Un ovillo. Un ovillo negro. Un ovillo negro en medio de la lana blanca. Eso era aquel cachorro de quince días rodeado por una madre de distinto pelaje. Ella era una caniche completamente blanca que un día se escapó de la casa y volvió embarazada. Nació una sola cría, un cachorrillo más negro que la noche. El padre se supuso que era un perro negro de tres casas más allá.

Los dueños me habían prometido el cachorro. Pero a ellos y a mí nos daba pena separarlo de una madre que lo rodeaba amorosamente y que no lo dejaba solo en ningún momento. Por eso íbamos alargando y posponiendo el día de la separación. Hasta que ya no cabía esperar nada más.

Era de noche. Y allí estaban los dos, en un círculo blanco que rodeaba a un ovillo negro. Engañaron a la madre mientras corría yo con el cachorro en brazos. Lo metí en mi coche y salí a toda prisa mientras la madre intentaba perseguirme y seguía ladrando. Sabíamos que la separación iba a ser dura, pero no suponíamos que tanto.

Subí aquel bulto negro hasta mi piso, donde le tenía preparado un buen plato de leche. Ni la probó. Solo se escondía debajo de la mesa de la cocina desde donde me miraba asustado. Tenía unos ojos grandes y brillantes, como azulados, contrastando con aquel pelo tan negro. Solo me miraba. Y reculaba hasta la pared cuando intentaba tocarle.

Dos días estuvo sin comer. Pero al final lo hizo. Le llené otra vez el plato. Me miró y siguió comiendo. Tenía hambre después del ayuno. Otros dos días tardó en dejar que me acercara y lo tocara. Salí al pasillo y dejé la puerta abierta. Asomó por ella a los cinco minutos. Gateó por el pasillo hasta donde yo estaba. Se pegó a mi pierna para descansar después del esfuerzo realizado. Ya no se separó de mí.

Por la noche, iba conmigo hasta la cama, intentaba subirse pero desistía pronto. Al final, se quedaba dormido sobre la alfombra. Fui por su manta y la coloqué debajo mientras le acariciaba. Quedó dormido cuando yo acabé de meterme en la cama.

Me siguió todo el rato por la mañana mientras me preparaba. Le puse comida y lo dejé comiendo en su sitio. Cuando regresé, tuve que empujarlo con la puerta para poder entrar. Estaba esperando detrás de la puerta.

En casa, era como una lapa pegada a mi pierna. No se separaba ni un momento. Le gustaban las caricias y se tumbaba patas arriba para mejor recibirlas. Jugaba con mi pantalón y me cambiaba de sitio los calcetines. Le compré una pelota y algunos juguetes pero seguía prefiriendo los calcetines. Los manejaba mejor con su boca y sus pequeños dientes afilados.

En la calle, iba sujeto con una larga correa. Tenía miedo hasta de las moscas. Venía corriendo a refugiarse tras de mí ante cualquier contratiempo o bicho que se le presentara en su camino. Le asustaba hasta una hierba que le rozara el hocico.

Así iban pasando los días. Iba creciendo en peso y estatura a la vez que en inteligencia y capacidad de juego y de hacer travesuras. No era muy amante de salir a la calle salvo sus dos paseos diarios. Hechas sus necesidades, se quedaba mirándome para ver qué hacíamos y, al menor signo, empezaba a correr hacia casa.

Donde no había coches ni otros perros, lo soltaba para que corriera. No iba muy lejos. Le gustaba ir en el coche, en donde se dormía hasta cinco minutos exactos antes de llegar al destino. Ahí se despertaba y empezaba a fisgar por la ventanilla. Conocía todos los destinos aunque solo hubiera ido una vez. Y gruñía un poco si cogía la carretera o el camino que él consideraba equivocado.

Cerca de cuatro meses llevábamos juntos. Y éramos buenos amigos. Cada uno hacía sus cosas, jugábamos y paseábamos mucho. Abría yo la puerta de casa y él salía corriendo escaleras abajo. Me esperaba al lado de la puerta de la calle, hasta que algún vecino o yo le abriéramos. Y salía disparado al pequeño jardín. Allí me esperaba y seguíamos el paseo.

Por eso me sorprendió el día que desapareció. Es verdad que me entretuve un poco con la vecina del segundo con la que coincidí en el ascensor. Pero no esperaba que se marchara.

No entendía lo que había sucedido. No creía que algún vecino o extraño se lo hubiera llevado. Él tampoco se hubiera marchado solo. Era muy extraño.

Lo busqué, pero nada, no había ni rastro. Denuncié su desaparición y pregunté por todos los alrededores.

Había pasado cerca de una semana cuando sonó el teléfono. Desconocido. Lo cogí por si acaso. Una voz de mujer preguntó por mí y se identificó como la que me había dado el perro hacía ya unos meses. Me asusté. Me preguntó por él. No sabía cómo decirle que había desaparecido, que lo había perdido. Pero ella se reía. Entre mis apuros, ella seguía riéndose. Me dijo que por casualidad había encontrado mi número y que me iba a contar una historia. Estaba entre asustado e intrigado, esperando que contara lo que fuera.

“Mi perra desapareció hace más de quince días”, me dijo. “La buscamos pero nada. Hasta ayer, que apareció en compañía de un perro negro como el carbón. Tardamos un poco en comprender que había marchado a buscar a su hijo.”

 

Ángel Lorenzana Alonso