Sangre y agua/

dolor en la cascada/

de pronto, ¡el Hada!. (Jaiku)

Desde el Faedo de Ciñera no se ve el Teleno, pero sus grandes piedras cortadas a pico nos recuerdan al Monte sagrado de  astures y romanos.

Aquí en este bosque de hayas, encontramos la historia de minas y mineros que aún pervive en las heridas de la montaña, y en los restos de la Bocamina, hoy convertida en apresurado altar a Santa Bárbara.

Dice siempre Mari Luz, que buscamos en otros lugares la belleza y la magia que  tenemos a dos pasos de casa. Ya nos  había contado Ángel que este hayedo era excepcionalmente hermoso. Y es cierto.

Porque si hay un lugar lleno de hechizo, ese sitio es el Faedo de Ciñera. Por allí se ven volar las Hadas buenas, también Brujas maléficas trasformadas, al fin, en bondadosas protectoras de familias necesitadas.

 Arboles que se han convertido en pájaros, elefantes o ardillas, cincelados por el viento y el agua de siglos.

Un paisaje de verdes y ocres compitiendo por atesorar la tenue luz de la mañana.

A lo lejos, la montaña de piedra y el azul claro y diáfano del cielo.

Solo hay que adentrarse un poco en la floresta, para que el murmullo del agua y el canto de los pájaros, nos sorprendan gratamente.

 Es un bosque animado, pienso. Hadas, aves cantarinas, musgo y árboles que han vivido más de 500 años. Nos paramos sorprendidos al lado de un haya centenaria. Ella –Fagus, 510 años- está tranquila, no mueve una hoja de sus ramas. Parece decirnos: “mirad, no pasa nada, el tiempo es relativo. He visto pasar cerca de mí a tantos hombres y mujeres…..Antes los veía andar el camino con frio y nieve, a veces hambrientos, buscando el carbón que estas montañas escondían  para dar calor y comida a sus hijos.

Hoy, los tiempos han cambiado, pasan alegres grupos de amigos y  familias, todos  bien equipados. Hay algunos que vienen a contarme sus cuitas y también otros, como esta joven delgada que eleva una plegaria y me abraza. Pobre muchacha, pienso. Seguro que no encuentra a su amor”.

Dejamos a Fagus y continuamos  por un camino escarpado para ver las Hoces-esas marcas indelebles que el agua ha hecho en las rocas- y que a pesar de ellas mismas, las va moldeando.

Necesita siglos el agua, eso sí, pero hace lo que quiere con la piedra.

 Hay niños, bebes y familias enteras que se apresuran a alcanzar la cima. Nos asusta lo intrépidos que son, y pensamos en lo difícil que sería socorrer allí a una persona que se resbalase por el desfiladero.

Regresamos hasta el merendero admirando a las formas de los árboles y el  musgo. Huele bien el bosque y es hermoso. Están exquisitos los bocadillos preparados por la diligente aprendiz de cocinera, Mari Luz.

  

Despedimos a Fagus y a las demás hayas milenarias. Al regreso nos encontramos con una señal del camino de Santiago: “El Camino Olvidado”, reza, hacemos una foto para Tomas Álvarez. Y  Ángel nos cuenta que los peregrinos elegían estas sendas para llegar con prontitud y sin tanto peligro, a Compostela.

Ya en Astorga pensamos con nostalgia en el color y el aroma del bosque, y prometemos volver antes de que acabe este otoño, a contarles secretos y  pedirles deseos a las Hadas del bosque.

Victorina Alonso Fernández

A los pies del Teleno, un cálido y luminoso otoño de 2020.

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