Me gustaría saber tu nombre muchacho de alas grandes. También me gustaría abrazar a la mujer de la Cruz Roja que alojó tu miedo, la angustia, el dolor acumulado, el frío, la sed, la soledad y el derrumbe que traías en tus ojos. La necesidad de que alguien acogiera tu silencio y mondara la muerte que traías pegada en tus costados. La imagen de ese abrazo tan espontáneo, necesario y único, ha quedado grabado en mi alma como una ola feliz, dentro del caos que reinaba alrededor. Hasta pude observar a la muerte de brazos cruzados, contemplando la escena enfadada…, aquel abrazo le había ganado la batalla. Estoy segura de que el muchacho tendrá motivos para seguir viviendo gracias a la persona que le ofreció un nido de humanidad cuando más lo necesitaba. Cada vez que veo la imagen se me saltan las lágrimas. Con imágenes así, aún es posible creer que la humanidad avanza.

-¡Uffffff! Rosa, que sacudida. Es exactamente lo que yo he sentido. Dijo Rosalina, después de que Rosa hubiera leído en el taller de la tarde aquel párrafo.

– ¿Sabéis lo que me pasó a mi? Me puse en la piel del chico y aparte de sentir el calor que siempre dan los abrazos espontáneos y sinceros, me puse a llorar como hacía mucho tiempo. Recordé a mi madre abrazándome, cuando llegaba a casa que ni podía articular palabra de lo que me había metido. Comentó Remigio.

Luego, cada uno fue diciendo lo que habían experimentado al ver las imágenes de la playa de El Tarajal en Ceuta, cuando un muchacho abrazaba espontáneamente a la mujer de la Cruz Roja que le atendía. Aquel día, tuvo que acercarse la directora de la residencia para llamarles la atención. El comedor estaba vacío y hacía un cuarto de hora que tenían que estar cenando.

-Perdona, comentó la nieta de Romualdo, que era la encargada de los talleres, es que se nos ha ido el santo al cielo. El tema se las traía y además hemos estado eligiendo varios de los trabajos presentados para enviarlos a la revista cultural del ayuntamiento. Se fueron levantando en dirección a los lavabos para lavarse las manos y dirigirse hacia el comedor con el pecho henchido, ese día nadie había disentido; todos hubiesen deseado estar en aquella playa.

Mordida existencial: Creo que la escena de la playa de El Tarajal en Ceuta, quedará en nuestras pupilas durante mucho tiempo, como también quedarán en nuestros oídos y corazones las palabras del buzo de la guardia civil, que rescató entre otras muchas personas que llegaban exhaustas, a una madre y a su bebé.

“No sabía si estaba vivo o muerto, yo solo me decía aletea, aletea, aletea, para llegar cuanto antes a la playa y que les pudieran atender”.

Lo triste de todo esto, es que para que podamos darnos cuenta de la bondad que existe en muchas personas, otros que carecen de ella, arrojan a sus congéneres                   al abismo, sin importarles sus vidas. ¿Dónde queda la conciencia? Puede que esté a punto de morir en el desván de la individualidad o en el círculo cerrado del ego humano.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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