Ghada leyó nerviosa su última composición, ante su madre. A Hala se le inundó el corazón de emoción. Sabía que no podía ser imparcial, pero creía que su hija tenía potencial, era una muchacha con alma viva y justa. Hala sentía, cada vez que escuchaba a su hija, la punzada de su país, se parecía mucho a su querida hermana. Ella quedó allá con la familia, ahora ya no había allí ningún familiar, ni la casa, ni la calle donde ella vivió la niñez. El presente eran cenizas, escombros, muertes. Se apretó  el corazón para volver a la realidad, su hija esperaba una respuesta.

           – Me gusta mucho, creo que ese poema puedes leerlo donde quieras.

           – Pero…, no estoy del todo segura, no, creo que voy a leer algunas poesías breves del libro “Las ausencias del palomar” escrito por Inocencia Montes, estuvo el otro día en el colegio leyéndonos algunas de sus creaciones y me ha gustado mucho, ella y su forma de decir. El poema mío lo dejaré para la próxima Ágora de Poesía.

           -Tu sabrás, en eso no puedo ayudarte, la decisión es tuya.

Y sí, Ghada se decantó por leer las composiciones de una mujer que ilumina con su sonrisa y con su forma de escribir. Los poemas de Inocencia Montes, que Ghada leyó en la septuagésima quinta edición del Ágora de Poesía, fueron:

I: El palomar, estaba en la parte más alta de la casa; / allí subía mi abuela a retorcer el cuello de los / pichones para el arroz. / Ahora… el palomar está vacío. / Como la parte alta de mi corazón.

II: Siempre me inquietó la palabra “alumbrar”. / Sé que mi madre me “alumbró / pero en realidad no se… / No sé si me dio a luz… o me echó a la lumbre.

III: Como esa gente que ilumina / con solo torcer la esquina / toda la calle, / Como tú ahora… / como yo… antes.

Sr. Amor: Te atreviste a detenerte en mi puerta, / tocar con insistencia el pomo de mi vida / llevando tu sonido hasta el final de mis estancias / para cuando al fin te abro, decirme: / “Perdona me he equivocado”.

La noche del último viernes de agosto, el anfiteatro de San Marcos de León, estaba pleno de personas, de buenas vibraciones, de chocolate, de coquitos, de corazones palpitantes, de palabras venidas de las vísceras y los sesos de tantos y tantas poetas que dejan en el tejido humano de la existencia, un poso benigno, un aleteo infinito de viento amable, una “compartición” de voces, un abrazo de signos que van acolchando las rutinas, como una gragea depurativa que todo lo asienta. Quizás si hubiese existido este Ágora de la Poesía, en tiempos de los antiguos alquimistas, se hubiesen percatado, de que la palabra bien amada y pronunciada con humildad y cariño, sea la panacea para resolver la mala baba que a veces nos corroe.

Mordida existencial: Una mordida de agradecimiento a Ramiro Pinto y Nuria Viuda  que condujeron la 75 Ágora de la Poesía de León, como solo ellos saben. Siempre ahí, dándolo todo.

Otra mordida, para el elenco de fotógrafos: Alejando Nemonio, Marcelo O. Barrientos, Eugenio M. Oteruelo, Paco Fergar. Gracias a todos ellos, queda un hermoso testimonio fotográfico, cada último viernes de mes del Ágora de la Poesía en León. Son los poetas de la luz.

Y a las poetas del chocolate y los coquitos, una mordida especial.

Manuela Bodas Puente – Veguellina de Órbigo

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