
Quizás solo pasaba por allí. Fue el azar, o el destino, o quien sabe que fuerza innecesaria la que llevó mis pasos hasta él. Pero el hecho cierto es que yo pasaba por allí. Por el lado de aquel funesto pozo, con larga anchura y larga profundidad. Era negro y frio como la muerte.
Era un pozo bien parapetado, para que nadie pudiera mirar dentro, para que nadie pudiera ver su oscuro deseo de atrapar a las víctimas. Era un pozo como hay muchos, pero, a la vez, único, porque era mi pozo, el que estaba allí cuando yo pasaba, ese que llamó mi atención cuando tenía que haber pasado de largo.
Yo intuía que alguien estaba dentro. Yo sabía que alguien estaba llamando desde allí, aunque no se oyera nada, aunque no se sintiera nada desde fuera. Como si el silencio dijera lo que nunca se dice y como si los susurros se escucharan solo desde el interior de mi mente.
Y miré. Y la vi. Estaba allí. Como si nada. Solamente su mirada llamaba e imploraba para que alguien la ayudase, para que alguien la sacara.
Poco a poco me fui dando cuenta de su situación. Miré alrededor. No había nadie ni nada. La habían dejado allí y ni siquiera ella era consciente de dónde se encontraba. Intentaba alzar su voz, intentaba llamar pero, ahora pienso, que ni siquiera quería que la sacasen. Solamente, estaba allí.
Me miró, la miré en medio de su silencio e intenté decirle sin palabras que tenía que salir. Cuando logré que se convenciera, le tendí mi mano, la tocó sin saber que hacía, la acarició y vio que no hacía daño. Después de un largo tiempo, la agarró con fuerza y decidió escalar las paredes del pozo.
Cuando salió, se quedó llorando, mirando a la nada en que se había convertido su mundo, mirando al vacío de las cosas y no sabiendo si ponerse a andar o volver a la seguridad de su pozo oscuro. Solamente yo estaba allí y eso parecía no consolarla demasiado.
La ayudé, le enseñé a caminar de nuevo y a enfrentarse al frio de la vida. Le enseñé a alejarse de aquel maldito pozo, a no mirar atrás, a quedarse con las cosas buenas de cada momento, a saludar al sol cada día y a ver estrellas en la noche. Le enseñé a dejar atrás a las sombras y a ver trazos de luces en la obscuridad, y, poco a poco, muy poco a poco, fue recorriendo el lento camino que va de la nada a la sonrisa, de la nada a la lucha diaria por un poco de vida.
Cogió confianza en sí misma, en el trabajo diario, aprendió a separar el trigo de la paja y a limpiar su agenda de nombres innecesarios o dañinos. Aprendió a discernir la lisonja de la verdad y a cerrar los brazos para que los abrazos no le dieran bofetadas.
Aprendió a vivir, a sufrir por la vida, a reírse del pasado mirando al frente con la arrogancia del que no tiene nada que temer, mientras que los temores y recuerdos pasados se iban esfumando en el tiempo.
Al cabo de algún tiempo, con las heridas casi cerradas y el alma un poco llena de ilusiones, cogió las suficientes fuerzas para iniciar el camino… y empezó a caminar. Después de un tiempo, los pasos se convirtieron en trote y el trote en cabalgada. Y quiso correr en pos de las estrellas buscando unos sueños que ya casi estaban olvidados, buscando verdades cuando las verdades no existen al completo y buscando soles cuando hay soles y sombras.
Llegó el día en que sus pasos fueron tan rápidos y tan sin mirar las piedras en las que tropezaba, que yo empecé a quedarme atrás, a veces por prudencia y a veces por saber que no vale correr cuando no sabes hacia dónde dirigirte. Y, a veces, tan solo porque la experiencia te va diciendo que no por mucho madrugar amanece más temprano y que no por mucho caminar se llega antes a tu destino.
Quizás por todo ello, no pude, o no supe, seguir su marcha. Había hecho ya demasiados esfuerzos y las fuerzas empezaban a fallarme.
Ahora, el que estaba a la orilla del pozo era yo mismo, viendo cómo se iba y no se paraba a esperarme, viendo como ella se iba en busca de su destino y viendo como el pozo me tragaba a mí, recuperando una presa perdida, castigándome por haberle quitado su botín.
Nadie vino a tenderme una mano. Cuando la llamé, ella, que ya había caminado demasiado, se volvió y, sin palabras, con su mirada de ausencia y de despecho, solamente dijo: “no tengo nada que decirte”.
Ángel Lorenzana Alonso





