Y la lluvia seguía cayendo con fuerza. Sin descanso alguno. La tierra ya había llegado a su plenitud y saturación y la gente se estaba impacientando.

Las provisiones empezaban a escasear. Los supermercados habían cerrado sus puertas y nadie se acercaba hasta la ciudad para traer alimentos. La gente no salía de casa, por si acaso, y se iban arreglando como podían.

Al noveno día dejó de llover. Una vecina, la que más madrugaba cada día, dio la voz de alarma a las seis de la mañana, aún de noche. Todos corrieron a levantarse y salir a la calle. Paseaban y se saludaban unos a otros como si nunca se hubieran visto. Se dieron las novedades oportunas y siguieron su camino.

Ya no corría el agua por las calles aunque aún estaban mojadas. El amanecer y los primeros rayos de sol les sorprendió paseando y mirando al cielo. Se oyeron algunos vítores pero la llegada de camiones con provisiones lo acalló todo.

Se hicieron evaluaciones de los daños, vinieron presidentes, ministros y concejales. Se hicieron las consabidas promesas de ayudas que nunca llegarían. Y hasta la televisión grabó los campos inundados. Se habló mucho en las tertulias televisivas y se le puso nombre al fenómeno ocurrido.

Cuando todos se hubieron retirado, los vecinos siguieron con sus tareas de siempre, esperando que las aguas embalsadas se fueran marchando también y arreglando los desperfectos del temporal.

Ni unos ni otros, ni los de arriba ni los de abajo, ni los de al lado, se preocuparon de prevenir por si otra vez volviera a suceder.

 

Ángel Lorenzana Alonso