Según consta en el acta firmada y rubricada por todos ellos, acta que fue encontrada muchos años más tarde y que, según se cree, fue escondida por los propios traidores, todos estaban allí ese día reunidos frente a su rey.

Nada menos que los sesenta y dos nobles que gobernaban los distintos feudos del reino o tenían algún título que les hacía pertenecientes a la clase más alta. De la alta y de la baja nobleza e incluso simples caballeros sin tierras pero con derecho a participar en este tipo de reuniones. Allí estaban también los prebostes del clero y de la milicia.

El rey, reunido con sus tres más fieles servidores, y después de arduas y difíciles discusiones, había hecho valer su criterio de rey y había mandado llamar a todos los “señores”. Poco tiempo les dio de plazo. Todos debían estar en palacio el quinto día después de la primera luna llena de la primavera. No se admitían excusas, ni siquiera por enfermedad u otras causas de tamaña importancia. El asunto era demasiado trascendental, grave y urgente para el devenir del reino.

Y todos acudieron prestos a la llamada del rey, aunque no faltaron murmuraciones y quejas, o bien por las fechas elegidas que hacían difíciles los viajes al ser temporada de lluvias, o bien por la premura que no permitía demasiados preparativos.

Vital debía ser el asunto de la reunión.

 Allí acudieron duques, archiduques y marqueses varios, condes, vizcondes y barones de distintas regiones, infanzones, hidalgos, ricoshombres o simplemente caballeros. No faltó algún gentilhombre, algún infante y algún señor importante, particularmente invitado. Generales y coroneles de los ejércitos y obispos y arzobispos del clero. Había también un cardenal y un soldado viejo y mutilado, servidor en mil batallas. Primus inter pares, como se consideraban cada uno a sí mismo. En realidad, solo eran los más conocidos (los nobilis latinos) e hidalgos más o menos inmemoriales.

Blasones y divisas, estandartes y pendones llenaron esos días el castillo. Señoras, cada cual más encopetada, lucieron o deslucieron sus mejores galas e impresionaron al personal, por no decir otras cosas. Cada cual demostró sus “talentos” para ocasiones de este tipo y trató de ganarse simpatías que pudieran favorecer los intereses de sus respectivos maridos. Y, de paso y por consiguiente, los suyos.

Llegado el día, con todo dispuesto, se fueron colocando en el amplio patio del castillo. En un lugar más elevado, estaba sentado el rey. Nadie más estaba en el estrado para hacerle compañía. Él no quería que ninguno se sintiera superior a los demás. Sus dos hijos y la reina escuchaban desde un corredor más elevado, fuera de la vista de sus súbditos.

Se hizo el silencio más absoluto después del tercer toque de los añafiles. Todos miraban al rey. Éste se levantó despacio de su sillón y dijo:

– En todos los grupos humanos, siempre hay algún traidor. No sé si esta figura existirá también entre los animales, pero es seguro que, entre los hombres, siempre los hay.

Así dijo el rey a sus nobles. Los miró uno a uno. Y preguntó a continuación, después de un largo silencio cargado de intención:

¿Hay algún traidor entre vosotros? Seguro que sí. Sería demasiado raro que no lo hubiera.

Volvió a mirarlos detenidamente. Los traseros de los nobles se removían en sus asientos y algunos casi no se atrevían a levantar la vista. Cada cual miraba a sus compañeros más próximos y, después, iba ampliando el círculo de su mirada. Cada uno iba desechando compañeros y poniendo a otros entre interrogaciones.

El rey, sabedor de muchas más cosas que nadie de cada uno de ellos, no podía dejar escapar ni una leve sonrisa. Pero, a veces, era difícil mantener la debida serenidad que la ocasión requería. Escuchaba algunos murmullos que acalló solo con su mirada. Cuando otra vez reinaba el silencio, el rey continuó diciendo:

– Pero, la cuestión no es si lo hay o no. Sabemos que lo hay. La pregunta clave es, por tanto, un poco distinta: ¿Quién de vosotros es un traidor? Y, en este nuestro reino, ¿hay un solo traidor o hay más de uno?

Durante varios años – continuó – hemos estado investigando a cada uno de vosotros. Y, digo más, hemos montado un amplio y complicado sistema de investigaciones y vigilancia para obtener datos fidedignos y precisos que pudieran llevarnos a la identificación fehaciente de los traidores.

Mientras el rey estaba hablando y de forma disimulada y silenciosa, trescientos ballesteros iban tomando posiciones en las almenas alrededor del patio del castillo. Las puertas que comunicaban con el patio de la reunión se fueron cerrando muy suavemente, sin ruido ninguno. Tanto las que daban al puente levadizo como las que daban a los interiores.

Pequeños alborotos iban surgiendo entre los invitados. Alborotos que cesaron rápidamente cuando el rey levantó los brazos para continuar:

– Todos los reinos vecinos nuestros y algunos más lejanos han colaborado de buena gana con nosotros, porque – y levantó la voz – A NADIE LE GUSTAN LOS TRAIDORES. Y todos sabemos que el que es traidor una vez, lo será para siempre. Y nunca te podrás fiar de él.

Los nobles se fueron poniendo nerviosos, máxime cuando fueron dándose cuenta de los ballesteros y de las puertas cerradas.

Sabed – dijo el rey, rodeado ahora sí por cuatro ballesteros – que durante esta tarde podréis marchar, y deberéis hacerlo, con vuestras familias a vuestros hogares. Todos marcharéis, pero, solamente llegarán a sus casas los que no tengan mancha ninguna de traición. Nadie podrá esquivar a su destino.

Calló un momento y concluyó: Buen viaje a mis buenos compañeros. A los traidores, que el infierno los acoja en sus brazos.

Todo se desarrolló como estaba previsto. Meses más tarde, solamente treinta y tres nobles acudieron a la llamada del rey.

 

Ángel Lorenzana Alonso