La luz de la tarde se adormecía bajo los soportales. En aquella penumbra de duermevela quisieran haber quedado fosilizados para siempre los enamorados que en ese verano habían sido sacudidos por las flechas de Cupido. Sus abrazos no eran capaces de aminorar aquel desasosiego que les producía no poder verse al día siguiente. Si esto es el amor, pensó ella, no sé si compensa conocerlo, hay que sufrir mucho. No quiero separarme de ella, pensó él, tendré que idear algo para no alejarme de su mágica presencia.

Forró los libros con mimo, una alegría que llenaba de alas su corazón aquella tarde. Mañana volvería a verla, volvería a ver a su flor de té como la llamaba en todos los poemas que le había dedicado en aquel largo verano sin su presencia. Se acostó con un ruge-ruge en su estómago que no la dejaba dormir, pero al día siguiente cuando el despertador sonó, se levantó ágil como una cervatilla que estuviera ansiosa por posar sus patas en el verde fresco del bosque, y lo estaba, ya lo creo. Miró con avidez entre todos los alumnos que iban poblando el patio del colegio, pero allí no estaba. En su estómago una náusea brutal le hizo correr al lavabo a vomitar toda la pesadilla que se cernía en aquella imagen que acababa de ver en el patio. Su flor de té, de la mano de otra chica que no conocía. Pasó media mañana, hasta la hora del recreo encerrada en el baño. No quería, no podía salir de allí, pero tuvo que auto-convencerse de que tenía que enfrentarse a la realidad. Después de varias semanas, cuando la enfermedad la iba dejando volver a la rutina, supo que el amor, a veces es cruel y antojadizo, poco a poco tuvo que hacerse a la idea de que su flor de té, ya no sentía por ella lo que parecía haber sido un amor verdadero. El mismo Cupido la fue convenciendo de que a lo largo de su vida, encontraría a otra u otras flores de té que le darían sus átomos.

En el pupitre de Salvador, se sentó una persona nueva. Ninguno de los alumnos del curso anterior sabían quién era, ni sabían dónde estaba Salvador, que no había acudido a la apertura de curso. La persona que suplía a Salvador, dijo que se llamaba Cupido y que como Salvador ya no estaba entre ellos, venía a enseñarles una asignatura nueva. La asignatura se llamaba “Adiós mi amor”.

Tres migas-cuentos de amor que quizás ocurrieron este verano a la luz de la iniciación.

Lamiguería: Ojalá en Gaza quedaran pupitres donde abrochar las manos y acariciar los días con las penurias y los gozos habituales. Ojalá en Gaza no hubiera que salir a que te matasen para recoger algún alimento. Ojalá en Gaza hubiese colegio para poder aprender y recreo para poder cantar y jugar. Ojalá en Gaza el sol no tuviera que avergonzarse de contemplar un día más, lo absurdo, cruel y terrible que es un genocidio. Gaza viva. Viva Gaza.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo