No se le escapaba nada. Su tía decía que veía crecer la hierba. No la veía crecer, pero casi. Se fijaba en todo y nada escapaba a sus sentidos y a su prodigiosa mente. Era como una esponja que absorbía todo lo que sucedía a su alrededor. Y su cerebro lo captaba y lo relacionaba. Y, lo que era más difícil, reaccionaba a cada estímulo que le llegaba.

Por eso casi nadie se extrañó de lo que pasó.

Tenía apenas cuatro años cuando dijo aquello de “esta tarde habrá tormenta, y de las gordas”. Por supuesto que nadie le hizo caso. Todas las cadenas de televisión y de radio habían augurado una tarde soleada y tranquila. Y los hombres del campo habían previsto seguir con la recogida del trigo ya trillado pero aún esparcido por la era. Los hombres y mujeres de la ciudad, más crédulos aún de los pronósticos y que no oyeron al chiquillo, se prepararon para ir de excursión con sus hijos y aprovechar aquella tarde de vacaciones.

Toda la tarde se llenó de nubes y los truenos y relámpagos inundaron la región. La lluvia cayó con ganas, arrasó las trillas y fastidió las excursiones. Hasta bien entrada la noche, la tormenta no dejó de rugir. Los que lo conocían, miraban al niño mientras que éste esbozaba una ligera sonrisa.

No hablaba demasiado porque dedicaba su tiempo a observar, aunque a veces pareciera que estaba pensando en las musarañas. Después de lo de la tormenta, la gente miraba para él cuando pensaba en hacer alguna cosa. A veces le preguntaban pero él contestaba que no sabía o no decía nada, que era lo más normal. Solo hablaba cuando él quería.

Su madre lo protegía de los curiosos porque pronto su fama de “adivino” se fue extendiendo. Predecía acontecimientos triviales como lluvias o caídas de sus vecinos. Pronto empezó a hablar de enfermedades de los animales. El día que pronosticó que el gato del presidente iba a tener un accidente, se hizo famoso. Y lo fue más cuando habló de muertes futuras, de guerras venideras y cosas así.

Su tía seguía diciendo que lo que pasaba era que su sobrino era muy inteligente y que nada se le escapaba a su observación. Veía crecer la hierba, seguía diciendo.

Muy pronto los mayores empezaron a tener en cuenta sus palabras. Y hasta el propio presidente le consultaba. Lo del gato le había impresionado sobremanera. Quiso llevarlo con él pero la familia se opuso diciendo que era muy pequeño aún para andar con políticos.

Y la familia tenía razón. Sabía que los políticos querrían utilizarlo para que dijera lo que a ellos les interesaba, como hacían ya con los medios de comunicación existentes. Y el muchacho, decían, solo hablaba de lo que él veía o notaba, sin importarle si era o no lo correcto o si era o no lo más conveniente.

Ya hacía algunos meses que no hacía ninguna “profecía” de las gordas y el mundo parecía que se había olvidado de él. Estaban más atentos a los amoríos de los cuatro famosos de la actualidad.

Fue entonces cuando ocurrió.

Se levantó temprano. Su madre le había preparado su desayuno preferido, sopas de ajo con un poco de arroz. Escuchó las noticias y se asomó a la ventana para ver el día. La cerró rápido, pues entraba el frío propio de principios de marzo. Hizo unas cuantas llamadas y siguió con su rutina diaria: soltaba las vacas y marchaba con ellas al monte.

Esa mañana volvió pronto. A la hora de comer ya estaba en casa. Limpió sus botas del barro del monte, se cambió de camisa y puso la cazadora nueva. Le contó a su madre que a las cuatro había convocado una rueda de prensa, “como en los viejos tiempos”.

Pocos periodistas acudieron esta vez. Muchos ya se habían olvidado de aquel muchacho que veía el futuro y que, por eso, había sido famoso tiempo atrás.

Lo tenía preparado todo concienzudamente. Había previsto todas las posibilidades. O, al menos, eso pensaba él. Le dio mil vueltas a lo que iba a decir y hasta estudió el escenario en donde iba a hablar. Analizó las posibles consecuencias y vio claramente todas las hipótesis con sus respectivas probabilidades. Él sabía que era famoso por sus adivinaciones y sabía cómo iban a reaccionar los medios de comunicación. Y fue más allá, viendo qué haría el resto de la humanidad después de que él hablara.

Por ello, aquella tarde, sin hacer caso de su madre ni de su tía que insistían en que era mejor no hacer nada, delante de los periodistas que se habían acercado hasta el jardín de su casa, habló sin que le temblara la voz. Y dijo:

“Ésta será mi última “profecía”. De poco han servido mis otras advertencias. Por lo tanto, después de esto, viviré tranquilo, sin tanto jaleo. Me da igual lo que pase a partir de ahora. Cada uno que se apañe como pueda y que arregle sus propios problemas. Es inútil advertirles de lo que va a pasar. No hacen caso.”

“Por lo tanto” – prosiguió –  “he de deciros que todos los políticos desaparecerán en un plazo de tres años. Simplemente dejará de haber políticos. Ya no habrá disputas entre ellos ni tendremos quien nos diga lo que tenemos que hacer. Ahorraremos mucho dinero, se lo aseguro.”

Y se retiró sin más. Cuando se difundió la noticia, todos los políticos se pusieron a temblar. Pasados los tres años, todo seguía igual. Pero el muchacho se había divertido muchísimo.

No volvieron a molestarle.

Años más tarde, estaba tumbado en el jardín, con una mata de hierba entre sus dedos. Su tía se dio cuenta de que era verdad: Estaba viendo crecer la hierba,

 

Ángel Lorenzana Alonso