Era como casi todas las vecinas. Ni guapa ni fea sino todo lo contrario. Pero algo tenía que hacía que aquel hombre se quedara mirándola cada vez que pasaba a su lado, cosa poco habitual. O cada vez que intuía que había salido a su jardín.

Nada sabía de ella. Solo que tenía un gato. Parecía ser que vivía sola o, por lo menos, nunca había visto a nadie ni entrar ni salir de aquella casa. Solamente al gato.

Era un gato que se parecía a ella. No porque tuviera los mismos rasgos físicos, que en alguno también se parecían, sino por, al igual que ella, el gato también era ni guapo ni feo, ni blanco ni negro, ni rubio ni moreno. Era una cosa un poco rara pero parecía seguro que era un gato. Eso sí, al menos lo parecía. Aunque aquel vecino algunas veces empezara a dudarlo.

Pasaba el día, el gato, tomando el sol en el jardín o subido en el tejado. Y era ahí, cuando estaba en el tejado, cuando al vecino le daba un poco de miedo. Parecía que estaba atento a todo y mirándolo todo con unos ojos tan raros como los de su dueña. Negros como el azabache, y raros a más no poder. Hasta parecía que giraba la cabeza del todo sin que su cuerpo se moviera.

Cuando el gato estaba en el tejado, la vecina no solía estar en casa. Como si aquel bicho estuviera vigilando. Al llegar la mujer, el gato bajaba para el pequeño jardín. Rara vez se metía en la casa por mucho frío que hiciera. Y también parecía que vigilaba. Cuando nevaba, a veces pasaba, el gato se acomodaba en el pequeño porche y allí pasaba la mayoría de las horas. No obstante, no faltaba el día en que no diera varias vueltas a la casa, aunque estuviera nevando. Esos días de nieve apenas si subía al tejado. Un día resbaló y casi se cae. Cogió un poco de miedo pero, aún así, todos los días hacía su recorrido visual desde allá arriba.

Aquel día de un temprano pero crudo invierno, el gato recorrió el jardín y se paró al lado de la cerca de madera que separaba ambas casas. No quiso o no se atrevió a saltar la valla. O, simplemente, no era su cometido el pasar al jardín vecino. Estaba allí, parado, mirando fijamente para la casa. Él lo observaba desde el salón y tenía la impresión de que el gato le estaba mirando. Al principio pensó que algún ratón o alguna lagartija le habían llamado la atención.

Pero no. Pronto se dio cuenta que era él el objeto de su mirada. Pasó así más de media hora, con el gato sin moverse y sin dejar de mirarle. El vecino decidió que algo tenía que hacer y lo hizo: puso su tabardo de paño y salió. Y se dirigió directamente hacia el gato que seguía sin inmutarse.

Fue entonces, a medida que se iba acercando, cuando se fijó en aquellos ojos profundamente negros que le estaban mirando. La verdad es que nunca había visto un gato con unos ojos así, tan redondos y tan negros, y tan… inexpresivos. Tan carentes de vida. Pero el gato seguía mirándole.

Oyó un clic a la vez que un pequeño resplandor salía de su ojo derecho. Era como el sonido que hace una cámara fotográfica al disparar. Se quedó parado observando los ojos del gato que ya los tenía a escasos cinco metros. Otro clic, y otro. El ojo derecho se abría y cerraba cada vez que el clic sonaba. ¿Le estaba haciendo fotos con su ojo?

El ojo izquierdo, inamovible hasta entonces, se abrió y empezó a soltar un suave zumbido. Era increíble pero aquel gato le estaba haciendo fotos y le estaba grabando. Se quedó paralizado de horror. ¡Aquello que tenía enfrente no era un gato sino un robot con forma de gato!

Un robot que llevaba grabando mucho tiempo, desde que él vino a vivir a esta casa por lo menos. Eso explicaba su forma de vida tan rara.

Pero, pensó, el problema no estaba solo en que el “gato” grabara todo lo que pasaba a su alrededor, incluida su vida privada con lo que ello tenía de ilegalidad y de violación de la intimidad. ¿Dónde iban esas grabaciones? ¿Quién era su desconocida vecina? ¿Era solamente una gran cotilla, o una espía, o …?

Decidió reunir a los otros pocos vecinos del entorno y, entre todos, tomar la decisión más adecuada. La reunión fue larga y cada cual expuso sus más peregrinas teorías, casi todas inspiradas en las últimas películas que habían visto. Y para qué hablar de las soluciones aportadas. Cada cual más estrafalaria y disparatada. No faltó quien propuso librarse del gato y de la vecina con una escopeta. Otro propuso hablar con ella y que se explicara, pero esto fue descartado unánimemente. Nadie quería ser el que actuara como parlamentario e interlocutor. Quien más y quien menos, todos habían quedado impresionados con el relato del gato espía.

La reunión fue larga pero productiva. Se nombró, por sorteo puro, al no haber voluntarios, un comité de tres vecinos. Este comité estaba autorizado a hacer lo que fuera con tal de que la comunidad se viera libre de la vecina. Y, sobre todo, del gato. Desde que se supo lo que hacía, nadie andaba tranquilo. Por el día, iban con grandes capuchas y agazapados y, por las noches, procuraban no encender demasiado las luces y las persianas siempre estaban bajadas.

El comité tardó dos meses en decidirse a ir a la casa del gato. Cuando, por fin, aparecieron en la puerta, el gato los recibió desde el jardín. La vecina no tardó en salir. No les invitó a pasar aunque escuchó, impasible y atenta, sus quejas.

Sin decir nada, se volvió a meter en su casa. A partir del día siguiente, nadie volvió a ver al gato. Pero los vecinos seguían atentos y sin fiarse demasiado.

Una semana más tarde, en el tejado, apareció un gran pájaro de plumaje gris blanquecino. Por las noches, seguía allá arriba.

Alguien dijo que parecía un halcón, pero nadie se atrevió a acercarse a preguntar.

La vecina desapareció de la casa y no se la volvió a ver.

 

Ángel Lorenzana Alonso