Los cuchillos relucieron con los rayos de luna sobre el acero. La luna era grande y la noche acababa de empezar. Pero, en este caluroso verano, ya era tarde y la gente se había refugiado en sus casas para cenar algo y salir a dar el paseo de la noche. Solamente ellos dos estaban bajo el cielo. Bajo un cielo con nubes que jugaban con la luna y que presagiaban la tormenta de todos los días.

Nada veían salvo al contrario. Nada sentían salvo la mirada del otro. En nada se fijaban salvo en la mano del otro, una mano que empuñaba un cuchillo y que, de vez en cuando, chocaba con su propio cuchillo y levantaba chispas en la noche.

Nadie sabía por qué luchaban y nadie se había enterado de este encuentro. Solo ellos, desde hace ya mucho tiempo, solo ellos dos fueron conscientes de que este momento llegaría y de que era inevitable por más que ambos quisieran evitarlo.

Cuando los cuchillos chocaron por enésima vez, cuando las miradas se cruzaron, las nubes lanzaron su mensaje de truenos y de rayos que encontraron árboles del parque para posarse. Pronto la lluvia estaría con ellos.

El brazo se tensó y uno de los cuchillos encontró el pecho rival. La lluvia empezó a caer y acompañó al cuerpo tendido en la hierba. Un trueno, más fuerte todavía, hizo temblar el cuchillo lleno de sangre. El relámpago siguiente, muy cercano en el tiempo y próximo en la distancia, brilló y dio luz a aquella escena de sangre y de muerte, de llanto y dolor. Un hombre estaba tendido en el suelo y no podía levantarse. Otro hombre miraba su brazo ensangrentado y su cuchillo temblando bajo las gotas de la lluvia.

Lanzó el cuchillo lo más lejos que pudo, miró en rededor por si alguien lo veía, recogió su chaqueta y su sombrero nuevo y corrió sin dirección alguna, dando vueltas y vueltas por aquel parque lleno de sombras y de lluvia, lleno de murmullos y de silencios. Cuando topó con la salida, solo vio el camino oscuro que iba hacia el norte.

Sin saber por qué, se paró en medio de una noche oscura como pocas y lluviosa como muchas, llena de gritos su cabeza y llenos de lágrimas sus ojos. Caminó despacio por aquel camino que no tenía destino alguno y que le hacía tropezar con las piedras sueltas cada vez que volvía su cabeza.

Nadie le seguía. Aceleró sus pasos para dejar atrás lo sucedido. Corrió, incluso, hasta ver cómo iba apareciendo la madrugada, hasta ver cómo las nubes se iban y cesaba la lluvia. El sol tardaba en asomarse y su cuerpo seguía empapado y tembloroso.

No paró a comer ni cuando la noche empezó a envolverle en la soledad de aquel camino. Recordaba los cuchillos y la sangre y no podía cesar en su caminar. ¿Por qué sucedió todo? Apenas recordaba unas palabras y unos gritos de mujer. Unas palabras que elevaban su tono y unos cuchillos que relucían a la luz de farolas de calles oscuras. Un reto y un duelo. Y un hombre caído en medio de la lluvia.

Solo quería huir, olvidarse de todo aquello. Olvidar incluso aquellos besos y aquellos ojos de una mujer que lo dejó solo en medio de la noche, solo con su cuchillo curvo y con su desgracia. Fuera todo de su mente. Olvidar y olvidar. Ni siquiera quería recordar lo que había antes de aquello. Nada importaba ya salvo huir y poner distancia de por medio.

Nadie lo encontraría. Nadie lo relacionaría con aquello, aunque pensaba ahora en su cuchillo abandonado. Pero no volvería, ya no podía volver. Seguiría hasta muy lejos, hasta el final de aquel camino por lo menos. Y trataría de olvidar y de que se olvidara. Trataría de no pensar, de sacar los recuerdos de su memoria.

Quería que saliera el sol, que se secaran sus ropas y su cuerpo. Quería saber dónde estaba, aunque no le importaba demasiado.

Encontró un lugar donde podría descansar, pero tampoco pudo descansar. Los recuerdos volvían una y otra vez. Y no le dejaban dormir. El hombre caído, los truenos y el fulgor de los cuchillos. Y la sangre, la sangre que manaba de la herida, y el grito, y los relámpagos y el trueno, y el camino, y…

Todo quedó en silencio hasta que aquella niña zarandeó su hombro para despertarlo. Era más de media tarde y la niña le ofrecía un trozo grande de un bocadillo que estaba comiendo.

Un poco más allá, quiso ver un caballo blanco y una casa y un pozo de agua. Se levantó ayudado por la muchacha, comió la parte del bocadillo que le ofrecían y corrió hasta el pozo para saciar su sed. Poco a poco fue recordando la sangre y los cuchillos.

Y fue entonces cuando decidió volver.

 

Ángel Lorenzana Alonso