
Oruga, que vivía en la manzana que estaba en la alacena de aquella estancia, en donde se reunían cada noche varias mujeres a ganchillar, salió de su casa alarmada. ¿Había oído maullar a un gato dentro de la estancia? ¡Correcto! Sí señor, había oído maullar a un gato, porque era un gato el que estaba debajo de la silla abandonada al lado de la alacena. Miau andaba magullado de tantas patadas como le dispensaba aquel saco de maldad. Oruga asomó desde lo alto de su balda y preguntó: ¿Hay alguien ahí? Miau la escuchó sobresaltado, creía que la sala estaba vacía. ¿Hay alguien ahí? Volvió a preguntar Oruga. Miau salió de debajo de la silla y con voz trémula contestó: Siiii…, estoy yo aquí. Oruga lo miro atónita, nunca había visto a un gato. Le pareció enorme, pero bello. Hubo un silencio entre ambos hasta que Oruga volvió a la carga: ¿Oye y tú quién eres? ¿Cómo has llegado hasta aquí? Miau sintió un alivio en su barriga al escuchar la pregunta y contestó: Es, esssss…, que he venido a esconderme, pero estoy muy preocupado sabes. ¿Preocupado? Hubo silencio otra vez entre ambos hasta que Miau le contó la triste historia de la casa donde había vivido hasta ese día. Pero a vosotros, esa triste historia, se os narrará en otro capítulo, porque la sala comenzó a llenarse de mujeres que fueron sentándose en sus respectivos puestos y como si de una factoría se tratase, cada una comenzó su labor mientras alguna de ellas inició una canción conocida por todas.
Miau miró a Oruga. Ésta asintió y le explicó al minino que cada noche, un abundante grupo de mujeres se unían para hacer una labor encomiable que daría su fruto a final de año. El felino acomodado bajo su silla fue cavilando una corazonada que se le había venido mientras observaba contento cómo aquel grupo de personas había conseguido una preciosa manera de solidarizarse con los demás y hacer que su valía formase parte del conjunto. Pensó en Lucía, la muchacha que vivía con aquel saco de maldad que tanto dolor le infringía. Mañana la traigo, sí, tiene que venir a esta reunión para sentir calor y bondad.
Este cuento verdadero, que sí, os lo digo, es verdadero, porque todo cuento se convierte en realidad una vez que alguien lo lee o lo cuenta, así que mientras lo estás leyendo, se está volviendo real como la vida misma. Y no se me olvida, que está sin acabar, que para el próximo año, seguiré contando la historia de Oruga y Miau.
Este cuento quiere ser un homenaje a todas las personas que cada año, y ya son muchos, se unen durante doce meses para poder sembrar la alegría, la solidaridad, como no, también el enorme trabajo y la magia de la Navidad. La Navidad es otro cuento donde se instala una hebra de fraternidad y entendimiento que une a las personas y que las hace construir un camino en común hacia la convivencia, eso es el verdadero don de la asociación Aúrea de Villoria de Órbigo, que cada año vuelve a impresionarnos y a dejar ese calor de la confianza en el otro, en nuestro rescoldo interior. Por todo ello muchas GRACIAS.
Acobijamiento:Sería un sueño que en Gaza, en Ucrania o en cualquiera de los países en dónde la Navidad es motivo de dolor, las manos de las ganchilleras más extraordinarias del mundo, es decir las de Villoria de Órbigo, pudieran sembrar allí la PAZ.
Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo





