
No tenía un rumbo fijo. Vagaba, sin más, por las calles aburridas del viejo barrio de una vieja y aburrida ciudad de un viejo y aburrido reino.
Siempre era igual. Desde los tiempos que recordaban los más ancianos del lugar, e incluso desde los tiempos que les habían contado sus antepasados. Prácticamente los mismos edificios, las mismas ventanas y el mismo riachuelo atravesando por el centro de la ciudad.
E iguales caras en las puertas y en las calles. Parecían repetirse de generación en generación.
Por eso a nadie extrañaba ese niño que vagaba por las calles, rodeado de moscas y dando patadas a las pocas piedras que encontraba en su camino.
Y era igual el viejo y medio derruido castillo que dominaba la ciudad desde una pequeña y ya desgastada colina cercana. Ya ninguna familia vivía en él. Los “señores” se habían ido hacía mucho, cuando los gastos de mantenimiento del castillo eran demasiados para sus escasos ingresos nobiliarios. Y allí quedó aquella mole de piedras que se iban cayendo poco a poco para ser aprovechas por alguno de los vecinos.
Ahora, un viejo solitario había tendido sus pocas cosas en una pequeña habitación en la planta baja y allí vivía, o malvivía, que viene a ser casi lo mismo.
Era el único amigo, la única persona que aún hablaba con aquel niño que llevaba las moscas a su alrededor. De vez en cuando, el niño subía a verle, o se encontraban por las calles solitarias. Paseaban juntos, casi sin hablar porque el hablar también consumía demasiada energía. Tampoco había muchas cosas que pudieran contarse el uno al otro. Miraban algo, casi al mismo tiempo y se miraban sin necesitar palabras para entenderse. A veces, un pequeño gesto, o una simple mueca o una leve sonrisa, les bastaba para saber lo que el otro estaba pensando.
Se despedían levantando la mano y cada uno iba a su sitio. El viejo a su castillo y el niño, con sus moscas, a recorrer las calles por si algo de comida apareciera. Poco era lo que necesitaba y siempre alguien acudía en su ayuda. Las moscas participaban también del pequeño banquete. Eran sus amigas incondicionales, sus compañeras de sueños y de ilusiones.
Tenía un jergón en una casa que, según decían, había sido de sus padres, a los que apenas conoció y de los que solo algunos vagos rasgos quedaban en su memoria. Él solo recordaba a las moscas. Ellas siempre habían estado con él. Nunca le abandonaban. Hasta más de quince llegó a contar un día.
Hacía demasiado calor. Quería acercarse hasta el castillo a dar una vuelta y a estar un rato con su viejo amigo al que llevaba varios días sin verlo por la ciudad.
Se extrañó que no estuviera en su “habitación” y se sentó a esperarle descansando a la sombra. Desde allí divisaba los tejados de las casas y convertía, en su imaginación, a las chimeneas en gigantes que estaban destruyendo la ciudad. Era como un viejo sueño, despierto, que siempre se repetía.
No le gustaba este lugar, ni la poca gente que vivía en él, ni la podredumbre que estaba por todas partes. No le gustaba su vida pero era la única que tenía y a la única que podía aspirar. Últimamente, hasta le parecía que había más moscas a su alrededor. Se acercaba lo peor del calor del verano y todo estaba seco a su lado.
Su amigo tardaba mucho esta vez. Buscó entre las ruinas del castillo, por donde solo crecía la mala hierba, silbó varias veces y voceó su nombre. Pero nadie le contestó.
Después de un rato infructuoso, decidió volver a las calles a buscar algo que pudiera mitigar su hambre. Las moscas estaban hoy más pegajosas y no paraban de posarse en su cara. Parecía como si quisieran decirle algo pero él no había acabado nunca de entenderlas.
Ya estaba llegando a las casas cuando lo vio. Estaba tendido boca abajo, al lado del sendero, medio cubierto por las avenas secas que bordeaban el camino. Se acercó despacio y con cuidado. Lo empujó un poco con el pie, para que despertara, por si se había quedado dormido después de alguna de sus borracheras.
Pero no se movió. Tenía la cara llena de sangre, lo mismo que una gran piedra que estaba a su lado.
Lo dejó allí y marchó hasta el edificio del ayuntamiento para contar, como pudo, lo que había visto. Los funcionarios pensaron, después de ir a verlo, que podría haber sido el muchacho, pero rápidamente lo descartaron. Había pisadas de grandes botas alrededor del cuerpo. Y, parecía poco lógico que el muchacho de las moscas hubiera ido a avisarles si él lo hubiera hecho. Además, eran muy amigos.
El entierro fue muy sencillo. Solamente un concejal, en representación de la oficialidad, el niño y unas cincuenta moscas acompañaron al tosco féretro hasta el cementerio. Ni siquiera las campanas tocaron a muerto.
El niño no volvió a visitar las ruinas del castillo, ni siquiera a recoger lo que su amigo hubiera dejado. Solo, daba vueltas por las calles acompañado de cada vez más moscas.
Él no les hacía mucho caso pero alguien dijo alguna vez que le habían oído estar hablando con ellas.
Ángel Lorenzana Alonso





