
Toda la semana pasada me tuvieron haciendo pruebas. Nunca pensé que lo de cantar en un coro fuera tan difícil. Que si un profesor tenía que ver qué tipo de voz tenía, que si no sé quien tenía que ver cómo se iba a organizar todo, que si tenían que ver si ya tenían otras voces como la mía, etc., etc. Por fin, el viernes pasado, una señorita con voz aflautada me llamó para decirme que estaba admitido. Y que, sin falta, estuviera el lunes a las siete de la tarde en el Conservatorio.
Me gustaba eso de cantar. En esta ciudad nueva a la que me habían trasladado, estaba bastante solo y eso podría servirme para entablar nuevas relaciones.
El lunes, diez minutos antes de la hora indicada, estaba yo en el Conservatorio. Me recibió un señor con el pelo blanco, que supuse que era el “director”, quien me explicó, después de ver mi nombre en un papel que tenía en las manos, que mi voz era de bajo y que me colocaría en la parte derecha del semicírculo de treinta personas que formarían esta coral.
Poco a poco fueron llegando los distintos componentes y, tras unas breves palabras con el director, a modo de presentación, se fueron colocando. Una señora muy predispuesta y con aire de maestra de escuela, nos iba llevando a cada uno a nuestro sitio. Me fijé entonces que había unas marcas de tiza en el suelo de aquel simulado escenario.
Enfrente de mí, justo al otro lado del semicírculo, estaba ella. Por la posición que ocupaba, debía ser una contralto, o algo parecido, pensé. Destacaba de entre las demás mujeres que eran bastante anodinas en su presencia aunque no dudaba de la calidad de sus voces. Ella era diferente.
Calentamos las voces durante casi toda la sesión aquella. Yo, mientras tanto, no dejaba de mirar a aquella mujer que, sin ser una auténtica belleza, era muy atractiva. De estatura media, pelo negro y ojos grandes. Su voz no se apreciaba entre aquel griterío en el que parecía que cada uno quería, ya desde el principio, dejar claro quién era él o la que mejor cantaba de todo el coro. El director iba de un lado para otro haciendo aclaraciones y corrigiendo posturas. A mí no me dijo nada.
Después del calentamiento individual, hicimos una especie de escala de notas y el profesor corrigió algunas posiciones. Ni a ella ni a mí nos corrigió nada. Yo seguía mirándola de vez en cuando aunque nunca la sorprendí mirándome.
En la salida, casi nos rozamos pero nadie dijo nada. Ni siquiera “hola” o “hasta mañana”. Ella iba a lo suyo. Y yo a lo de ella.
El martes acudí un poco más pronto de la hora estipulada, con la sana intención de “coincidir” con ella. Tuve que entrar antes de que llegara. Apareció cuando yo estaba ya en mi sitio. Pidió perdón y tuvo tiempo a colocarse antes de empezar. Empezamos el calentamiento mientras ella miraba a todo el mundo como pidiendo perdón. Dado que yo seguía mirándola, ahora sí nuestras miradas se encontraron. Fue solo un momento pero me pareció el momento más feliz de mi vida.
Todo fue bien. Varios encuentros de miradas pero era un buen principio. Ella sabía ya que yo la miraba. Cantamos, o lo intentamos al menos, varias canciones y llegó la hora de salir.
Iba a correr a la salida para encontrarme con ella cuando el director me llamó para decirme que esperara. Todo mi mundo se derrumbó. No solo no la encontré ya cuando salí, sino que, además, el director me indicó que no me distrajera durante las actuaciones y que me veía que, a veces, “entraba” un poco después. No le dije nada y prometí estar atento, pero ganas me dieron de decirle que había algo que me importaba más que sus canciones. No lo entendería.
Llegó el miércoles y todo el día estuve pensando en ella. Acudí pronto al Conservatorio para esperarla. La vi venir acompañada de otras mujeres del coro. Pasaron a mi lado y me dieron las buenas tardes. Ella me sonrió. Creo que me sonrió.
Canté mejor ese día. Pero ella marchó deprisa al acabar y solamente me dijo un apagado “hasta mañana”. No sabía qué pensar.
El jueves ni siquiera fui a trabajar. No podía quitar su imagen de mi cabeza. En el coro, me equivoqué varias veces y ella se reía cada vez. Escapé rápido a la salida y la esperé. Cuando ella apareció, venía sola. Iba a pasar de largo pero la paré y la invité a tomar un café. Me miró, sonrió, miró su reloj y me dijo: “mañana”. Y se fue sin decir nada más. Cuando quise reaccionar y salí a la calle, detrás de ella, ella había desaparecido. Solo me quedaba su “mañana” y a ello me aferré para no derrumbarme.
No dormí. No podía dormir. Mi cabeza daba vueltas ensayando lo que le iba a decir, dónde la llevaría, qué le contaría de mi vida… tampoco fui a trabajar esa mañana. Por la tarde, di vueltas a la ciudad esperando la hora. A las seis y media ya estaba a la puerta, esperando. Cuando ella llegó, me dio las buenas tardes y me dijo que nos veíamos a la salida.
Era viernes, llevábamos toda la semana ensayando una canción. Yo no estaba para eso y tanto el director como ella, con sus sonrisas, me lo dijeron varias veces.
Salí rápido y esperé, ella vino sonriendo. Era preciosa su sonrisa. Me dijo que si tenía coche, ella conocía un buen sitio. Era un café antiguo, maravilloso por su decoración. Y porque ella estaba conmigo.
Hablamos de todo. De ella y de mí, de nuestros trabajos, de nuestra vida, de hijos y de ciudades. Estábamos uno frente al otro y no dejamos de reír. Fue una tarde inolvidable. La llevé hasta su casa y salí del coche para despedirme. Fue entonces cuando me besó.
Ni siquiera tenía un teléfono suyo. Solo esa dirección, enfrente de la cual me pasé todo el fin de semana, por si la veía. Vivía en el tercero, me dijo, pero las luces no se encendieron. Ningún vecino la había visto y nadie parecía conocerla.
El lunes no acudió a los ensayos. Ni el martes, ni el miércoles. El jueves, a la entrada me dieron un sobre de ella. Lo abrí. Solo unas palabras en una hoja pequeña de papel cuadriculado. “No me atrevo”, decía.
Ha pasado más de un mes pero ella sigue sin aparecer.
Ángel Lorenzana Alonso





