Dinamarca y elefante. Esa era la respuesta al truco que Rosa había planteado a sus compañeros de residencia. Supongo que si alguno de vosotros lo ha intentado, también le habrán salido estas dos palabras: Dinamarca y elefante. Esa era la solución a la posdata del escrito de la semana anterior. Dicho esto, vamos con otro capítulo de esta serie de letras con la que contactamos.

Rosalina dejó la paleta y el pincel sobre la mesa. Se había dado cuenta, mientras pintaba el paisaje que se veía desde su ventana, que había una silueta tumbada bajo el árbol que estaba en el prado de enfrente de la residencia.

-Rosa, mira ven, ¿no distingues a alguien allí en el suelo? Rosa observó en la dirección en la que le decía Rosalina.

– Si, tienes razón, puede que se alguien que se haya puesto indispuesto de repente. Vamos, tenemos que acercarnos.

-No seas tan impulsiva, nos acercaremos, pero antes se lo diremos a Romualdo y a Remigio.

Y allá van los cuatro como si fueran espías, a cerciorarse de qué o quién estaba allí, bajo el amparo del viejo roble.

El joven que se encontraba allí, se percató de su presencia y se sentó asustado.

-No se alarmen, no he hecho nada malo, es que no tengo dónde ir, y oí en una ocasión que un árbol, sobre todo el roble, es un árbol protector.

– Pero alma de cántaro, ¿has dormido a la intemperie bajo el árbol? Le espetó Remigio mientras se acercaba a él, guardando la distancia reglamentaria, con mucho respeto y la mascarilla bien puesta.

-Si señor, tampoco es que sea nuevo para mi dormir bajo las estrellas. Ayer salí de la ciudad cercana a este pueblo andando y me cogió la noche aquí, así que decidí echar una cabezadita. Contestó el joven.

-¿Pero es que no tienes familia, ni casa, ni trabajo? Argumentó Romualdo con tristeza mientras contemplaba el lamentable estado de las ropas del hombre.

-No señor, he trabajado de temporero, o de lo que saliera, pero lo de la pandemia, me ha dejado totalmente al margen. Ahora soy pidiente.

-¿Cómo que pidiente? – Si señor, pidiente porque pido, y con lo que me dan intento subsistir cada día.

Mordida existencial: ¿A quién le gustaría tener esa profesión? Si, si la de pidiente. Es una pregunta que queda en el aire. Siempre ha habido, hay y habrá pidientes. Y tenemos que mirarnos en ese espejo. Puede ser que nos toque trabajar en esa profesión cuando menos lo esperemos. Cualquier pudiente, se puede convertir en pidiente. Solo una letra de distancia y  cuántos kilómetros de separación.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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