Nevaba aquella noche. Caían copos como puños y habían cubierto no solo el jardín de mi casa sino también la estrecha carretera que subía al lado y que me comunicaba con la ciudad. Muchas curvas que conducían a la loma y al valle de más allá.

Estaba mirando por la ventana del salón, viendo caer la nieve sin importarme demasiado. Incluso, me apetecía que nevara. Disculpa perfecta para no moverme de casa al día siguiente. Podría leer y escribir sin nadie que me molestara. Ni siquiera mi hija y su novio tan raro.

Fue entonces cuando apareció. Venía embutida en un impermeable rojo, con capucha que le tapaba la cara. Cuando abrió, apurada, la verja que daba a la carretera, me asusté un poco. No esperaba a nadie y a aquella mujer no la creía conocer de nada. Parecía como si una rosa roja hubiera surgido de repente en lo blanco del jardín. La nieve casi cubría sus hombros y su capucha y sus botas, también rojas, se fueron hundiendo, dejando un rastro de pisadas que estropeaba la estampa nevada de la entrada.

Sin mirar ni siquiera para la casa, llegó hasta la puerta, sacudió la nieve de su impermeable, quitó la que cubría sus botas, tiró la capucha hacia atrás y sacudió su melena negra en ese gesto que tienen las mujeres de peinarse sin mirarse a ningún espejo. Miró a ambos lados y pulsó el timbre.

A pesar de que la estaba mirando, me asusté un poco por el sonido. Como si no lo esperara o como si no hubiera querido que sonara. Mi primera reacción fue no contestar. Pero enseguida mi cabeza se puso a pensar. Ella habría visto la luz de mi salón e, incluso, era posible que me hubiera visto a mí. No podía hacer como si no estaba. O, es posible que estuviera en apuros. O que fuera un truco para entrar y sus compinches vendrían después. Sabrían que yo vivía solo, que tampoco era ya un chiquillo y que sería una presa bastante fácil.

Volvió a sonar el timbre. Sin pensarlo más, cogí mi bastón de pincho, por si acaso y también para asustar, y abrí la puerta. Me dijo su nombre, que ni siquiera entendí de lo nervioso que estaba, y me pidió pasar preguntando por si hubiera un teléfono fijo en la casa. Su móvil se había quedado sin cobertura y su coche se había parado un poco más arriba, en la carretera.

No sé aún el porqué pero le mandé pasar. Se sacudió la nieve que le quedaba en las botas, me dio las gracias y entró. Temblaba de frío. La acompañé hasta el salón y le ofrecí un sillón al lado de la chimenea encendida. No habló hasta un buen rato después. Yo la miraba a la vez que empuñaba con fuerza el bastón.

Su coche se había parado sin saber por qué. Allí quedó, en medio de la carretera. Había visto mi casa al pasar y la luz encendida. Y se volvió andando unos quinientos metros por lo menos. La nieve la envolvía y casi no la encuentra. Era su única esperanza.

Me pidió hablar por teléfono para llamar a la grúa para retirar el coche. La noche era difícil e iban a tardar un buen rato. La avisarían al teléfono fijo de mi casa, cuando pudieran.

Le ofrecí un café. Yo tomé otro. Lo tomamos viendo caer la nieve desde el ventanal del salón. Cada vez era peor. Y nos sentamos a charlar delante de la chimenea. Habría que tener paciencia. Y esperar.

Me contó que era pintora, que se había enfadado con “los de la ciudad” porque no la comprendían y que había cogido el coche sin pensar en nada. Había sido una locura pero “ella era así”. En un momento de la conversación, y cuando ya había abandonado mi bastón en un rincón, le conté mi impresión de la rosa roja sobre la nieve. Se rió y me miró. Un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo.

Ya habíamos tomado tres cafés y un whisky cada uno cuando sonó el teléfono. Vino la grúa y, después de darme las gracias, desaparecieron en la tormenta. Poco después, los vi pasar carretera abajo. Me fui a la cama, pensando. Cosas raras que pasaban.

Mi hija, y su novio raro, vinieron al día siguiente “por si estaba bien”. Les conté la visita y recibí una gran bronca por haberla dejado entrar. Había sido, dijeron, una gran temeridad. Más temeridad, pensé para mí, era andar por ahí con semejante novio. Pero me callé.

Casi un mes más tarde, mi hija vino con un cartel en la mano. Era de una exposición de una prometedora pintora. Era ella. La reconocí rápidamente en la foto. Mi hija se rió y me dejo el cartel sobre la mesa. Era para la semana próxima.

Cuando aparecí por la exposición, ella no estaba. Miré los cuadros atentamente. Eran buenos, pensé, bastante buenos. En la pared del fondo, resaltaba un cuadro de medianas dimensiones, con un cartel colgado. “Reservado, no está a la venta”, decía el cartel.

Quedé parado delante del cuadro. No podía dejar de mirarlo. Era una gran rosa roja emergiendo de la nieve. No había nada más pero un nuevo escalofrío, esta vez mucho más grande, recorrió mi cuerpo. No podía apartar los ojos.

“Es para ti”, oí una voz a mis espaldas. Mi pintora descolgó el cuadro y me lo entregó con un par de besos.

Hoy, años después, aún vivimos juntos en mi casa de la carretera.

 

Ángel Lorenzana Alonso