
Dos vueltas a la llave. La puerta se abrió, entró y cerró con la pierna, y un suspiro escapó de su garganta. Estaba cansada. Había sido una jornada larga y pesada y no tenía ganas de nada. Lanzó el bolso a un sillón mientras se quitaba el abrigo. Solo cuando iba a dejarse caer en el sofá, se dio cuenta de que no estaba sola. No supo qué hacer. Esperaba ver a su compañera de piso pero no a dos personas a las que no conocía de nada.
Se quedó paralizada, mirándoles y tratando de adivinar el porqué de su presencia.
– Somos de la policía – dijo uno de ellos, mientras enseñaba sus credenciales. – Y la estábamos esperando.
– Queríamos hablar dos minutos con usted. – dijo la otra.
Los invitó a sentarse, más asustada que otra cosa, y se quedó allí, sin saber qué hacer. Se sentó en otro sillón y esperó.
Se sentaron con mucha parsimonia, como si no tuvieran prisa, se miraron entre sí y, por fin, la mujer policía le preguntó dónde había estado todo este día y el día anterior. “Trabajando, como siempre”, les dijo ella, mirándoles incrédula. “No hago otra cosa, trabajo y a casa enseguida, a descansar.” Hizo una pausa, como para recordar y dijo: “Ayer, precisamente, fui a la compra y después fui con mi amiga a tomar un café y vinimos para casa. ¿A qué viene todo esto y qué hacen ustedes en mi casa?”
El hombre policía miró a su compañera y dijo: – “Eso es mentira, señorita. Llevamos esperándola aquí desde ayer por la mañana, desde una hora después del fallecimiento de su amiga.”
Lo miró con asombro. “¿El fallecimiento de mi amiga? ¿De qué me está hablando? Hoy por la mañana hemos desayunado juntas, aquí, en este mismo piso.” Contestó ella.
Los policías se miraron otra vez, como preguntándose qué estaba pasando allí. La amiga de esta señorita había muerto ayer por la mañana, asesinada, a eso de las diez, y desde las doce, ellos dos habían estado esperando que la otra apareciera por casa, compañeros suyos la habían buscado en el trabajo pero no había señales de ella en ningún sitio. Y ahora, un día y pico después, aparece como si tal cosa diciendo que viene de trabajar y que no se ha enterado de nada.
Ella era, según todos los indicios, la principal sospechosa. Todas las pruebas, huellas y hechos comprobados, indicaban claramente que esta señorita había asesinado a su compañera.
Pero, si era ella la culpable, ¿Cómo es que aparecía ahora, al día siguiente del crimen, como si nada hubiera pasado? Y contando que hoy había desayunado con la difunta y que ayer por la tarde había estado con ella tomando un café.
De todas formas, la esposaron y la llevaron a comisaría. Allí intentarían explicarlo todo.
La psicóloga de la policía, después de escucharla y hacer un croquis temporal de los hechos con ella, notó que faltaba un día entero en su narración, cuando lo comparaban con los hechos reales ocurridos los últimos días. Era como si esta persona no se hubiera enterado de un día entero, precisamente el día que habían asesinado a su amiga. Podría ser, dijo la doctora, que ella, tras el asesinato, hubiera borrado todo ese día como mecanismo de defensa para no sentirse culpable.
Pero lo más extraño de todo el asunto fue cuando intentaron comprobar, por atar todos los cabos, la versión que daba la presunta asesina. En su trabajo, todos sus compañeros atestiguaron y juraron que no había faltado ningún día y que el día de la muerte de su amiga no había salido de la oficina. En el café donde ella dijo haber estado con su amiga y donde eran bastante asiduas, aseguraron haberlas visto juntas durante un buen rato ese día por la tarde.
Y es más, dijo la mujer policía, en el piso, en el fregadero de la cocina había dos servicios de desayuno sin fregar. “Aunque eso era verdad que tampoco probaba gran cosa”.
Incluso le aplicaron, a petición suya, el detector de mentiras. El polígrafo dijo que ella decía la verdad cuando contaba su versión de los hechos. Ni un indicio de que mintiera o de que ocultara alguna cosa.
Lo raro era que seguía faltando un día en su narración. Faltaba un día en el calendario de la policía, precisamente el día del crimen, pero no faltaba ninguno en su propio calendario.
Ese día, el día de en medio, nunca había existido.
Ángel Lorenzana Alonso





