Fui dejando atrás el camino, como quien deja atrás su propia vida. El barro se había ido pegando a mis zapatos intentando acompañarme más allá de donde él podía. El polvo, pegadizo y austero, me envolvía aún después de haberlo quitado.

Ahora, mi senda tranquila no tenía ni barro ni polvo. Ya no había camino. Y se iba olvidando como si él fuera el artífice de mis recuerdos. Como si él fuera el causante de mi vida.

Pero era solo un camino. Hollado por mil pies y mil carros y mil caballos desenfrenados de otras vidas y de otros recuerdos. Era solo un camino. Como otros muchos, como otro cualquiera. Un camino de todos, de buena y de mala gente. Un camino demasiado transitado para no tropezarte con la carroña humana que suele estar por casi todas partes.

Y en ese camino, el de todos, encontré a ese hombre de mirada malévola que me seguía a todas partes. Por donde quiera que yo fuera, él estaba allí. Con su chupa de macarra trasnochado, con sus ojos salidos de tanto mirar la mierda, con su pantalón de matarife equivocado por una profesión equivocada. Siempre estaba allí. Con diversas caras pero con su aspecto inconfundible de acechanza perpetua. En cada recodo, en cada vuelta, en cada pendiente y en cada rellano, él estaba. El resto de caminantes le huía. Todos miraban al suelo cuando él pasaba o cuando se daban cuenta que él los miraba.

Nunca supe quién era. Solo que estaba allí. Pregunté por él pero nadie supo darme razones. Incluso un día me atreví a preguntarle a él. Solamente sonrió.

He dejado el camino de todos. Me he ido para no encontrarme con él, para dejarlo plantado con mis recuerdos, para serenar mis pasos en pos de una nueva primavera. He salido del camino y me he adentrado en una senda sin hacer, en un mundo desconocido y lleno de esperanza. En una burbuja de aire fresco sin el consabido olor a podrido de su sombra. Cien veces he mirado atrás por si me seguía. Y no le he visto.

Mi nueva senda me ha llevado a otros lugares, nuevos pero parecidos, luminosos pero con sombras, verdes… pero negros, también. Veo mejor los colores, las montañas, los ríos de la vida. Veo gente nueva, niños cantando, mujeres con su pelo al viento, sonriendo a la mañana. Veo vida, con sus peligros y sus dolores, pero vida al fin y al cabo. Me entretengo oyendo a los pájaros de la tarde, me alegro con los que se alegran y lloro cuando tengo que llorar. Llego a pensar, incluso, si este no será ese camino que tendría que haber tomado hace mucho tiempo.

Al lado de mi hoguera que ilumina estrellas y crea mundos de fantasmas en cada llamarada, justo a mi lado, apretado como yo a una pared que quita el frío de la noche, vuelve a estar él. Con su aspecto de perdonavidas, con sus ojos casi sin párpados, con su chupa de cuero y con su mirada. Esa mirada que hiela el aire de la noche y corta vientos sin que la brisa se entere. Esa miserable mirada que quisiera borrar de una bofetada.

Tan cerca estaba de mí, que me atreví a preguntarle nuevamente quién era.

Me miró como quien no mira a ninguna parte, se levantó y se acercó a la hoguera. Con una rama ardiente dejó entrever su cara y habló con una voz tan profunda que apenas si llegué a escucharle.

–         Soy tu conciencia – dijo.

Y volvió a perderse en la noche.

Angel Lorenzana Alonso

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