
Cuando entró en su casa, ni se dio cuenta. Era una casa de pueblo y estaba acostumbrada a que hubiera bichos por todas partes. Los mosquitos acababan por picarle y comía mientras espantaba las moscas con la otra mano. De vez en cuando, alguna babosa dejaba su rastro por el patio y tenía que ir espantando las avispas que venían a beber de la manguera que regaba los geranios.
Mientras durase el verano y viviera allí, tenía que convivir, a manotazos, con todos ellos. Las golondrinas y las carboneras habían hecho sus nidos en los aleros del tejado y sus polluelos no cesaban de pedir comida. Al otro lado de la calle, en la torre de la iglesia, las cigüeñas vigilaban el entorno.
Por eso, ni se dio cuenta. Llegó hasta la cocina y espantó con la mano a una abeja que buscaba algo entre la bolsa de la compra. No le dio demasiada importancia. Después de sacar la compra y de colocarla en su sitio fue a abrir la ventana, para que entrara un poco de aire fresco de la calle. La abeja estaba enredada en la cortina. Se quedó mirándola, tratando que se marchara por la ventana abierta. El aire provocó el efecto contrario. Otras dos abejas entraron en la casa.
Fue entonces cuando empezó a preocuparse. Con una rodea, trató de que las tres abejas salieran por la ventana. Más de un cuarto de hora después, respiró tranquila. Se habían ido.
Al encender la lámpara del techo de su habitación, otras dos abejas danzaban en torno a la luz. Rápidamente abrió la ventana y, con la escoba, consiguió que salieran. Pero, pensó, eran demasiadas abejas en un solo rato.
Descubrió otras cuatro muertas en el pasillo. No lo pensó más y salió de la casa. Era su primer día este año en aquella casa y su intención primera era abrir todas las ventanas. Ya no era esa su intención ahora.
Salió a la calle y revisó las paredes y el tejado. En una de las esquinas, justo encima de la puerta de entrada a la casa, un montón de abejas entraba y salía por debajo del alero del tejado. No había duda: un enjambre se había aposentado allí y, seguramente en el hueco entre el tejado y el techo, habían montado su colmena, con su abeja reina bien guardada y protegida. Habían encontrado un lugar seguro y un pequeño hueco para entrar y salir. ¡Justamente encima de la puerta de entrada!
Revisó el pasillo, las habitaciones y la cocina. El enjambre estaba instalado allí desde hacía un tiempo. Encontró algunas abejas más, todas ellas muertas, en el interior de la casa. Sobre todo, cerca de la puerta de cristal que comunicaba con el patio. Lo más probable, pensó, era que hubieran entrado por algún agujero y que no hubieran acertado con el camino de vuelta. Atraídas por la luz del patio, se habrían acercado a la puerta de cristal pero no habían podido salir.
Después de una buena revisión, encontró un pequeño agujero en el techo del pasillo. Se apresuró a cerrarlo y a tapar con paños la apertura que quedaba por debajo de la puerta de entrada. Ella entraría por el patio y vigilaría que ellas no entraran en la casa.
De todas formas, algo había que hacer. Ellas, cada vez más, no podían seguir allí por más tiempo. Corría el riesgo de que se “apoderaran” de la casa.
Llamó al Ayuntamiento. El concejal de turno estudió la situación y dictaminó que había que levantar el tejado para poder capturar a la reina y llevarse la colmena a otro sitio.
Lo mismo dijeron los “ecologistas” cuya misión en la vida parecía ser velar por que todo bicho viviente, excepto la dueña de la casa, tuviera una vida sana y apacible. “Levantar el tejado y sacar la colmena, sin dañar a las abejas”, dijeron. Los argumentos sobre que no podía saberse el sitio exacto de la colmena y que, por tanto, habría que levantar toda la casa, no sirvieron a sus mentes protectoras de no se sabe qué.
Los apicultores vieron difícil, “muy difícil” dijeron, sacar de allí la colmena sin dañar la casa. Ellos se ofrecían a llevarse las abejas siempre que pudieran sacarlas de allí.
La señora y dueña de la casa no sabía ya qué hacer. No parecía haber soluciones, por lo menos poco costosas. Decidió seguir viviendo allí, tapando y vigilando las entradas a la casa. Las abejas, que crecían en número cada día, parecía que habían hecho un pacto de no agresión. Ellas estaban fuera y entraban y salían a su antojo en su colmena debajo del tejado. Estaba prohibido hacerles daño. Ni siquiera se las podía molestar. La ley las protegía y parecía que todo el mundo estaba de acuerdo en que no se podía molestarlas.
Un buen día, ya casi a finales del verano, pasó por allí un extraño al que casi le atacan las abejas. Habló con la dueña de la casa y se ofreció voluntario para solucionar el problema. Hablaron y se pusieron de acuerdo.
Volvió días más tarde, a eso del atardecer, y anduvo manipulando los agujeros de entrada y salida. Aseguró que él sabía de estas cosas, por haberlas padecido, y que el asunto estaba resuelto. Aceptó una copa de vino y desapareció.
Las abejas desaparecieron, probablemente se fueran a otro lugar, y la mujer empezó a sentirse tranquila y segura dentro de su casa. No obstante, seguía vigilando atenta tanto por dentro como por fuera de la casa.
Más de un mes había transcurrido ya, nada se sabía de las abejas y la colmena parecía que había desaparecido.
Era ya un jueves de otoño avanzado. Esa tarde, casi al ponerse el sol, la ventana de la cocina estaba abierta y la mujer fumaba tranquila en el interior.
Sin que ella lo advirtiera, tres abejas entraron por la ventana.
Ángel Lorenzana Alonso





