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Entre el recoveco de un sueño, Remigio retrocedió al pasado. Su madre en la habitación de la residencia donde había pasado sus últimos años. Perdida la mirada, con el corazón fosilizado por el sufrimiento y en su cerebro, un gusano se alimentaba de su memoria. Como de costumbre, se sentó a su lado, le hizo varias carantoñas y de sus ojos nació un brillo que iluminaba los poros de los sentimientos.

– Como te conoce. No sabe quien eres, pero a su manera reconoce que eres algo de ella. Le dice la enfermera que viene a tomarle la tensión. -¿Eso crees? Si que es cierto que alguna corriente positiva se mueve en sus adentros cuando me ve, y eso que le di bastante mala vida.

– Bueno hombre, el pasado, pasado está. – Para mi no, fui un déspota descarnado con ella y con otra mujer a la que guardo en la otra mitad de mi corazón.

Remi abre los ojos al oír su nombre. – Te habías quedado transpuesto. Le dice Romualdo que está sentado a su lado leyendo. – Y parecía como si llorases en sueños.

-Si, creo que me he echado un sueñecito, y he recordado a la enfermera que había en la residencia donde murió mi madre hace unos cuantos años.  -Qué importantes los sanitarios. Ahora con la Covid-19 lo hemos palpado, pero me da que no estamos siendo considerados ni con ellos, ni con nosotros mismos. Estuve leyendo en el periódico la cantidad de rebrotes que se están produciendo por nuestra falta de responsabilidad.

– Tienes toda la razón. Los sanitarios tuvieron que sufrir las consecuencias y hacer de seres queridos cuando la muerte se acercaba, ante la imposibilidad de poder estar acompañados por los suyos. ¿Pero hemos aprendido la lección? Lo dudo. Como bien dices, en el periódico y en la tele, nos están avisando, y nada, en algunos lugares como que todo haya pasado, pero el virus sigue entre nosotros. Yo lo sé de primera mano. Recuerdo a la enfermera cada vez que abro los ojos. Estaba allí a mi lado, con la sonrisa puesta, con mi mano entre las suyas. “Tranquilo, todo va mejor, la fiebre ha bajado, y parece que el jadeo está remitiendo”. Fue terrible. No pensé que saldría de allí, así que ahora cuando veo en la tele a las personas tan tranquilas, tomándose esta grave enfermedad a chirigota, tiemblo. No sé lo que pasará.

Mordida existencial: Puede que a los sanitarios les hiciese mucha ilusión y les emocionase que saliésemos a aplaudirles todos los días a las ocho de la tarde, desde nuestras ventanas. Pero si vuelve la marea oscura a encerrarnos y a colapsar los hospitales, los sanitarios ya no tendrán fuerzas para repetir aquellas odiseas de hace tan solo unas semanas. Y entonces… ¿quién nos tenderá su mano en el último recodo del camino?

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo.

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