El sol hacía sus últimos juegos entre las negras nubes del horizonte, en este día de mediados de una primavera que se estaba consumiendo mientras se alborotaba. El calor empezaba a apretar y la luz se alargaba hasta altas horas. Eran casi ya los días más largos de un año que, hasta entonces, no se había caracterizado por grandes cosas.

En el banco donde yo estaba, una muy suave brisa hacía que el calor no fuera tan asfixiante. Contemplaba un atardecer que tardaba en acabarse y miraba cómo las olas del mar saltaban y se quebraban antes de llegar a la playa, allí abajo, sobre las rocas del acantilado. El murmullo llegaba atenuado por la distancia. Para mí, era la mejor hora del día, sentado delante de mi casa y con el mar y el sol ante mí.

Me sorprendió el ronroneo que se oía por atrás. Volví la cabeza pero mi propia casa no me dejaba ver. Solo lo oía. Eran graznidos de gansos, de eso estaba seguro. Pero cada vez era más fuerte. Me levanté y caminé a la izquierda para intentar verlos.

Los vi allá arriba, dibujados sobre el cielo entre azul y gris, formados en una cuña perfecta. Una bandada de gansos, a pesar de que aún faltaba mucho para su “marcha” de otoño, se acercaba. Juntos, en forma de V, para ayudarse unos a otros con el batir de sus alas, aumentando en mucho su velocidad de vuelo. Los gansos postreros, con sus graznidos, van animando a sus compañeros de delante. Observé que su líder iba ya cansado. Dentro de muy poco, dejaría su puesto a otro compañero. Siempre me admiraba esa perfecta conjunción del grupo.

Pasaron por encima de mi cabeza. Iban en dirección al mar, con el sol sirviendo de guía. Un kilómetro se internaron lejos de la costa. De repente, dejaron de graznar, y el líder, y detrás todo el grupo, bajaron en picado y se hundieron en el mar. Quedé boquiabierto y sin saber qué hacer. Miré durante un buen rato, por si volvían a salir del agua. Pero pasaron los minutos y nada ocurrió. El mar se los había tragado. Parecía como si hubiesen decidido suicidarse.

Otro grupo, esta vez de lavanderas blancas, apareció más al oeste. La bandada iba también en dirección al mar. Llegados a unos kilómetros de la costa, las lavanderas se inclinaron y se hundieron en el agua.

Grupos de aves de todas las especies y condiciones, mirlos, gorriones, jilgueros, petirrojos, estorninos, urracas, águilas y halcones, búhos y lechuzas… todos en bandadas de numerosos miembros, llegaban desde tierra adentro y se internaban unos kilómetros en el mar. Y hasta las propias gaviotas, los charranes y los cormoranes se internaban más allá. Parecía como si tuvieran un sitio asignado ya. Se lanzaban en picado y desaparecían bajo el agua.

Me asusté.

A las cuatro de la mañana, sentado en el pórtico de mi casa, veía y escuchaba en la televisión este fenómeno de los pájaros. Simultáneamente, se estaba produciendo en todas las costas del mundo. Todas las especies, rapaces, corredoras, zancudas, gallináceas, anseriformes y esfenisciformes, de corral y canoras. Más de cinco mil especies de pájaros en todo el mundo, iniciaron y completaron, en unas horas, el ritual de suicidio.

Cuando empezaba a amanecer, el mundo se había quedado sin pájaros. Me sorprendió el silencio que reinaba a mi alrededor. Ya no había golondrinas, ni las cigüeñas estaban en sus nidos, ni los gorriones venían a comer las sobras de mi desayuno. Ningún tordo estaba comiendo mis cerezas y ningún mirlo cantaba en mi huerto. Me sentí solo, muy solo, demasiado solo. Y miraba a ver si el mar me los devolvía.

Al igual que yo, el mundo se alarmó. Se había roto el esquema de la vida y la cadena alimentaria se había derrumbado. Los sabios hicieron especulaciones sobre lo que había pasado y, sobre todo, sobre lo que ocurriría a partir de entonces. Un mundo sin pájaros no era posible. Por lo menos, ya no sería igual que antes.

Y, como siempre, los sabios influencers de moda y los pseudocientíficos del momento lanzaron sus teorías macabras y sacadas de la manga. La culpa era del sol, y de las confluencias planetarias, y de la mala influencia de algún vino cuya marca no les había contratado. Mientras tanto, los verdaderos sabios pensaban y estudiaban, y elaboraban teorías que trataban de comprobar con sistemas científicos.

Nadie sabía nada a pesar de todo. La cosa no estaba para bromas y empeoraba cada día que pasaba. La ausencia de los pájaros preocupaba cada vez más. Y, lógicamente, no solo por la ausencia de sus cánticos y de su compañía. Y el fenómeno del suicidio colectivo preocupaba aún más. Era como si nos hubieran dicho: “Ahí os quedáis, arreglaros solos, si es que sabéis y si es que podéis hacerlo.”

Iban pasando los días y nada cambiaba. El final de junio se acercaba y el verano amenazaba como siempre. Estaba solo en mi jardín, intentando que mi higuera saliera para adelante. Le estaba “comentando” que este año no debía preocuparse de que los tordos comieran sus brevas.

Un pequeño ruido me hizo mirar en la sebe del jardín. Me sorprendió ver dos pequeños ruiseñores que abrían su pico reclamando comida. Los recogí y los alimenté. La cabeza me daba vueltas. ¿De dónde habían salido? Ya no había pájaros, pensé. Llamé rápidamente a mis amigos ornitólogos.

Uno de ellos me llamó mientras venía hasta mi casa. Podía haber una explicación: Cuando los pájaros decidieron “marcharse”, ya habían puesto sus huevos y los habían medio incubado. Las crías, probablemente solo algunas de ellas, habían continuado solas su carrera por la vida.

La noticia recorrió el mundo, buscaron y aparecieron otros casos y algunos pájaros intentarían sustituir a sus antecesores. Un halo de esperanza surgió de nuevo y se hicieron planes y promesas de que esta vez se harían mejor las cosas.

Sentado con mis ruiseñores, no me lo creí.

 

Ángel Lorenzana Alonso