
Venía ella sola, a lomos de un caballo gris oscuro con largas crines blancas. Las largas y prietas filas de soldados se abrieron para dejarla pasar. Nadie se atrevió a parar a la reina de los enemigos.
Altanera, venía con la cabeza alta y una corona que lanzaba rayos cuando le daba el sol de aquella tarde de una tardía primavera. Su manto regio cubría la grupa de su caballo. Y el caballo, tan regio como su reina, iba con paso decidido y solemne, sabiendo cómo se caminaba en ocasiones como ésta.
Solo miraba al frente, aunque, de reojo, evaluaba y controlaba la ingente tropa que allí había reunido su vecino – amigo, amante y enemigo – el rey al que ahora se disponía a visitar.
No entendía por qué se había llegado a esta situación. Sus tropas habían quedado, preparadas, al otro lado de la frontera que acababa de atravesar. Eran tan numerosas y tan fieras como éstas que estaba cruzando ahora, las tropas de este vecino que siempre fue amigo, buen amigo desde niño, ocasional amante de juegos adolescentes, aliado después contra enemigos comunes, confidente y compañero en las duras penas de sus respectivos reinados. Gran amigo convertido en feroz enemigo.
Sin llegar a saber ni el cómo ni el porqué, se encontraban ahora frente a frente, con sus soldados alineados al lado de la frontera, unos frente a otros.
Tampoco ellos, los soldados, los capitanes y los generales, ni los unos ni los otros acertaban a comprender esta nueva situación. Se miraban y se saludaban como buenos vecinos pero obedientes de sus amos, el rey o la reina de su reino. No sabían ni querían saber de los problemas regios de sus monarcas. Bastante tenían ellos con sus propios problemas. Y ahora que por fin había llegado la lluvia, se veían metidos en esta absurda guerra. Unos y otros, los de uno y otro lado de la frontera, vieron pasar y saludaron a la bella reina que atravesó sus filas en busca del otro monarca.
Seguía erguida en su caballo cuando llegó a las puertas del castillo “enemigo”. Atravesó el puente levadizo y cruzó la verja, ya levantada. En medio del patio la esperaba su amigo el rey que la ayudó a bajar del caballo. Sin decir palabra, ella bajó y quedó con su pecho pegado al de él. Le miró a los ojos mientras dudaba si besarle o abofetearle.
Optó por separarse y caminar hasta la puerta de la torre principal. El rey, con la cabeza inclinada, la siguió. Tampoco supo cómo reaccionar. Con una medio sonrisa en sus labios, decidió mantenerse a la expectativa.
Se sentaron uno frente a otro, solos en la gran sala. Se miraron, sin hablar, durante varios minutos. Serios, manteniendo la compostura, como reyes que eran. El rey anfitrión se levantó, rodeó la mesa y se colocó detrás de la reina. La tomó por los hombros y le dijo: ¿A qué estamos jugando ahora?
Ella se relajó un poco, se levantó muy despacio y se volvió hacia él. No quería pero no pudo contenerse. Se abrazó al rey y se unieron en un largo beso, recordando tiempos no muy lejanos todavía.
Se separaron después de hacer el amor, como siempre hacían cada vez que se encontraban.
– Seamos serios – dijo él. – Nuestros ejércitos esperan.
Muy a regañadientes, la reina arregló sus ropajes y volvió a sentarse en su silla. El rey hizo lo mismo pero esta vez se sentó a su lado.
– ¿Por qué estamos en guerra? – preguntó ella.
– Es difícil precisarlo aunque tú, amada mía, bien deberías saberlo.
Volvieron a mirarse. En realidad, pensaron, poco importaban los motivos. Lo importante era que la guerra había sido declarada y los ejércitos de ambos bandos estaban preparados y dispuestos a cumplir con su obligación.
La reina y el rey disfrutaron de un banquete a base de faisanes y codornices y hablaron de sus correrías de niños, siempre juntos, de sus aventuras de adolescentes, casi siempre juntos también, de sus buenos ratos en la cama, demasiado juntos, y de sus amoríos y desventuras cuando no estaban tan juntos. Cada uno había visitado reinos lejanos y había tenido otros encuentros. “No tan felices” reconoció la reina. Los encuentros siguieron cuando ambos ya reinaban en sus respectivos y vecinos países y siempre acababan en el mismo sitio.
Por seguir la tradición, después de comer, se fueron al dormitorio y durmieron y folgaron hasta que el sol se estaba retirando. Hablaron poco de la guerra.
La reina salió contenta del castillo. Los últimos rayos del sol refulgían en su corona. Iba erguida, tal como había llegado, montada en su caballo de crines blancas. Atravesó las filas de los guerreros de a pie y de los caballeros enemigos. Todos se apartaban y se inclinaban admirando la belleza de la reina. Iba feliz y una ligera sonrisa se escapaba de su boca mientras saludaba con un gesto de su cabeza a algunos generales conocidos.
El sol se ocultaba ya cuando atravesó la frontera. Su ejército la saludó con vítores y aplausos. Reunió a sus generales y les dijo:
– La guerra se aplaza por ahora. Mañana seguiremos con las conversaciones.
Ángel Lorenzana Alonso





